La fe, luz y camino sin fin - Mateo 11, 2-11 -
«¿Eres tú el que ha de venir?».
Sí. ¿Por qué florece la duda en torno a Jesús en lugar de la adhesión inmediata? ¿Por qué dudan incluso los profetas?
En la escuela de la duda, todos aprendemos a purificar la calidad de la vida de fe. En la fe hay tanta claridad como la necesaria para caminar y tanta oscuridad como la suficiente para dudar: en Juan conviven un israelita que confía en el rabino galileo y un judío que no confía.
Pero la duda no logra apagar la pasión del profeta por el Mesías: «¿O debo esperar a otro?».
Si me decepcionas, seguiré buscando; si no eres tú, no me rendiré, seguiré esperando. El profeta proclama una espera más fuerte que la duda. Esperar es el infinitivo del verbo amar. El profeta no se avergüenza de sus dudas, son una misteriosa profecía, una palabra sabia para nuestra vida, motor de una búsqueda, infinita como el verbo amar.
Jesús responde con un relato, no con un sí o un no; una historia que no demuestra, sino que muestra, que convoca el dolor, las Escrituras, el vecino, el trabajo del corazón, y deja libre: ha venido alguien que no entra en los palacios, sino en el mal de vivir, que se interesa por los leprosos en lugar de por los rabinos.
Alrededor de Él surge una corte de milagros, evocada por seis nombres: ciegos, cojos, leprosos, sordos, muertos, pobres...El séptimo nombre, el que falta para que la lista esté completa, es el mío.
No pensemos que obtendremos de Dios respuestas que borren todas las dudas. Su respuesta es tan sencilla como un relato; tan humilde como la respuesta de Isaías (I lectura): ánimo, ten fuerza; pobre como la de Santiago (II lectura): ten paciencia, como el labrador en invierno; se necesita heroísmo para resistir en esta línea tan poco defendida, para ser paciente, para animarse, para mirar los brotes.
Hubiera preferido una respuesta alegre, evidente, clara. Pero bienaventurado el que no espera la evidencia, sino la esperanza. Bienaventurados los que aceptan la fe como luz y como camino sin fin.
Al final, el relato se convierte en pregunta: ¿qué habéis ido a ver al desierto?
Ver, dice, no aprender. Dios se muestra, no se demuestra.
La fe necesita un capital de testigos para ser creída. Quizás ya no se nos cree, porque somos fe sin cuerpo, una caña que se dobla ante todo, tan lejos de Juan del desierto, profeta que se pregunta, pero que nada dobla salvo el soplo de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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