martes, 21 de enero de 2025

Stabat Mater.

Stabat Mater

El texto del Stabat Mater es un tejido bordado de lágrimas. Quisiera detenerme en la entonación, que es también el encabezamiento del Stabat Mater, que toma su punto de partida, su tiempo y su inspiración de este verbo: estaba. Esta entonación viene de la Biblia, del Evangelio de Juan, donde, en la descripción de la escena madre, la escena central de nuestra fe, el apóstol y evangelista dice: Estaban junto a la cruz de Jesús... 

"Estaba de pie". ¿Qué significa esto para nosotros? ¿Por qué "Stabat Mater"? No se dice que desesperara, sino que permanecía de pie y en pie. 

Por un lado, el dolor petrifica, y por eso hay una dimensión estatuaria del dolor, del dolor de la Madre, pero ahí está representada la escena madre de todo dolor. El dolor detiene la vida, y lo vemos también en nuestras experiencias cotidianas: nosotros, que siempre estamos corriendo, en un momento dado nos vemos frenados por un acontecimiento, por un dolor físico, por un peligro para la vida o por la pérdida de un ser querido, y entonces tenemos la percepción de que el mundo se ha detenido para nosotros y nos preguntamos también hasta qué punto correr y perseguir cosas, personas, nos ha ayudado a entrar en el misterio de las cosas. Ella estaba, Stabat Mater. 

Me parece que puedo encontrar y señalar nuestra manera de estar en el dolor, de vivir en el dolor: debemos estar en el dolor. 

No debemos hacer discursos, teologías, teodiceas, como decían (¿Por qué Dios permite esto?) los teólogos de antaño. A veces me parece que sigue siendo así hoy. Solemos erigirnos en defensores de Dios. En cambio, ante el dolor, el tuyo o el de los demás, ante el dolor del otro, simplemente te pones de pie, estás ahí. Evidentemente, no es una postura cómoda -cada uno de vosotros lo sabe por experiencia-, pero es hermoso que saquemos del Stabat Mater, y por tanto, detrás del mismo texto joaneo, este saber estar en el dolor, que nos sitúa en un simple estar: estar en silencio, estar en el dolor, estar al lado del otro doliente sin palabras inútiles, frases de conveniencia y toda esa parafernalia que sacamos cuando vamos a visitar a alguien que está enfermo o que ha vivido o vive un duelo. En su lugar, la simple presencia, la elocuencia de la simple presencia junto al dolor. María no llora a su Hijo, no dice por qué, no le pide cosas, no espera palabras: está ahí. Y también nosotros estamos llamados a vivir así, a acercarnos a nuestro dolor y al de los demás de este modo, simplemente estando ahí. 

Quae moérebat et dolébat... 

El Stabat Mater es una versión femenina de la Pasión del Señor, porque son muchos los ojos, los ángulos desde donde contemplar el acontecimiento de Cristo Crucificado. El Stabat Mater elige - y es una tradición muy presente en la Iglesia y particularmente sentida en la Edad Media, y más allá - los ojos de la Madre y por tanto el ángulo es mariano en la contemplación del Hijo. 

Está el drama de la mujer, que ha dado a luz a un hijo para toda la vida, y ahora lo ve sin sangre o muriendo en la cruz, inocentemente condenado. Es el drama de la madre. Primero la mujer ante el dolor. Y luego la mujer ante el dolor de su hijo: la madre que mira, que se entristece, con-tristritare, con-dolere, verbos que continuamente regresan a nuestro corazón para decirnos que lo que sucede tiene un eco en el corazón de la madre. 

El Vía Crucis también nos viene de la Edad Media, que fue una gran época de fe, una época en la que la fe estaba dentro de la historia, dentro de la vida, de manera muy fuerte y, en la cuarta estación del Vía Crucis Jesús se encuentra con su madre. Me imagino este encuentro, pero quizá hasta pudo suceder realmente. Digo "me imagino" porque no tengo referencias escriturales, aparte de la de Juan: Estaban cerca de la cruz de Jesús su madre... 

En este encuentro tenemos no sólo el encuentro del hijo con la madre y de la madre con el hijo, pero - y aquí algunos de nosotros también hemos sufrido este drama de manera indecible - es el dolor del niño el que se amplifica en el corazón de la madre. Y por otro lado está el dolor del hijo injustamente condenado que, cuando encuentra a su madre, se da cuenta de lo que esa imagen creará en ella y por tanto, como consecuencia, como reverberación, tiene una cantidad adicional de dolor. 

No sé si podemos explicar este cruce: hay un dolor objetivo, que es el del crucificado, y obviamente este hombre es el Hijo de Dios, pero luego es como si en este encuentro (el Stabat Mater es como si sitúa este encuentro al pie de la cruz y nos lo describe en todos los sentidos con gran sensibilidad y arte) hubo un añadido de dolor, porque la madre que ve sufrir a su hijo, sufre también, pero sufre como madre y por eso este dolor entra en ella, explota y toma dimensiones que se vuelven aún más grandes que el dolor real. Si a esto le añadimos la sensibilidad del hijo, que hubiera querido que la madre se alejara de su dolor, entonces el dolor de Jesús rebota del corazón de María al corazón del Redentor. 

Quis est homo, qui non fleret? 

¿Quién no lloraría? Es decir, ¿dónde está este ser humano de corazón endurecido que permanece insensible a este rebote del dolor, que se amplifica al pasar del corazón de una persona al corazón de otra? Es otro regalo de la Semana Santa volver a las huellas sangrientas del Redentor, darnos cuenta de que todo esto sucedió por nosotros y ciertamente afectó ante todo a Jesús pero también a María. También hay una Passio Mariae y una Pasión de Jesús. 

La Passio Mariae no es sólo en el caso de la crucifixión del Hijo. Si fuéramos a averiguar cuándo comenzó el Via Crucis de la Madre, diríamos que comenzó en el acto de la Anunciación: ¿Cómo es esto? ¡No conozco a ningún hombre! Todas las objeciones que la adolescente de Galilea plantea al mensajero de Dios no sólo para comprender sino también para defenderse del dolor. Entonces Simeón profetiza: Este está aquí para división de muchos en Israel y una espada traspasará tu alma también. Hay que leer así el Stabat Mater, viendo este juego de miradas, este intercambio de miradas, este fluir de amor y de dolor, que pasa de madre a hijo, ampliándose, y luego, pasando de hijo a madre, creando una explosión dolorosa. Todo esto –no lo olvidemos– es para y por nosotros dicen los textos medievales. Por nosotros y para nosotros hice todo esto –nos dice Cristo– y nos repite María. 

Vidit suum dulcem natum… 

Me gustaría acabar con un aspecto que me parece un poco ausente en la fe hoy y es, en concreto, el aspecto pasional. Hay una pasión en este Stabat Mater que corremos el riesgo de perder. “Pasionalidad” significa vivir la fe, y también la oración, con todos los movimientos del corazón: compasión, arrepentimiento, fuerte adhesión, ardor (fac ut ardeat cor meum). La fe no es un hecho intelectual, sino que es un hecho que se apodera de la persona. ¡Ay si el Credo sigue siendo un hecho meramente intelectual! ¡Esto nunca ha movido a nadie, nunca ha convertido a nadie! En cambio, los sentimientos que surgen del Stabat Mater expresan un alto grado de fe, es decir, una fe apasionada, una fe que ha involucrado a la persona y que se siente involucrada en la historia del Redentor y de la Madre, hasta el punto de llorar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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