De nuestra humanidad: Dios con nosotros y entre nosotros
«Se habla del nacimiento de un niño, no del gesto
revolucionario de un hombre de acción, ni del último descubrimiento de un
sabio, ni de la obra piadosa de un santo» (Dietrich
Bonhoeffer).
Y se habla de ello, en la página evangélica (Lc 2,1-20), después de recordar a los poderosos del mundo, al emperador César Augusto, cuya palabra gobierna el mundo e invade la existencia del individuo, dicta ley a pueblos enteros y trastorna los ritmos cotidianos de las familias, entrometiéndose en su intimidad. Hasta el punto de obligar a dos esposos, ella en avanzado estado de gestación, a emprender un viaje para «registrarse en su ciudad» (Lc 2,3).
Pero es precisamente en ese niño recién nacido donde se fija la mirada de Dios.
El nacimiento es el milagro humano que conmueve al mismo
Dios y captura su mirada de Padre. Esta mirada paterna se hace inmensamente
cercana en la otra mirada paterna, la de José. Es la mirada de un padre sobre
su hijo recién nacido, de un hombre que se ha convertido en padre por una
pequeña criatura.
El cielo está en los ojos maravillados, conmovidos, extasiados, del padre. De José. Y de todo padre. Porque la vida que el hombre engendra es vida que viene a él, que se le presenta como una aparición, como un milagro divino.
El niño indefenso, reflejado en la mirada de su padre, se convierte en el espejo en el que nos contemplamos y quedamos desarmados hasta cambiar nuestro destino. Somos testigos del milagro: lo inmensamente pequeño genera lo infinitamente grande en nuestro corazón. Y es que solo lo verdaderamente grande sabe habitar lo inmensamente pequeño.
Hay algo muy especial en la paternidad de José, algo infinitamente delicado, respetuoso, contemplativo. Algo profundamente manso y humilde.
José es un hombre de silencio y un hombre que asume, acoge, incluye, toma consigo. El gesto de José es acoger y tomar consigo. Tomar consigo tanto a María como al niño (Mt 1,24; 2,14; 2,21), al niño que no ha engendrado. Realista, José da espacio al sueño, que es poder de realidad. Justo, José va más allá de la ley y da espacio al deseo, que es poder de vida. José vive la paternidad despojándola de lo que puede haber de posesivo en su ejercicio.
Y el relato evangélico del acontecimiento de Belén presenta algunos elementos constitutivos de la apertura a la vida y de su acogida.
En primer lugar, el asombro (Lc 2,18). Que es la apertura maravillada a lo nuevo, al milagro de la renovación diaria del sol que sale y de la vida que (re)nace. Que vive cada día como si fuera el primero y hace al ser humano un niño digno del reino de los cielos. El asombro que discierne la luz de la revelación en la opacidad de lo habitual.
Luego, la reflexión, el pensar (Lc 2,19). Porque el asombro es el comienzo del conocimiento y la vida es materia en bruto que exige ser refinada y pulida con interrogación, inteligencia, penetración, discernimiento. La fe misma exige inteligencia y reflexión.
Y, por último, la alabanza (Lc 2,20).
Porque solo en la alabanza se manifiesta que la vida y su revelación han
alcanzado lo humano. La alabanza es el agradecimiento por el milagro nada obvio
y nada merecido de la vida donada, del hoy renovado. La alabanza es amor que
responde al amor.
Y es que todo nacimiento, como diría Hannah Arendt, es el milagro que preserva al mundo de su ruina, infundiendo fe y esperanza en los vivos, fe y esperanza que encuentran su expresión más gloriosa y eficaz en las palabras con las que el Evangelio anunció la «Buena Nueva» del advenimiento: «Un niño ha nacido entre nosotros».
La Navidad, y cada nacimiento, nos recuerdan que el hombre no es solo un «mortal», sino también, y ante todo, un «natal», un ser marcado por el nacimiento, que es un acontecimiento relacional que lo funda y le imprime en lo más íntimo, como sello de su devenir y madurar, la relación con el tú: me convierto en yo diciendo tú.
Y así, el milagro del nacimiento va acompañado del milagro de la relación. Por eso nuestro Señor es Emmanuel, es decir, «Dios-con-nosotros».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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