Una reflexión sobre el acceso de las mujeres al ministerio ordenado diaconal
Tal vez uno de los temas del itinerario del Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad sea el papel de la mujer en la Iglesia. De hecho, el Instrumentum laboris se preguntaba cómo puede la Iglesia de nuestro tiempo cumplir mejor su misión mediante un mayor reconocimiento y promoción de la dignidad bautismal de la mujer. A continuación, el documento proponía preguntas para el discernimiento como qué pasos concretos puede dar la Iglesia para renovar y reformar sus procedimientos, disposiciones institucionales y estructuras, de modo que permitan un mayor reconocimiento y participación de las mujeres, incluso en el gobierno y en todas las fases de los procesos de toma de decisiones, incluida la toma de decisiones en un espíritu de comunión y con vistas a la misión. Si no pocas asambleas continentales y síntesis de conferencias episcopales han pedido que se considere de nuevo la cuestión del acceso de las mujeres al diaconado, entiendo que habrá que preverlo, aunque no sé de qué manera.
Sobre la importante cuestión del diaconado de las mujeres, se van ofreciendo, aquí y allá, aproximaciones al mismo. De lo que yo he ido leyendo al respecto, he entendido que éste es un tema a discernir también sobre los hechos. Así, por ejemplo, las mujeres han ejercido el ministerio diaconal: desde San Pablo presentando a Febe como "diaconisa de la iglesia de Cencrea" (Rom 16,1-2) hasta múltiples fuentes de diversas épocas y lugares que hablan de mujeres que asistían al bautismo y a la confirmación de las mujeres, siendo responsables de la catequesis de mujeres y niños, llevando la Eucaristía a las mujeres enfermas y ungiéndolas, ocupándose de las parroquias, dirigiendo los servicios sociales y realizando el servicio diaconal en el altar.
Estas mujeres eran ordenadas al ministerio diaconal siguiendo ritos litúrgicos precisos, de los que existen no pocos testimonios en la Biblioteca Apostólica Vaticana y en bibliotecas y monasterios de Europa y otros lugares. La ordenación la realizaba el Obispo "en la iglesia durante la celebración eucarística, en presencia del clero, mediante la imposición de las manos y la invocación del Espíritu Santo", imponiendo el prelado la estola a la mujer y nombrándola explícitamente "diácona". Seguramente no sea posible afirmar que todos los ministerios diaconales hayan sido ejercidos por todas las mujeres diáconos que registra la historia. Por ejemplo, en el siglo XII, y en la práctica, nadie era ordenado diácono a menos que tuviera que ser ordenado presbítero, siguiendo un cursus honorum (primero había que ser, por orden, ostiario, lector, exorcista, acólito, subdiácono) que existió hasta poco después del Concilio Vaticano II, con la Lumen Gentium estableciendo que la ordenación de diáconos "no es para el sacerdocio, sino para un ministerio de servicio" (LG 29). Hoy en día, el medio ordinario para acceder al estado clerical es la ordenación diaconal.
Si nos fijamos en las Iglesias ortodoxas, en Oriente existe una larga tradición de diaconisas, y también allí hay un importante debate sobre la recuperación de esta costumbre. Los detractores dicen que las mujeres no eran ordenadas, sólo bendecidas, y sin embargo las liturgias que se conservan para la ordenación diaconal de hombres y mujeres son casi idénticas. Argumentar que no es posible restaurar el diaconado para las mujeres es cuestionar el propio ministerio diaconal. Aunque las funciones de las mujeres y los hombres eran diferentes en la Iglesia primitiva, nada impediría que las mujeres desempeñaran hoy todas las tareas y deberes de los diáconos. La Iglesia de hoy y del futuro necesita mujeres diáconos, que entre otras cosas a partir de 2021 pueden acceder a los ministerios instituidos de lector y acólito, ambos requeridos antes de la ordenación diaconal. Este paso sería un gran mensaje: las mujeres pueden ser verdaderamente imagen de Cristo resucitado, las mujeres están hechas a imagen y semejanza de Dios.
Mirando las cosas en perspectiva es notorio, por ejemplo, que de hecho la Tradición ha evolucionado incluso a veces de manera discontinua. El reto ha sido, es y seguirá siendo cómo discernir lo que realmente es normativo en la Tradición. A nadie se le oculta el peso de las instancias culturales en el desarrollo y profundización de la Tradición. No digamos en la reforma de la Iglesia y, en el fondo, en la teología. No quiero decir que los cambios doctrinales y estructurales en la Iglesia deban legitimarse simplemente porque los exija la cultura sino desde un enfoque hermenéutico de la Tradición. Pero sí creo que la ordenación diaconal de las mujeres es una forma legítima de leer la Tradición, y no principalmente o simplemente porque esta opción sea una expresión de la igualdad entre hombres y mujeres, que se invoca con razón en nuestras sociedades occidentales de hoy. Por supuesto que no niego este valor fundamental pero quizá no deba ser principalmente esto lo que nos mueva hacia la ordenación de mujeres al diaconado.
No obstante todo lo anterior también apunto otra hipótesis de trabajo que puede ser complementaria y, yo creo, necesaria: repensar el ministerio diaconal tanto masculino como femenino. ¿Se puede hacer? Creo que sí, ya que el ministerio diaconal forma parte del sacramento del orden, el mismo que reciben el obispo y el presbítero (LG 28), cuya tarea original es custodiar la fe apostólica de las comunidades cristianas. Desde mi punto de vista, dicha custodia conlleva inevitablemente un cierto liderazgo, ya que requiere poder actuar y hablar con autoridad apostólica dentro de la propia comunidad cristiana. Soy consciente de que esta propuesta mía es una hipótesis de trabajo, pero me parece que podría garantizar un papel más sólido a los futuros diáconos y también permitir que los diáconos actuales sean más valorados dentro de sus comunidades cristianas.
Y lo digo porque la ordenación de las mujeres al ministerio del diaconado no solamente no socavaría el diaconado masculino sino que, por el contrario, es el mismo ministerio diaconal el que puede ser recalificado para que hombres y mujeres diáconos puedan tener un papel de responsabilidad más protegido y efectivo al servicio de la comunidad cristiana. Activar tal proceso me parece que conduciría a una orientación más definida sobre la teología del diaconado y del ministerio diaconal, y a hacerlo a la luz de la Palabra de Dios, en la línea de la Tradición y mirando la amplitud, diversidad, complejidad de la realidad eclesial allí donde la Iglesia está presente.
En resumen, sí estoy a favor del desarrollo del diaconado de las mujeres porque creo que ello sea totalmente legítimo a nivel teológico. Como he dicho antes, este paso sería un gran mensaje: las mujeres pueden ser verdaderamente imagen de Cristo resucitado, las mujeres están hechas a imagen y semejanza de Dios. Y a situar ese desarrollo en un horizonte de sentido (de reflexión, de actuación,…) de la teología del ministerio diaconal.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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