martes, 7 de enero de 2025

Una reflexión teológica y pastoral en salida.

Una reflexión teológica y pastoral en salida 

El fenómeno del abandono de la fe es evidente para todos, no sólo en el mundo católico, sino también en el mundo protestante y ortodoxo, aunque con cifras diferentes. Sobre todo me llaman la atención dos preguntas: “¿Quién?” y “¿Por qué?” Sobre el "¿Quién?" Ahora parece estar surgiendo una convergencia de estudiosos y diversas investigaciones: el grupo más numeroso es el de los jóvenes… pero las distancias son cortas entre aquellos grupos o sectores de población que se han alejado o se alejan de la fe cristiana, de la práctica eclesial de los sacramentos, y un larguísimo etcétera. Las estadísticas, y los estudios sobre ellas, están al alcance de la consulta y de la profundización. 

En cuanto al "¿Por qué?", ​​sin embargo, las posiciones todavía parecen divergir mucho, mostrando al menos tres líneas principales de interpretación. El primero tiende a favorecer "la inconsistencia de la vida", tanto de los cristianos individuales, especialmente de aquellos que tienen un papel importante en la comunidad de creyentes, como de la propia Iglesia, en su modo de organizarse y de vivir. El segundo tiende a poner el centro de la reflexión en la Iglesia en su conjunto por no haber sabido adaptarse a los cambios de los tiempos, renunciando a algunos presupuestos de fe y de moral, hoy anacrónicos y que la hacen percibir como "fuera de contacto con el mundo". El tercero tiende, sin embargo, a subrayar cómo el cambio producido por la Iglesia en los últimos cincuenta años ha generado confusión, especialmente en el campo ético, y esto ha producido una "desorientación" de los fieles, ya no iluminados por información clara y una directiva precisa. 

Del lado de la primera y tercera línea de respuesta se encuentran, por ejemplo, algunos teólogos y cardenales (omito el dar nombres) que de un tiempo a esta parte han hecho y hacen oír su voz, también indirectamente en este tema. Del lado de la segunda motivación están, entre otros, intelectuales y teólogos (tampoco doy nombres), que desde hace años reiteran la necesidad de que la Iglesia "recupere" las desventajas/distancias sobre el mundo. 

Quienes intentan comprender este problema verificando la realidad de los hechos, a través de investigaciones de campo, descubren, sin embargo, que ninguna de las tres líneas parece dar en el blanco. Todos estos análisis coinciden en encontrar cuatro razones principales para abandonar la fe. 

Primero. Las “heridas” personales no curadas. En el camino del crecimiento individual, algunas experiencias han dejado una huella "fuerte" en la que la fe ha entrado en crisis y estas personas no han encontrado en su camino a nadie que haya podido "curar" adecuadamente tales heridas. Por eso ya no les era posible leer la presencia, en sus vidas, de un Dios amoroso que cuida de nosotros. 

Segundo. La experiencia de una "fe abstracta". Quienes participaron en los caminos clásicos de formación cristiana, la vida de fe fue vivida a menudo como algo "distinto" de la vida real. Y tan pronto como esto comenzó a sentirse en todo su cuerpo, esa fe desapareció como la nieve al sol, porque era incapaz de ser "mínimamente significativa" en comparación con la verdadera realidad. 

Tercero. La "absolutización" de la verdad de la fe. Una percepción de molestia, muy extendida entre muchos, que señala el rechazo a la pretensión de que la verdad de la fe sea calificada de única, completa e indudable. Rechazo que surge de la comparación de esta afirmación con la realidad de que esta verdad está "dentro de la historia" y que a lo largo del tiempo ha tomado diferentes formas teológicas y ha modificado parcialmente contenidos no esenciales. 

Cuatro. La incapacidad de la "mediación cultural". Para quienes no han renunciado a interrogarse sobre la realidad, la dificultad de la Iglesia para saber "pensar y decir" sus respuestas habituales, en relación con las adquisiciones científicas, los cambios de paradigmas antropológicos y de los instrumentos expresivos, que, voluntariamente o no, parece evidente, han aparecido en el panorama cultural en las últimas décadas. 

Es imposible escapar a la percepción de una distancia abismal entre los datos de la realidad y las lecturas dadas, tanto por intelectuales laicos, más o menos fuera de la Iglesia, como por algunos exponentes de la teología tradicional, dentro de la Iglesia. Quizás, entonces, la falta de estas respuestas, dentro y fuera de la Iglesia, radique en haber perdido el contacto con la realidad. Probablemente, entonces, no tenga sentido seguir pidiendo a los demás que cambien, tanto dentro como fuera de la Iglesia, sino recordar cómo esta pérdida es, al mismo tiempo, una pérdida de la relación con Jesús y con las personas reales, en que Él continúa buscándonos. 

Hoy cada vez más nos damos cuenta de la necesidad de una pastoral diferente, no estudiada en una mesa tras la lectura de las necesidades sociales y territoriales, sino de una aproximación a los demás donde el anuncio del Evangelio exige la encarnación, que significa encarnarse en las actitudes, en los gestos, también en las palabras. Esto no puede suceder sin los cuerpos de las mujeres y de los hombres a los que llega el Evangelio, en la concreción de sus experiencias, en el latido vital de sus corazones. 

Se trata de una pastoral sobre el terreno que no puede ignorar la verdad contenida en el cuerpo y en el corazón de las personas que se encuentran: "Es necesario conocer el corazón de los hombres - dijo Pablo VI - para anunciar el corazón de Dios". Por tanto, de la paráfrasis de esta luminosa expresión de Pablo VI habría que seguir pensando en trazar líneas diferentes, más fuera de los planes pastorales, y más dentro de las experiencias reales de las personas, cualesquiera que sean. 

Una clave, yo creo, sería mirar y cuidar el corazón de las personas. Seguramente no se trata de una "alta pastoral" pero sí de una "pastoral cordial". 

Y esto en el sentido profundo de basarse en el conocimiento del propio hombre, lo que exige un despojo que devuelva la teología y el estudio de la Escritura a su principio original, a ser relato siempre renovado de los acontecimientos concretos de los pueblos y personas, a estar sembrados en la vida de Jesús de Nazaret que continúa en la existencia de su cuerpo vivo en el mundo. Es allí donde aprendemos la Biblia y la teología, llamadas a una hermenéutica "cordial", que "escucha" de nuevo el corazón humano colocándose humildemente al lado de los hombres y de ese conocimiento que se esfuerza por "sintonizar" con el corazón. 

Y en esta perspectiva, cabría sugerir, tal vez, que formar ministros ordenados y agentes pastorales con esta nueva sensibilidad es ya en sí mismo un acto "sentido", recuperando el valor etimológico del término que indica acercarse "al corazón" -de los demás y de Dios-, y enriquecer el panorama eclesial y social con una nueva riqueza sinérgica y fecunda. Se trataría de seguir avanzando en el intento de dar verdaderamente sustancia a una encarnación pastoral que apunte al corazón del hombre para mostrar el corazón de Dios. 

Dicho lo anterior, no se me oculta, puntualizando al Presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Valladolid, Luis Argüello (https://www.religiondigital.org/diocesis/Arguello-niega-Sinodo-distribucion-Iglesia_0_2716228362.html), que éste un tema crucial y urgente debería implicar no sólo a los padres sinodales, sino a toda la Iglesia en un amplio debate. Y lo digo porque no estoy seguro de que esto esté sucediendo: me parece que todos estamos esperando a ver qué surgirá del Sínodo, ya que somos un país de tradición cristiana e incluso en la Iglesia somos muy capaces de hacer que todo cambie... para que nada cambie. 

Lo que me parece que sucede regularmente con el Papa Francisco: ya sea que pida una Iglesia abierta, pobre y acogedora o que tome algunas decisiones claras para la reforma de la curia y su purificación, sus palabras y sus gestos son tema de conversación entre los no creyentes que entre los creyentes, más en los bares que en las parroquias, donde la vida sigue transcurriendo tranquila y sin sobresaltos. También por eso creo que el reto hoy no es la reforma de la curia romana,…, sino de la Iglesia, de su estructura y de su estilo de presencia en el mundo. La urgencia misma de la evangelización lo exige. 

Hace ya bastante tiempo pienso que el "modelo europeo", o al menos el español, rígidamente estructurado y de arriba hacia abajo, con un fuerte poder político basado en la negociación directa entre jerarquías eclesiales y jerarquías gubernamentales, con un laicado residual en términos de roles y funciones,…, ya no funciona y está llevando a los católicos a una incapacidad cada vez mayor para dar testimonio creíble de la salvación. Más que de nueva evangelización, deberíamos hablar de una nueva Iglesia, que precisamente por su novedad encuentra la fuerza del testimonio y la capacidad de evangelizar. 

Y me gusta repensar la Iglesia según la definición ofrecida al Concilio: "la Iglesia es, en Cristo, de algún modo sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano" (LG 1,1). Definición gracias a la cual los padres conciliares liberaron a la Iglesia de la antigua y difundida presunción - de la que derivaban muchas formas impropias de su relación con la sociedad civil - que la proponía como si fuera el punto de llegada de la historia, en el que toda la humanidad habría tenido que converger, so pena de fracasar. La Iglesia es, sin embargo, signo e instrumento al servicio de la humanidad, mientras que el fin de la historia es Cristo, luz del pueblo y establecimiento definitivo del Reino de Dios que proviene de su gracia. 

De esta manera se afirmaba un doble camino y un doble propósito de la misión: la Iglesia se propone servir a los hombres tanto para que alcancen su "íntima unión con Dios" como para que se logre "la unidad de todo el género humano". La renovación de la Iglesia parte de aquí: de la búsqueda de una presencia en el mundo basada en ser signo y sacramento, y no en ser potencia entre los poderosos; basado en que es vida, no apariencia. 

Lo que hoy se pide es un punto de inflexión histórico, en el sentido literal del término, porque durante su larga vida la Iglesia casi siempre ha intentado vincular la evangelización y la misión con la consecución del reconocimiento de los Estados y del poder. Estaba más preocupada por las relaciones entre líderes que entre pueblos. Ya no es el tiempo de los estados confesionales, es el tiempo de una Iglesia que le dice al mundo que hay alguien que lo ama y que quiere salvarlo. Pero es necesario encontrar el entusiasmo, la energía, el gusto por buscar nuevos caminos para relanzar la evangelización. Y todo esto se encuentra en la conversión de los corazones, por supuesto, pero también en la reforma de la Iglesia, una reforma que la involucra en todos sus componentes, desde la punta de la cumbre hasta la parroquia más periférica y que concierne tanto la cotidiano vida de la comunidad y la actualización de un Código de Derecho Canónico. 

Y creo que en una hipotética "agenda de reformas" se podrían incluir también estos cinco puntos fundamentales: 

a)     La sinodalidad. Es necesario construir colegialidad a todos los niveles, tanto para los fieles laicos en el ámbito parroquial y diocesano, como para los sacerdotes en su relación con los obispos. Por ejemplo, creando órganos sinodales articulados en función del tema a tratar y de los carismas correspondientes. También entre los obispos es necesario lograr una mayor colegialidad y las herramientas adecuadas para hacerla eficaz. 

b)    El laicado. Se debe reconocer su mayoría de edad, su adultez, su ‘sensus fidei’ y otorgar y valorar su papel en la Iglesia, y su autonomía responsable en la sociedad. 

c    La mujer. Una Iglesia inclusiva, que valora el genio femenino, no puede seguir excluyendo a las mujeres de los lugares de toma de decisiones y posponiendo aún más cuestiones como la admisión al ministerio ordenado. 

d)    La colaboración ecuménica. Es necesario desarrollar la atención hacia los cristianos no pertenecientes a la Iglesia católica y la colaboración ecuménica, que puede referirse a la caridad, pero también a la comunicación de la fe y del mensaje de Jesús. 

e)     La pobreza. Sólo una Iglesia "liberada de cargas y privilegios materiales y políticos" (Benedicto XVI) puede dedicarse verdaderamente al mundo. Una vez más, esta liberación concierne a la Santa Sede y sus instituciones, pero también a las Iglesias Locales, parroquias, conventos y monasterios, asociaciones, familias y creyentes individuales. 

Y esto, creo, no es un pensamiento obsesivo por los temas internos de la Iglesia sino una reflexión, hasta pertinente, sobre una Iglesia que quiere ser elevante y significativa hoy y mañana. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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