José, el justo con los mismos sueños que Dios - Mateo 1, 18-24 -
Entre los testigos del Adviento, entre aquellos que dan «testimonio de la luz» (Jn 1,7.8) y nos acompañan hasta la Navidad, se encuentra José, hombre justo que sueña y ama, que no habla y actúa.
Antes de que fueran a vivir juntos, María se encontró embarazada. Sorpresa absoluta de la criatura que llega a concebir lo inconcebible, a su propio Creador. Algo que, sin embargo, desgarra el corazón de José, que se siente traicionado. Y entra en crisis: no queriendo acusarla públicamente, pensó en repudiarla en secreto. Vive el conflicto entre la Ley de Dios, que reitera varias veces: apartarás de ti al pecador (cf. Dt 22,22), y el amor por aquella joven mujer.
José está enamorado de María, no encuentra paz, sigue pensando en ella, soñándola por las noches. Pero basta con que la coraza de la Ley se agriete ligeramente, rayada por el amor, para que el Espíritu irrumpa y actúe.
Mientras consideraba estas cosas, he aquí que en sueños un ángel... José, con las manos endurecidas por el trabajo y el corazón ablandado y herido, no habla, pero sabe escuchar los sueños que lo habitan: el hombre justo tiene los mismos sueños que Dios.
José hizo lo que le dijo el ángel, eligió el amor por María, porque «anteponer la ley a la persona es la esencia de la blasfemia» - Simone Weil -. Y de este modo es profeta que anticipa y prepara las decisiones que tomará Jesús, cuando quebrantará la ley del sábado para sanar el dolor del hombre.
He aquí a los justos: la única regla es el amor; abandonar la regla cada vez que entre en conflicto con el amor. María abandona la casa del sí dicho a Dios y se va a la casa del sí dicho a un hombre, va como mujer enamorada, con su corazón de carne, con ternura y libertad.
María y José, pobres de todo menos de amor, están abiertos al misterio precisamente porque si hay algo en la tierra que abre el camino a lo absoluto, eso es el amor, lugar privilegiado donde llegan los ángeles. El corazón es la puerta de Dios.
José se lleva consigo a María y al niño, ese hijo que no ha engendrado, pero del que será verdadero padre porque lo amará, lo criará, lo hará feliz, le enseñará el oficio de hombre, a soñar y a creer en el amor.
José no tiene sueños de imágenes, sino sueños de palabras. A todos nosotros también se nos ofrece un sueño de palabras: es el Evangelio.
Y se nos ofrecen ángeles: en cada uno de nuestros hogares, Dios envía a sus mensajeros, como en el de María; envía sueños y proyectos, como en el de José.
Nuestros ángeles no tienen alas, son las personas que comparten con nosotros el pan y el amor; viven en nuestra casa, pero son mensajeros de lo invisible y anunciadores de lo infinito: ángeles que en su voz llevan la semilla de la Palabra de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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