Confío. Me entrego -Lucas 21, 5-19-
Estamos al final de los tiempos, qué descubrimiento.
Desde el momento de la resurrección estamos al final de los tiempos.
En el sentido de que esperamos el final de esta escena, pero sin estruendos ni catástrofes, más bien como la visión del enamorado que finalmente encuentra a su amada adornada como una novia (Ap 21,1-11). Y que admira los nuevos cielos y la nueva tierra.
Porque esto sucederá. Esto sucede en este tiempo para quienes, como nosotros, han aprendido a no dejarse abrumar por lo cotidiano y levantan la mirada.
Hacia el final del Año Litúrgico, Lucas habla a su comunidad y a la nuestra de los últimos tiempos. Los que ya han comenzado.
No habla del final, sino del fin. No de la estruendosa implosión del mundo, sino del sentido de la historia.
De comprenderlo y saber interpretarlo. Al final del año
hablamos del fin de la realidad. Del sentido de lo que (nos) está
sucediendo. Lucas está evangelizando a una comunidad perseguida, impresionada
por la destrucción de Jerusalén y del Templo, asustada por la ola de odio
desatada por Nerón.
¿Estamos perdidos?, se preguntan sus feligreses, ¿Es el fin?
¿Nunca os lo preguntáis? Yo sí.
Me lo pregunto después del miedo al Covid. Me lo pregunto ante los escenarios de guerra. Me lo pregunto ante una crisis energética en la que todos, a estas alturas, somos interdependientes. Lo veo circulando por las redes sociales, me lo pregunto ante el empobrecimiento del lenguaje, del pensamiento, que está vaciando nuestro Occidente.
¿Y si Dios se hubiera equivocado? ¿Y si la vida fuera realmente una inextricable mezcla de luz y oscuridad que mastica y tritura cada emoción y cada sueño? ¿Y si Dios hubiera exagerado con la idea de la libertad de los hombres y con el hecho de que el hombre puede hacerlo solo? ¿Qué peso tienen nuestras pequeñas comunidades, abrumadas por la ira, la violencia y el victimismo de un mundo cada vez más enfrentado?
¿Es el fin? ¿Debemos rendirnos?
Exagerado
En mi peregrinación de esperanza, me encuentro con dos tipos de cristianos.
Los que miran imperturbables las hermosas piedras del Templo y los exvotos, diciendo que, en el fondo, las cosas no van tan mal y que hay que aguantar frente a los «enemigos de la Iglesia», y los que, en cambio, ven el tiempo presente como el fin del cristianismo y viven con inquietud y tristeza la profunda crisis que parece haber afectado a nuestras comunidades europeas, pobres en fe y esperanza.
Es una cuestión de miradas y de signos de los tiempos.
Durante décadas nos hemos quejado de que éramos una minoría. Solo porque el pluralismo se estaba extendiendo. Y todos fingían ser víctimas, lamentando hipotéticos tiempos dorados. Necios.
Ahora estamos viendo que realmente nos hemos convertido en una minoría.
Las Iglesias siguen ahí, y las fiestas y los símbolos.
Falta la fe. Falta el fuego. Falta la pasión.
El cristianismo se está convirtiendo en un paquete bien envuelto. Pero vacío.
Entonces se grita al mundo enemigo y cruel. Se anhela volver al pasado, como si fuera posible, como si fuera útil.
Quizás deberíamos, simplemente, confiar en Dios. Y creer, por fin.
El Señor renueva todas las cosas, ¿no nos damos cuenta?
Levantad la mirada
No hay catástrofe, dice Jesús, estad tranquilos.
Éstas no son las señales del fin, como algunos predicadores insisten en decir. Éstas no son las señales de un mundo que se precipita al caos.
Y, sonriendo, el Maestro nos dice: cambia tu mirada. Cámbiate a ti mismo. Cambia el mundo.
Mira las cosas positivas, el tanto amor que la humanidad, a pesar de todo, es capaz de producir, el asombro que suscita la Creación y que lo relativiza todo, el Reino que avanza en los corazones, tímido, discreto, pacífico, desarmado. Mírate a ti mismo, hermano mío, lo que el Señor ha logrado hacer en todos los años de tu vida, a pesar de todo.
Todo el amor que has dado y recibido, a pesar de todo.
Mira a ti mismo y a la espléndida obra de Dios, a su manifestación solar, al bien y a la belleza que ha creado en ti. Mira y no te desanimes.
Es más: el esfuerzo puede ser una oportunidad para crecer, para creer.
La fe se refina en la prueba, se vuelve más transparente, tu mirada se vuelve más transparente, te conviertes en testigo de Dios cuando te juzgan, te conviertes en santo de verdad (¡no en uno de esos santos edulcorados de nuestra devoción enfermiza!) y no te das cuenta, te descubres creyente.
Si el mundo nos critica y nos juzga, si nos ataca, no nos pongamos a la defensiva, no razonemos con la lógica de este mundo: confiemos en el Espíritu.
Cuando el mundo habla demasiado de la Iglesia, ¡la Iglesia debe hablar más de Jesús, de Año de Gracia, de Evangelio, de Reino!
Y de su magnífico Dios.
Un Dios que sabe. Que conoce. Que cuenta los cabellos de tu cabeza.
¿Aún no confiamos?
Maldita sea
Lo digo oficial y públicamente: esto no me gusta nada.
Prefiero regodearme en mis verdaderas o supuestas desgracias, prefiero quejarme de todo y de todos, vivir en la ira crónica.
Prefiero mil veces quejarme del mundo feo, sucio y malo, de los enemigos de la Iglesia, y eventualmente construirme una pequeña secta católica muy devota en la que nos sintamos bien.
Prefiero hacer las cosas a mi manera, ¡caramba!
Me agota la idea de tener que cambiarme a mí mismo. Y mi mirada. Y mi corazón.
Pero si realmente debo hacer lo que Tú quieres, Señor, entonces libera mi corazón del peso del pecado, de la profunda incoherencia, de la tendencia a la negatividad y pesimismo que me caracteriza y hazme libre, a la espera de tu Reino.
Hazme descubrir el amor, dame la fuerza para amar, a mí mismo y a los demás. Con libertad y verdad.
Al final, Señor, ayúdame a no pensar que es el fin.
Sino a encontrar el sentido de todo esto.
El mundo no se está precipitando hacia el caos, sino hacia tus brazos para un abrazo infinito y definitivo de amor.
Quizás convertirme, creer, por fin. Arder de amor.
Tomarte en serio.
Ayúdame, no siempre lo entiendo, de verdad. Pero confío. Me entrego.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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