martes, 2 de septiembre de 2025

Dios, guardián de cada fragmento -Lucas 21, 5-19-.

Dios, guardián de cada fragmento -Lucas 21, 5-19- 

Llegarán días de luto y llanto. Es más, ya han llegado y siguen llegando. El mundo está enfermo, pero nosotros no huimos, nos quedamos en medio, como Jesús, tratando de curar sus heridas. 

La venida de Jesús no ha resuelto los males del mundo. Es más, la fe en Jesús parece provocar un aumento de la violencia y el odio: es la creación que lucha contra el mal. Jesús, sus testigos, el Templo de Jerusalén, el Templo de nuestro cuerpo (Jn 2,21), el mundo, todo debe pasar por una historia de muerte y renacimiento, de cruz y resurrección: ley de toda la historia. Todo se sostiene en la cruz. Todo se sostiene en la resurrección. 

El último libro de la Biblia nos asegura que el mundo no terminará en el fuego de una conflagración planetaria, sino en la belleza. El fin de la historia no es la devastación de la creación, sino el encanto del enamorado: «Vi la tierra nueva, hermosa como una novia, descender del cielo, preparada para el esposo» (Ap 21,2). 

Esto también vale para el discípulo: «ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». Aunque sea destruido en el día de la violencia y el odio, no lo será para siempre. «En cuanto a vosotros, incluso los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues» (Mt 10,30). He aquí, una vez más, el infinito cuidado de Dios por lo infinitamente pequeño, la delicadeza amorosa de un Dios para quien nada es insignificante de lo que pertenece al amado. 

No es solo deseo del corazón, sino sabiduría del corazón: Jesús enseña a vivir el movimiento de un péndulo que va de lo infinitamente pequeño a la gran historia, del fragmento de materia al secreto de la vida, de un solo cabello mío a todo el futuro del cosmos. En la esperanza. 

Doy gracias a mi Señor, porque en el caos de la historia su mirada está fija en mí, no como un juez que me acecha, sino como un guardián que recuerda cada fragmento. Y nada es demasiado pequeño: y si no se libra de la destrucción en el día del odio, sin duda se salvará en el Día del Señor. 

¿Cómo esperar ese día? Con una espiritualidad cotidiana que Lucas describe así: permanecer firmes en la «perseverancia», término que evoca toda la fuerza necesaria a lo largo del camino de sufrimiento por el que hay que pasar, pero que al mismo tiempo respira la esperanza en Aquel que cuenta los cabellos de tu cabeza. 

«En vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas», y es como decir «salvaréis vuestras vidas». La vida se salva no con el desinterés, sino con el trabajo tenaz, humilde y cotidiano que cuida de la tierra y de sus heridas. Sin ceder ni al desánimo ni a las seducciones de los falsos profetas. 

Y si sigo esperando al Señor, no es por las señales decepcionantes que consigo vislumbrar en la sangrienta maraña de los días, sino por la belleza de la fe en Alguien que me cuenta los cabellos de mi cabeza y se presenta como un Dios experto en amor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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