martes, 21 de enero de 2025

Mis apuntes sobre el celibato del ministerio ordenado sacerdotal.

Mis apuntes sobre el celibato del ministerio ordenado sacerdotal 

De la escucha de las opiniones que se van vertiendo en los medios eclesiales de información, me voy haciendo una opinión sencilla, ciertamente tan modesta como sin duda muy personal, del tema del celibato sacerdotal. No pretendo hacer una completa teología católica del ministerio sacerdotal ordenado y sobre si el celibato es connatural a la vocación del sacerdote católico o si tiene más que ver con razones más afines a la perspectiva cultual y sacral. 

Tantas veces, me imagino, se recurre a la idea de la abstinencia sexual por razones de pureza sacral, recurriendo a la analogía con el culto del Antiguo Testamento: del mismo modo que los sacerdotes de la antigua alianza no entraban en el templo para celebrar el culto antes de haberse purificado, entre otras cosas también del ejercicio de la sexualidad -puesto que estaban casados- al menos tres días antes de oficiar el rito, así los sacerdotes de la nueva alianza deben abstenerse de practicar el sexo y, puesto que ahora celebran diariamente la Eucaristía, es una cuestión de necesidad que permanezcan célibes y solteros. 

Lo que en la antigüedad, en el Israel bíblico, era una abstinencia funcional, ahora para los sacerdotes católicos puede entenderse como un celibato ontológico. Si así fuera, sorprendería que en esta reflexión no se recordara más y mejor aún el consejo de Jesús a sus discípulos sobre la llamada "eunuchìa": el Maestro de Nazaret dijo a sus discípulos que debían elegir ser "eunucos por el Reino". Hay una eunuchìa por naturaleza (precisamente la "ontológica" se podría decir, quizás forzando un poco el paralelismo), pero no es el caso de los discípulos. Hay también una eunuchìa por obligación (por disciplina o costumbre pública, se podría parafrasear), pero tampoco es el caso de los discípulos. Por último, hay una eunuchìa por el Reino de Dios, que implica donación libre y consciente, no sólo para dedicarse a la celebración del culto dentro del santuario, sino también para celebrar en la vida cotidiana, fuera del templo, el nuevo culto y el nuevo mandamiento de Jesús, el del amor a Dios y el amor a todos los demás (como, por otra parte, ya recomendaban el "Shemà" del Libro del Deuteronomio y el mandamiento del amor al prójimo del Libro del Levítico): éste es el caso de los discípulos. 

La "eunuchìa por el Reino" empuja a los discípulos fuera del templo, más allá del recinto sagrado, y los proyecta en la profanidad, allí donde el Reino mismo se desliza como un grano de trigo entre los terrones de la tierra, como un grano de mostaza en medio del campo, como un tesoro escondido en un barranco subterráneo, como una perla preciosa encontrada entre mil trastos en el banquete de un anticuario. No en vano el Maestro de Nazaret cuenta la parábola del buen samaritano precisamente a un doctor de la Ley, a uno que trabajaba en el templo de Jerusalén, invitándole al final a hacer lo mismo que el samaritano, es decir, a cargarse con la impureza de los demás, a mancharse con la sangre del herido que se encuentra al borde del camino. 

Escuchar la enseñanza del Maestro significa para sus discípulos vivir un nuevo servicio, que les compromete en y para el mundo. Escuchar el Evangelio y servir de verdad van ahora unidos. Y no es casualidad que en el mismo capítulo 10 del Evangelio según san Lucas, inmediatamente después de la parábola del samaritano, se relate el episodio de las dos hermanas de Betania: el Maestro dice a Marta - "absorbida por muchos servicios"- que María ha elegido la "parte buena", o la mejor, que es la del servicio de la escucha. El servicio es ahora un ministerio que se ejerce como "auditus fidei" no menos que como "auditus temporis" (escucha creyente de la Palabra y discernimiento de los signos de los tiempos). 

Una interpretación meramente cultual y sacral del "ministerio sacerdotal ordenado" corre el riesgo de ignorar estas fuentes evangélicas a las que me refiero y tantas otras. Tampoco tiene en cuenta la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la vida y la misión de los sacerdotes, que se propone como un magisterio sobre el 'ministerio de los sacerdotes' más que sobre el 'sacerdocio' (la elección de los términos no es indiferente). La absorción en una perspectiva puramente sacral y cultual del servicio presbiteral/sacerdotal se puede acabar olvidando que los cristianos ya no "sabatizan", como se decía en la época patrística, es decir, celebran el culto a su Señor de un modo nuevo, ya no a la manera o desde el punto de vista del judaísmo antiguo y, en cualquier caso, ya no sólo en el ámbito ritual sino en espíritu y en verdad. 

En realidad, todo el pueblo eclesial "está de pie ante Dios" durante la celebración del culto eucarístico: por esta razón, y recitando por ejemplo la segunda plegaria eucarística durante la Misa, en un determinado momento se podría rezar con razón "acuérdate, Padre, de todo el pueblo sacerdotal" y no simplemente "de los pastores que cuidan de tu pueblo". 

Además, el celibato y la castidad están en una relación de discontinuidad-dentro-de-la-continuidad. Véase, a este respecto, el icono de San José esbozado por el evangelista Mateo: el padre putativo de Jesús no era célibe, pero era casto en su relación esponsal con la Virgen María. En efecto, el celibato es un estado mñas sexual, mientras que la castidad es una condición más espiritual y existencial. Por otra parte, la sexualidad todavía no puede ser considerada una cuestión impura, de lo contrario tendríamos que admitir que sólo los ministro ordenados sacerdotes -los que se abstienen de prácticas sexuales- pueden asistir a Misa todos los días, mientras que esto no se puede esperar de los laicos casados bautizados, a menos que renuncien a tener relaciones sexuales con su cónyuge, es decir, a vivir una relación conyugal serena y completa. 

Por otra parte, considerando toda la cuestión con una buena dosis de realismo, quizá uno de los problemas reside en la correspondencia entre ministerio ordenado y jurisdicción: repensando seriamente este nexo, se podría salir al paso, no sé si neutralizar de una vez por todas, de cierto clericalismo. Porque en la Iglesia, tal vez, se recordaría que la jurisdicción puede coincidir con el ministerio ordenado, mientras que la autoridad siempre debiera coincidir con el servicio en la medida en que se funda en el gesto enseñado por Jesús durante la Última Cena, cuando lavó los pies a Pedro y a los demás apóstoles: "Haced también vosotros lo que yo hago". 

Si se afirma que el celibato forma parte de la esencia del sacerdocio, esto parece plantear un problema objetivo: el de las Iglesias católicas de rito oriental. Por Iglesia católica se entiende normalmente la de rito latino. Pero las demás, copta católica, etíope católica, eritrea católica, maronita, siria, siro-malamkar, armenia católica, caldea católica, malabar católica, melquita, griega de rito bizantino, albanesa griega católica y bielorrusa y búlgara y serbia y croata y macedonia y rumana y rusa y eslovaca y ucraniana y húngara, son Iglesias particulares en plena comunión con la Santa Sede que conservan sus tradiciones cristianas orientales también en lo que se refiere a las normas canónicas y disciplinarias, que abarcan también a los sacerdotes casados. 

Los tiempos cambian. El celibato es, seguro que sí, un gran valor. Debatir hoy sobre ese valor requiere tomar conciencia de nuevos problemas en no menos nuevos contextos -universales y particulares- presentes, y en nuevos horizontes de futuro. Las tradiciones antiguas, que no eternas, y los retos modernos y venideros no son separables. Entiendo que las reflexiones sobre este tema, como sobre cualquier otro, deben ser ponderadas. Sí me atrevo a adelantar algunas impresiones sobre el debate del celibato en el ministerio ordenado sin ánimo de ser exhaustivo: 

·       prever la "ordenación de hombres casados" no es ni la catástrofe de la Iglesia, ni la solución a todos los males. Es más bien un "espacio pastoral" objetivo que puede abrirse, inmediatamente y por ejemplo, en los lugares donde no hay vocaciones sacerdotales, 

·       las razones que han llevado a expresar una postura que llega a definir el celibato como "indispensable" y su superación como "catastrófica" parecen no ir acompañadas de un apoyo teológico muy convincente. La contraposición entre ministerio ordenado y sacramento del matrimonio es una valoración de conveniencia que no tiene nada de estrictamente teológico, 

·       más allá del juicio sobre la oportunidad y conveniencia de una medida que concierne a la disciplina de la Iglesia católica en materia de la ordenación sacerdotal, agitar el fantasma de la "catástrofe" es un argumento de exageración y alarmismo para inducir a pensar que no hay nada que cambiar y que se quita espacio a la reforma a una Iglesia que cree no tener poder sobre las formas concretas con las que se elige y selecciona a sus ministros ordenados, 

·       considerar la incompatibilidad entre el ministerio ordenado y el sacramento del matrimonio como la única salvaguardia de la Iglesia es, al mismo tiempo, una forma de bloquear la historia y una estratagema para no abordar las cuestiones candentes, que quizá no son en primer lugar ni exclusivamente las relacionadas con el celibato en el ministerio ordenado. 

Yo sigo creyendo, como cuando hace año explicaba el sacramento del orden en la Facultad de Teología de Deusto, que hay un problema de fondo, más urgente y aún hoy demasiado poco abordado: quién es realmente el sacerdote ordenado y qué tipo de sacerdote ordenado necesita la Iglesia del futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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