El verdadero milagro, una pequeña semilla - Mateo 11, 2-11 -
«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Gran pregunta que permanece intacta: ¿perseveramos en el Evangelio o buscamos en otra parte?
Juan está invadido por la duda, pero Jesús no pierde ni un ápice de la inmensa estima que le profesa: «¡Es el más grande!». Las dudas no disminuyen la estatura de este gigante del espíritu. Y es un consuelo para todas nuestras dudas: yo dudo, y Dios sigue queriéndome. Yo dudo, y la confianza de Dios permanece intacta.
¿Eres tú? Jesús no responde con argumentos, sino con una lista de hechos: ciegos, cojos, sordos, leprosos, se curan, se ponen en camino, tienen una segunda oportunidad, su vida cambia.
Donde el Señor toca, lleva vida, cura, hace florecer.
La respuesta a nuestras dudas es simplemente esta: si el encuentro con Él ha producido en mí buenos frutos (alegría, valor, confianza en la vida, apertura a los demás, esperanza, altruismo). Si, por el contrario, no he cambiado, si sigo siendo el mismo de antes, significa que estoy haciendo algo mal en mi relación con el Señor.
Los hechos que Jesús enumera no han transformado el mundo, pero esas pequeñas señales son suficientes para que ya no consideremos el mundo como un enfermo incurable. Jesús nunca prometió resolver los problemas de la historia con milagros. Prometió algo aún más fuerte: el milagro de la semilla, la laboriosa constancia de la semilla.
Con Jesús ya ha comenzado, pero como semilla que se convertirá en árbol, una forma completamente diferente de ser hombres. Una semilla de fuego ha descendido dentro de nosotros y no se apaga.
Ahora nos corresponde a nosotros multiplicar esos signos - haréis signos aún mayores que los míos -, dedicando tiempo y corazón a ayudar a los que sufren, a cuidar cada brote que surge, como el agricultor:
Mirad al agricultor: espera con constancia el precioso fruto de la tierra - Santiago en la segunda lectura -. La fe se compone de dos cosas: ojos que saben ver más allá del invierno del presente y la esperanza laboriosa del agricultor. Mientras hay esfuerzo, hay esperanza.
Bienaventurado quien no encuentra en mí motivo de escándalo. Jesús era motivo de escándalo y lo sigue siendo hoy, a menos que hagamos de Jesús a nuestra medida y domestiquemos su mensaje: no estaba con la mayoría, cambió el rostro de Dios y las reglas del poder, puso a la persona por encima de la ley y al prójimo a mi lado. Y todo con medios pobres, y lo más escandalosamente pobre fue la cruz.
Jesús: un hombre solo, con un puñado de amigos, frente a todos los males del mundo. Bienaventurado quien lo siente como una pequeña y fortísima semilla de luz, una gota de fuego que vive y gime en el corazón del hombre. El único milagro que necesitamos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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