Y después del Sínodo de la sinodalidad… ¿qué?
No recuerdo ni cuándo ni cómo aprendía a leer. Y, seguramente, es lo más importante que me ha pasado en mi vida. Tras más de 59 años, me maravilla cómo esta magia, traduciendo las palabras de los libros en imágenes, ha enriquecido mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar, soñar, crear.
La lectura y la narración transformaron los sueños en vida y la vida en sueños y pusieron el universo de la literatura al alcance de lo que soy ahora. Alguien me dijo que lo yo escribía eran continuaciones de los cuentos que leía porque me daba pena que terminaran o quería cambiar el final. Y quizás esto ha sido lo que he hecho toda mi vida sin saberlo: prolongar en el tiempo, a medida que crecía y maduraba, aquellas historias que llenaron mi infancia de imaginación y sueños, de euforia y aventuras.
Toda mi vida he tenido personas así cerca de mí, que me amaban y me empujaban y me contagiaban su fe cuando dudaba.
Gracias a ellos y, sin duda, también a mi terquedad y un poco de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, creando una vida paralela en la que podemos refugiarse contra las adversidades que hacen natural lo extraordinario y lo extraordinario en lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el momento y hace de la muerte un espectáculo pasajero.
No hay duda de que la narración vive un período particularmente feliz: las novelas, las fábulas, los cuentos,…, parecen haber sustituido a los antiguos análisis del mundo y de uno mismo.
La narración ha infectado a casi todas las ciencias humanas: en la pedagogía, en la antropología, en el psicoanálisis, en la sociología, incluso en las disciplinas de la organización, el relato se utiliza cada vez más como metáfora ejemplar capaz de explicar o al menos representar cada realidad viviente.
También porque nos hemos dado cuenta de que contar historias es tan natural para el hombre como respirar, comer o la necesidad de protección. Un instinto primordial que crea al hombre como animal narrador.
Alguien dijo que la experiencia demuestra continuamente que hombres y mujeres disfrutan contando historias. Que los niños piden cuentos antes de quedarse dormidos, que a los mayores les encanta recorrer narrativamente su vida o la de otros, y que todo negocio, trabajo, familia, sociedad requiere una historia, una narración. No hace falta decir que no puede haber historias sin que alguien las cuente. Y que las historias piden oyentes. Hombres y mujeres de todos los tiempos han escuchado, narrado pero también creado historias, haciéndose responsables de ellas.
Sabemos que el relato actúa a nivel de adhesión existencial, y que las ideas que se ofrecen a través del modo narrativo traen consigo la posibilidad de ser puestas a prueba, nos empujan a tomar posición en torno a lo que se narra, a resaltar ese decir que trae cosas más cercanas, al otro. Contar o escuchar narrativas te saca de ti mismo. En definitiva, el relato es un modo privilegiado a través del cual se establece una relación, un encuentro. De hecho, en el relato interactúan varias historias: la narrada, la del narrador, la del oyente. Historias que pueden integrarse o rechazarse, parcial o totalmente, pero que no conducen a la neutralidad, porque la historia siempre implica.
Quizás entonces no sea casualidad que la narración sea el modo típico de proceder en las páginas bíblicas. En los textos bíblicos rara vez se encuentran argumentos, demostraciones y afirmaciones dogmáticas. En cambio encontramos poemas, símbolos, mitos, historias.
Narrar es quizás el eco de la risa de Dios en la tierra, el eco de aquel estribillo repetido siete veces en el Génesis 1 -Dios vio que todo era bello y bueno-. La primera palabra de Dios sobre el mundo es sobre su bondad y belleza.
La narración tiene una función terapéutica, como ocurre con aquel abuelo lisiado del cuento narrado por Martin Buber: “A un rabino, cuyo abuelo había sido discípulo de Baalshem, se le pidió que contara una historia. Una historia, dijo, debe contarse de tal manera que sea en sí misma una ayuda. Y dijo que su abuelo estaba lisiado y una vez le pidieron que contara una historia sobre su maestra. Luego contó cómo Baalshem solía saltar y bailar mientras oraba. El abuelo, mientras contaba la historia, se levantó y la historia lo transportó tanto que comenzó a saltar y bailar como lo hacía su maestro (olvidándose de que estaba lisiado). A partir de ese momento se recuperó. Así se deben contar las historias, así se escuchan, así se escriben”.
El hablar del Dios bíblico es entonces un hablar creativo. No son palabras vacías que se pierden en el viento sino que se traducen en un acontecimiento. El primer credo judío, narrado en Deuteronomio 26,5-9, no es de tipo argumentativo sino narrativo -"mi padre era un arameo errante, se quedó allí como extranjero, con poca gente, y allí se hizo un pueblo grande, fuerte y -os egipcios nos maltrataron, nos humillaron y nos impusieron dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, al Dios de nuestros padres…"-. He aquí la historia de un pueblo que transforma la memoria en un memorial vivo y actual.
Venimos de una época eclesial en la que las razones del dogma prevalecieron claramente sobre las del relato, consideradas inválidas. La teología narrativa volvió a escena precisamente en el momento en que la comunicación alcanzaba su punto más bajo. La necesidad de volver a narrar a Dios retraduciéndolo a la cultura actual es una tarea esencial para una Iglesia que quiere hablar de un Dios hecho carne de hombre. Y de un hombre que necesita palabras y rostros, historias y vínculos para encontrarse con Dios. Porque Dios no es un dogma que nos mantiene en la Iglesia sino una relación (una narrativa, diríamos) que nos mantiene vivos.
Deseo, y espero, que el Sínodo también nos ayude a re-tornar a la narración de Dios de tal manera que los sueños se transformen en vida. Ojalá que la Iglesia sepa narrar con belleza más que presentar decálogos de moral y dogmas de verdad.
Quisiera que, también como frito del Sínodo, la Iglesia nos invitara a buscar y contar historias que saquen a la luz la verdad y el bien, para encontrar la fuerza para caminar juntos con el resto de la humanidad para los que creemos que la Vida se ha hecho historia, narración, relato.
La experiencia del Éxodo nos enseña que el conocimiento de Dios se transmite sobre todo contando, de generación en generación, cómo Él sigue haciéndose presente. El Dios de la vida se comunica contando la historia de la vida. Sí, como nos decía el Papa Francisco "necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que nos edifican para que podamos avanzar juntos. En la confusión de voces y mensajes que nos rodean, necesitamos una narrativa humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que vive dentro de nosotros. Una narrativa que sabe mirar el mundo y los acontecimientos con ternura; que habla de que somos parte de un tejido vivo; que revela el entretejido de hilos con los que estamos conectados unos con otros".
Sería una manera de volver a Jesús de Nazaret que, entre otras faceta de su persona y de su vida, fue un ser narrador. Seguramente desde pequeño tuvo hambre de historias igual que tenía hambre de comida.
Jesús de Nazaret, como buen narrador de Dios y su Reino, narraba para humanizar el tiempo, para escapar de la precariedad de la vida y para dar forma y sentido al vivir. Su narración era formadora por excelencia, era pedagogía humana. Desde las parábolas, pasando por esa forma cotidiana de narración que es la conversación, el Maestro vivía de historias. Incluso la fe se basaba para él en una narración siempre repetida y renovada, antigua e inédita. La escucha de esas historias creó la comunidad de escucha y narración donde la vida del creyente está llamada a convertirse en anuncio existencial de la acción de Dios. Si la historia educa en la vida y en la fe, la vida del creyente está llamada a convertirse en relato de fe.
Que el Sínodo nos recuerde que narrar es siempre sinónimo de decir con palabras, con vida, con toda la persona lo precioso e importante que el Padre revela al corazón humano: 'Pondré mi ley en su alma, la escribiré en su corazón' (Jer 31:33). San Pablo nos diría que "Vosotros sois carta de Cristo escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones humanos" (2 Cor 3,3).
Volvamos a aprender a narrar, es decir, a insertarnos en el gran relato que es la "historia de la humanidad" para captar todo lo precioso y nuevo que allí se puede ver con los ojos atentos y asombrados de un niño frente a quien cuenta la historia. Cuando esto sucede vislumbraremos lo que significa que la narración puede convertirse en una oportunidad no sólo para aprender, sino también para descubrir, preguntar, comprender, imaginar, soñar y… crecer.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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