Tengo un sueño
«Tengo un sueño». ¿Era consciente el reverendo Martin Luther King de que estaba grabando sus palabras en el mármol vivo de la Historia? Aquel 28 de agosto de 1963, al finalizar una marcha de protesta por los derechos civiles, cuando pronunciaba su discurso frente al Memorial de Lincoln en Washington, era consciente de que había hablado con palabras que dejarían huella: «Estoy feliz unirme a vosotros en esto que pasará a la historia como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país», dijo Luther King.
Un hombre. Una marcha. Un discurso. Un sueño.
Desde el 28 de agosto de 1963, la expresión "Tengo un sueño" se ha convertido en un icono universal. En un discurso de 17 minutos, el reverendo Martin Luther King condensó el poder de su mensaje y lo confió a la posteridad. A partir de ese momento, la lucha contra el racismo y la segregación racial nunca volvió a ser la misma. Ha encontrado nueva fuerza, raíces y sobre todo un símbolo. El discurso pronunciado ante 250.000 personas fue uno de los más estudiados (y copiados) de la historia. Lingüistas, filósofos, escritores, teólogos y expertos en comunicación lo han diseccionado y analizado desde todas las perspectivas.
Se han buscado los ingredientes secretos de aquel discurso inmortal en el ritmo, en la circularidad, en las repeticiones tipo sermón, en la elección de las palabras recurrentes, en el tono y en la estructura retórica. Se dice, por ejemplo, que el 28 de agosto, el presidente John F. Kennedy siguió por televisión el discurso del reverendo King y murmuró "Es muy bueno", mientras las imágenes de un King triunfante, presentado como el líder moral de la nación, desaparecían de la pantalla.
Seguramente no todo el mundo lo sabe, pero sólo se prepararon los primeros siete párrafos del discurso. Se habían seleccionado los temas en equipo y el reverendo King había redactado el texto. Entonces, en cierto momento, Mahalia Jackson, la gran cantante de gospel que había abierto el evento, empezó a gritar: "¡Habla del sueño, Martin! ¡Habla del sueño!". El reverendo King dejó los papeles a un lado y empezó a hablar espontáneamente.
'¡Habla sobre el sueño, Martin!' Y el discurso fue como en la misa dominical en una de esas "iglesias evangélicas" donde los fieles hacen sus observaciones en voz alta. A partir de ese momento, el Reverendo King ya no leyó el discurso, sino que sólo lo utilizó como guía.
La parte que apareció en la historia fue en realidad improvisada, y ese es también su punto fuerte. Con un discurso espontáneo expresó un concepto que se puede resumir en tres palabras: Todos, Aquí, Ahora. Lo queremos todo, aquí y ahora. La historia no ha podido pasar por alto el valor que tuvo ese día la espontaneidad y la improvisación. Y aunque hoy en día ya no nos parezcan tan nuevas aquellas palabras, todavía nos tocan la fibra sensible.
Aquel 28 de agosto de 1963 fue un día sofocante en Washington. Uno de esos días que habrían sellado la historia para no dejar que se pudriera entre bastidores. El calor fue contrarrestado por un flujo de gente en las calles. Pueblo sobre pueblo que sólo esperaba dejarse arrastrar, dispuesto a pasar de un paso a otro para reclamar la esencia de un derecho fundamental, un derecho que respondía al nombre de igualdad pero que en Estados Unidos siempre habían sido pronunciados a todo pulmón sólo por los blancos.
La marcha sobre Washington, hace más de 61 años, también experimentó el silencio. Uno de esos silencios que parecen preparados, esperados para toda la vida, el silencio obsequioso que crea un hombre de Dios cuando logra canalizar en su interior la ira y la frustración, así como la esperanza y el sentido de justicia de ese flujo increíble de personas en aquellas calles, y de aquellos que se encontraban allí a su manera a través de los medios de comunicación.
Éste fue, ante todo, Martin Luther King aquel famoso 28 de agosto: no lo hizo, estuvo, se integró en sí mismo. Se convirtió en la voz atronadora y generosa dispuesta a traspasar el silencio, abriéndose camino hacia otro silencio, el poderoso e invencible de la escucha. Una frase que dio vida a todo – Tengo un sueño – que se convirtió, y todavía simboliza, el verso bíblico, espiritual, profético, religioso de toda una comunidad, la afroamericana, pero también de todas aquellas personas que se sienten no representadas, ignoradas, privadas de derechos inalienables.
Aquel discurso del pastor Martin Luther King estuvo lleno de referencias bíblicas, con una cadencia salmista, un salmo político al final, una voz clara que alababa la no violencia, rezaba por la igualdad, una idea que parecía alimentada por la utopía más que por la humanidad evidente, un modelo que Gandhi promulgó y que apareció como la única solución para un Estado que había introducido a una parte importante de su población exclusivamente en la violencia y la opresión.
Un discurso para escuchar y meditar también en cada Adviento... y siempre. Aquel discurso forma parte de la más sublime tradición, de aquella que se remonta a las profecías de los nuevos tiempos, los nuevos cielos y la nueva tierra, del profeta Isaías.
Tengo un sueño y no es otro que el sueño de Dios. No nos conformamos con menos todos, aquí y ahora.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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