San José, hombre justo con los mismos sueños que Dios - Mateo 1, 18-24 -
Entre los guardianes de la espera, llega el momento de José, hombre de sueños y manos callosas, el último patriarca del antiguo Israel, sello de una historia llena de contradicciones y promesas: su casa y sus sueños narran una historia de amor, sus dudas y su corazón herido cuentan una historia muy humana de esperas y crisis.
Antes de que fueran a vivir juntos, María se encontró embarazada... Entonces José pensó en repudiarla en secreto. A escondidas. Es la única manera que ha encontrado para salvar a María del riesgo de lapidación, porque la ama, ella ha ocupado su vida, su corazón, incluso sus sueños.
¿De
quién aprendió Jesús a oponerse a la antigua ley, a anteponer a la persona a
las normas, si no fue escuchando a José contar la historia de ese amor que le
dio la vida (el amor siempre es un poco ilegal...), la historia de una artimaña
pensada para salvar a su madre de la lapidación? ¿Cómo aprendió Jesús a elegir
el término «abbà» para referirse a su hogar, esa palabra infantil tan
identitaria y exclusiva, si no fue ante ese hombre de ojos y corazón profundos?
Al llamar a José «abbà», papá, aprendió lo que evoca ese nombre dulce y fuerte, cómo es revelación del rostro amoroso de Dios.
José, que nunca habla, del que el Evangelio no recuerda ni una sola palabra, hombre silencioso y valiente, concreto y libre, soñador: el destino del mundo está confiado a sus sueños. Porque el hombre justo tiene los mismos sueños que Dios.
Se necesita valor para soñar, no solo imaginación. Significa no conformarse con el mundo tal como es. La materia de la que están hechos los sueños es la esperanza - William Shakespeare -.
El Evangelio recoge cuatro sueños de José, sueños de palabras. Y cada vez se trata de un anuncio parcial, incompleto (coge al niño y a su madre y huye...), cada vez una profecía breve, demasiado breve, sin un horizonte claro, sin fecha de regreso. Sin embargo, es suficiente para abrazar a la madre y al niño, para emprender el viaje a Egipto y luego retomar el camino a casa.
Es el camino imperfecto de los justos e incluso de los profetas, es más, de todo creyente: Guíame, Luz bondadosa, a través de la oscuridad que me rodea, ¡sé Tú quien me guíe! La noche es oscura y estoy lejos de casa, ¡guíame Tú! Sostén mis pies vacilantes: no pido ver lo que me espera en el horizonte, un solo paso me bastará - San John Henry Newman -.
También nosotros tendremos tanta luz como la necesaria para dar un solo paso, y luego la luz se renovará, como los sueños de José. Tendremos tanto valor como el necesario para afrontar la primera noche. Luego el valor se renovará, como los ángeles del justo José.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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