Pensar en nuevas reflexiones pastorales en la Diócesis de Navarra
El camino del proceso sinodal en el que la Iglesia en todos sus niveles -desde el año 2021- ha sido llamada y urgida a comprometerse, está poniendo de relieve la fatiga del cambio respecto a pautas y hábitos pastorales establecidos pero que ya no son eficaces.
¿A qué se debe este cansancio, a pesar de la gran y encomiable buena voluntad que se ha puesto en el campo?
Una posible hipótesis reside en el hecho de que saber cambiar exige saber aprender. En efecto, el cambio es siempre el resultado de un aprendizaje y, en determinadas condiciones, el aprendizaje es el cambio.
La pregunta se convierte entonces en otra: pero las realidades pastorales, sobre todo las más cercanas al territorio y a la gente, ¿son capaces de aprender y sobre todo de nuevos aprendizajes? ¿Saben aprender el proceso de cambio para descubrirse capaces de cambiar?
Para tratar de responder a esta otra pregunta, hay que tener en cuenta que una realidad eclesial organizada -nuestra Diócesis, nuestras parroquias, nuestras comunidades religiosas-, como otras organizaciones, sólo puede aprender si son los miembros individuales que la constituyen los que aprenden.
Estos aprendizajes constituyen el llamado conocimiento tácito, es decir y en concreto, aquel conocimiento -experiencial o práctico- que se deposita en los individuos (creencias, habilidades, hábitos, orientaciones...) a menudo difícil de formalizar y comunicar.
Lo vemos actuar sobre todo en esas figuras de colaboradores pastorales "insustituibles", visceralmente individualistas -en la medida en que se perciben a sí mismos como imprescindibles- que, en conjunto, acaban formando un "cerco" de separación entre el interior y el exterior de la comunidad eclesial, incluso a veces una especie de "círculo mágico" -¿incluso a su pesar?- en torno al presbítero/religioso que dirige la propia comunidad.
Evidentemente, esto no basta para generar un aprendizaje organizativo comunitario, es decir, compartido y verificable. Lo aprendido no puede quedar en herencia individual, si no se quiere correr el riesgo de que se pierda cuando los individuos abandonen la comunidad o sufran su 'chantaje pastoral'.
El conocimiento tácito tendrá que transformarse en conocimiento explícito de la organización pastoral, es decir, en conocimiento "codificado" que pueda expresarse mediante un lenguaje sistemático y formal, por ejemplo, documentos escritos.
Ambos conocimientos son importantes para que una comunidad se sienta capaz de aprender: sin conocimiento tácito no puede haber conocimiento explícito, pero sin este último, el primero no puede ser utilizado por la comunidad.
A la luz de esto, el camino sinodal puede constituir una oportunidad para explicitar, a través de la escucha y el diálogo en los grupos sinodales, un conocimiento compartido fruto de la escucha común del Espíritu. Un conocimiento explícito que permite elaborar un sueño misionero de la propia comunidad. No tanto un documento para publicar, sino una orientación real en la que reconocerse y a través de la cual hacer opciones.
Combinar conocimiento implícito y explícito también pide a la realidad organizativa de la iglesia que vaya más allá del mero aprendizaje instrumental para ser capaz de operar un aprendizaje comunicativo, del tipo que realmente puede marcar la diferencia y generar cambios.
El aprendizaje instrumental -como nos recuerda Mezirow en La teoría del aprendizaje transformador- tiene que ver con el esfuerzo que ponemos en resolver los problemas que plantea tener que llevar a buen puerto una iniciativa pastoral.
A menudo nuestras comunidades son muy buenas en el aprendizaje instrumental, desarrollando habilidades particulares en términos de resolución de problemas. Pero esto no basta, porque aprender a hacer las cosas no basta para cambiar las situaciones.
Hay que considerar otro tipo de aprendizaje, el aprendizaje comunicativo. Para las comunidades cristianas de hoy es mucho más importante comprender el significado de lo que otros comunican sobre valores, ideales, sentimientos, decisiones éticas, o ámbitos de la vida como la familia, el trabajo, el medio ambiente, etc. Es precisamente la capacidad de aprendizaje comunicativo lo que falta en nuestras comunidades y realidades pastorales.
El aprendizaje comunicativo no se centra en ejercer un control más eficaz sobre las relaciones causa-efecto, sino en activar un proceso que produzca cambios en el propio marco de referencia.
No se trata entonces tanto de dar respuestas o soluciones cuanto de buscar, aunque sea intuitivamente, imágenes, metáforas y narraciones a través de las cuales reconducir lo desconocido a una perspectiva de sentido, es decir, a comprender lo que el otro o los otros comunican en sus diversas formas.
También en este caso, el camino sinodal puede constituir el espacio en el que realizar esos escenarios/lugares útiles para un verdadero aprendizaje comunicativo. Pequeños grupos en los que, a la luz de una regla de comunicación espiritual, se pueda realizar un espacio de compartir profundo que vaya más allá de los muros resultantes de expectativas o pretensiones personales. Lugares que ya son transformadores en sí mismos, porque, a través de la regla del diálogo espiritual, se crean las condiciones para acceder a recursos de significados más profundos que aquellos de los que partimos.
El camino sinodal pide a las comunidades eclesiales, a todos los niveles, que desarrollen la capacidad de tomar conciencia de los marcos de referencia pastorales implícitamente utilizados para modificarlos en sentido evangelizador y misionero.
Un marco de referencia comprende componentes cognitivos, emocionales y operativos que pueden resumirse en dos aspectos principales: los hábitos mentales y los puntos de vista. Son estos dos aspectos los que producen y consolidan los marcos de referencia "siempre se ha hecho así", que se convierten en jaulas y prisiones que obstaculizan el cambio.
El aprendizaje exigido a las comunidades cristianas se refiere a la transformación de un marco de referencia que consideramos incierto, con el fin de hacerlo más fiable para nuestras decisiones y acciones pastorales, generando nuevas opiniones, puntos de vista, interpretaciones o, si se prefiere, una conversión fruto del discernimiento.
De este modo podemos
activar comunitariamente un aprendizaje transformador, un cambio de
perspectiva: tomar conciencia crítica de por qué y cómo nuestros supuestos han
acabado limitando nuestra forma de percibir, entender y sentir nuestra acción
pastoral y, en particular, misionera.
Lo que hay que fomentar, acompañar y apoyar para que el camino sinodal dé sus frutos es la capacidad de las comunidades cristianas de aprender el proceso de reflexionar a posteriori sobre lo que se ha hecho y aprendido en el pasado.
La capacidad de reflexionar sobre los supuestos es necesaria para que tenga lugar un auténtico discernimiento crítico, ese proceso que pone a prueba la validez de los supuestos en los que se basa el aprendizaje previo.
Se trata de aprender a desaprender, de aceptar con valentía y confianza la posibilidad y la necesidad de reflexionar sobre las premisas, es decir, sobre aquellos aspectos que tienden a darse por sentados.
No se cambia por cambiar, no se celebra un sínodo sobre la sinodalidad por "orden de arriba". Del mismo modo, no se cambia por un mero acto de voluntad o, peor aún, de "buena voluntad": ¡sería como intentar levantarse del suelo tirándose de los pelos!
¿Qué puede activar o ayudar a este aprendizaje transformador en nuestra Diócesis?
El aprendizaje transformador es activado y facilitado por una serie de acontecimientos que, si se examinan adecuadamente, se convierten en acontecimientos providenciales. Por ejemplo:
· un dilema des-concertante, des-centrante, des-orientador,
· el reconocimiento de que nuestra insatisfacción es compartida por otros,
· la necesidad de explorar nuevos papeles, relaciones y acciones,
· los tentativos de construir nuevas alternativas,
· …
Teniendo en cuenta también que la adquisición de una nueva visión pastoral no se improvisa, sino que requiere ensayo y error, tiempo, esfuerzo, recursos, imaginación, inventiva y creatividad, he aquí algunas estrategias que los líderes y profesionales de la pastoral pueden adoptar para gestionar la transición y aumentar las probabilidades de éxito:
1) Imaginar y soñar novedades. Es mejor dedicarse a un nuevo paradigma que a mejorar el antiguo. De este modo, el objetivo no es ser un poco más eficiente o mejorar el viejo modelo, sino cambiar de enfoque.
2) Sembrar. Significa esforzarse por lograr un "buen crecimiento", no sólo un crecimiento religioso. Podemos pensar en las ideas -y en los proyectos en general- como semillas. Estas semillas pueden adoptar todo tipo de formas: culturales, materiales, espirituales.
3) Prepararse para ir más allá. Por muy buena que sea su labor pastoral, hay que recordar que perfeccionar un activo existente no es necesariamente la mejor inversión. ¿Es el momento de seguir haciendo lo que se está haciendo o, por el contrario, es el momento de crear una nueva propuesta? Para innovar, hay que saber captar las señales del exterior: de la comunidad, del entorno y del mundo. Estar preparados para anticipar este cambio, y no sólo para sufrirlo.
Si las realidades
eclesiales de nuestra Diócesis quieren vivir realmente la sinodalidad, no deben
limitarse a custodiar lo que se les ha confiado.
Los científicos suelen decir que, en su origen, las alas eran extremidades cubiertas de plumas para resguardarse del frío y que luego se utilizaron de otras maneras.
Tomemos las alas como ejemplo. Muchos nuevos aprendizajes que, combinados con el pensamiento reflexivo, servirán para hacernos volar y elevarnos, generando esperanza.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF
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