martes, 21 de enero de 2025

Una Iglesia de Navarra que sigue soñando su presente y futuro.

Una Iglesia de Navarra que sigue soñando su presente y futuro 

Iglesia Pueblo de Dios. Me gustaría que, al decir "Iglesia", no pensáramos sólo en el Papa, los obispos, los presbíteros y los diáconos (y las instituciones eclesiásticas), sino, ante todo, en todo el Pueblo de Dios que, por la fe y el bautismo, participa, en la diversidad de funciones, de la esencial vocación sacerdotal, profética y real del Señor Jesús para testimoniar y anunciar el amor tiernamente maternal de Dios Padre a todos los seres humanos. Sueño con una Iglesia que considere a los laicos no como meros receptores de disposiciones de lo alto, sino como personas en el seguimiento de Cristo que, gracias al sensus fidei, alimentan y vivifican la vida de la Iglesia con un pensamiento crítico, con una fe firme, con una esperanza fecunda, con una caridad laboriosa, con prácticas de vida y actos de culto: en definitiva, con su recepción del sentido vivo del Evangelio. Sueño con una iniciación convencida y robusta y con la consolidación de una adecuada formación de nuevas figuras ministeriales laicales capaces de asumir la responsabilidad de la animación de comunidades carentes de la presencia estable de un sacerdote. 

Una Iglesia que viva de la Palabra de Dios. Deseo una Iglesia en la que los creyentes, comunitaria e individualmente, tengan un amplio acceso a la Palabra de Dios y, de manera consciente, amplia y compartida, se comprometan a animar, con las Sagradas Escrituras, toda la acción pastoral de las comunidades en las que están insertos. La evangelización requiere familiaridad con la Palabra de Dios, y esto exige que cada comunidad ofrezca la oportunidad de un estudio serio y perseverante de la Biblia, promoviendo su lectura orante y una confrontación continua capaz de orientar las opciones de vida de los cristianos de manera conforme al Evangelio. Y sueño también con una Iglesia en la que los "ministros de la Palabra" no improvisen las homilías, sino que las preparen adecuadamente, teniendo en cuenta a las personas que tienen delante y valorizando, dentro de adecuadas iniciativas pastorales ad hoc, las resonancias que la lectura orante de la Palabra provoca en la conciencia de los creyentes. 

Iglesia de la liturgia participativa. Sueño con una Iglesia en la que la participación de los creyentes en la celebración, ante todo de la Eucaristía, se entienda no sólo como un "contacto íntimo" del alma con el sentido de la celebración, sino también como una participación consciente, activa, fecunda, plena, externa e interna, comunitaria, eficaz, ardiente de una fe firme, de una esperanza viva y de una caridad laboriosa, dócil a la gracia divina para no recibirla en vano. Sobre todo, sueño con una Iglesia en la que a la participación activa y consciente en las celebraciones litúrgicas siga un cumplimiento coherente y recto por parte de los cristianos de sus deberes en las condiciones ordinarias de la vida, dando testimonio de una fe que, alimentando la esperanza a través de la caridad, tenga un impacto real en la vida de las personas y de las comunidades. También me gustaría ver una reforma del lenguaje litúrgico más respetuosa con el género, ya que hoy en día está profundamente desequilibrado en el sentido masculino. 

Iglesia encarnada en la historia y amiga de los pobres. Sueño con una Iglesia en la que los cristianos, incluidos los pastores, no permanezcan al margen del compromiso activo por la justicia social y la promoción de la dignidad humana, sino que sean conscientes de los deberes ineludibles de solidaridad y participación en la construcción de un mundo mejor. Los cristianos, en su camino hacia la ciudad celestial, buscan y saborean las "cosas de arriba" (Col 3,1-2), sin disminuir, e incluso aumentando, la importancia de su deber de colaborar con todos en la construcción de un mundo más humano. Sueño con una Iglesia que privilegie deliberadamente a las personas, como amiga de los pobres y voz profética que promueve y protege la dignidad de los débiles. 

Iglesia cristocéntrica. Me gustaría una Iglesia que, en lugar de conformarse con la aparente claridad de alguna síntesis catequética efímera o de favorecer la transmisión deslavazada de una multitud de doctrinas que se tratan de imponer a fuerza de insistir, se centrara en lo esencial, en lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y, al mismo tiempo, lo más necesario, en lo que más fascina y atrae, en lo que hace arder el corazón como a Cleofás y -me gusta pensar- a su compañero de viaje, en un atardecer por los caminos de Emaús (Lc 24, 13-35): a saber, el Señor Jesucristo y su Evangelio. Sueño con un gran movimiento en el que laicos (hombres y mujeres), religiosos y religiosas, sacerdotes y diáconos, agentes de pastoral y familias promovamos coralmente en nuestras comunidades la única y verdadera conversión radical: la a Jesús de Nazaret y su Evangelio, como camino para llevar una existencia buena, bella y feliz. 

Iglesia sinodal. Sueño con una Iglesia en la que la escucha no sea sólo el momento inicial de toda acción pastoral, sino también la disposición de fondo que rige su concreción: prefiere los diálogos a los discursos. La sinodalidad es un "caminar juntos" no sólo de los obispos, sino de todo el Pueblo de Dios. En la Iglesia sinodal "lo que concierne a todos, es tratado por todos", nadie es elevado por encima de los demás y quienes ejercen las funciones de gobierno lo hacen recordando que el mayor es como el más pequeño y los que gobiernan como los que sirven (Lc 22,16). La imagen preferida es la de la pirámide invertida, cuya cúspide está por debajo de la base. Sueño con una Iglesia en la que los pomposos títulos de nobleza y honor sean suprimidos definitiva y radicalmente y sustituidos por las categorías evangélicas de fraternidad y sororidad. 

Iglesia misionera en salida. Sueño con una Iglesia que prevenga y erradique la enfermedad espiritual de la autorreferencialidad. Que no se encierre en sí misma: en la curia, en la parroquia y en el grupo de los que piensan igual o se miran narcisistamente a sí mismos. Se abre al encuentro con los demás y se deja alcanzar por las objeciones de los otros. Toma la iniciativa de llegar a los alejados, de invitar a los excluidos, de acortar la distancia con los desconfiados, de interceptar a los indiferentes en las encrucijadas, de proponer la belleza y la alegría del Evangelio a los llamados no creyentes. No espera a que la gente venga, sino que va a buscarla allí donde vive para escuchar y dialogar, para bendecir y animar, para compartir sus alegrías y esperanzas, penas y angustias, perplejidades y dudas, preguntas y aspiraciones. 

Iglesia no clerical. Sueño con una Iglesia que prevenga y contrarreste decididamente uno de los vicios más deletéreos: el clericalismo. Es un mal cómplice, porque a gran parte del clero le gusta la tentación de que los laicos y laicas con mentalidad clerical (clericalismo activo), se mantengan al margen de las decisiones; pero muchos laicos y laicas, de rodillas, piden permanecer en una posición subordinada, porque es más cómodo y menos potenciador (clericalismo pasivo). Es también el clericalismo, en su doble acepción, el que impide que los laicos (hombres y mujeres, jóvenes y mayores) sean conscientes de sus responsabilidades y el que acaba alimentando formas aburridas de cristianismo. Sueño con una Iglesia en la que presbíteros y laicos (hombres y mujeres) se sientan -y sean realmente- corresponsables de la construcción de la comunidad, aunque sus papeles sean distintos. 

Iglesia de mujeres y hombres. Sueño con una Iglesia marcada igual y visiblemente por lo masculino y lo femenino, creados ambos a imagen y semejanza de Dios. Entre las muchas palabras románticas sobre las mujeres y su estatus real en la comunidad eclesial hay una distancia que debe reducirse drásticamente. Sueño, pues, con una Iglesia en la que pensar, proyectar, planificar y decidir sea cosa de hombres y mujeres; una Iglesia en la que incluso en los espacios elevados nos sentemos como iguales, mujeres y hombres mezclados, con igual dignidad y armoniosa reciprocidad e interdependencia, donde la diferencia no se niegue ni se nivele, sino que se valore para hacer surgir lo humano de manera completa. Y sueño también con una Iglesia capaz de ofrecer a los creyentes palabras valientes y testimonios significativos para prevenir y oponerse, con la luz y la fuerza del Evangelio, a toda forma de cosificación de la mujer y de violencia contra ella. 

Iglesia misericordiosa. Quisiera una Iglesia libre de arrogancia y presunción, que desterrara las miradas ásperas y facciosas, las lenguas agudas y despiadadas, las voces sin encanto y sin jadeos, los juicios incuestionables lanzados como garrotes paralizantes. Sobre todo, sueño con una Iglesia que, con un lenguaje sencillo y comprensible para todos, haga aflorar las razones de la esperanza allí donde son más perceptibles los signos del desaliento y la decepción, del cansancio y la frustración, de la tristeza y la resignación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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