jueves, 22 de enero de 2026

A la velocidad de la prisa.

A la velocidad de la prisa

Suelo pensar que quienes tienen «prisa» quizá sean personas que tienen algún miedo al paso rápido del tiempo, por las poderosas figuras de los relojes, por el tictac de los despertadores, por el miedo a no llegar a tiempo al evento al que se han propuesto asistir…

 

Entonces corren, se apresuran, miran constantemente qué hora es y cuentan los segundos y sus décimas. Encienden todos los botones, todos los motores, todos los teléfonos; se levantan antes, preguntan a todo el mundo, van a paso de marcha. Siempre están ahí, fijos y rígidos, y no miran a nadie a la cara. Solo miran qué hora es. Así es el mundo, el tiempo es dinero.

 

Pero al estar siempre pendiente de las horas, los lugares y si hay o no hay tal cosa, acabamos convirtiéndonos en marionetas, cuya telaraña está fijada a una pared gris que es el presente, el pasado y el futuro, todo programado y futurista, pero las moscas quedan atrapadas en la telaraña.

 

Seguramente el mundo no giraba así: la gente dormía, observaba y miraba, prestaba atención al sol y a la luna. Y además existía la maravilla, la fantasía y el asombro. Incluso ahora hay personas así, pero son pocas, y se las llama «retrasadas», o incluso «tontas» o «ciegas», porque llegan tarde…

 

Cuántas veces oímos decir, a nosotros mismos y a los demás: «Tengo prisa, no tengo tiempo para…, tengo prisa».

 

Estoy en el supermercado: he cogido todo lo que había en la lista, he comprado todo lo que quería, pero al llegar a la caja me sorprende una sensación de molestia, de impaciencia: «¿Cuánto tarda el cliente que tengo delante? ¿Cuántas cosas ha comprado? ¡Qué lento es!».

 

Lo mismo ocurre en las ventanillas públicas, las llamadas «colas» o «filas», en la autopista, en la oficina de correos, en el centro de citas médicas, en las visitas al médico...

 

Pero, ¿qué es la prisa? ¿No es quizá también el miedo a que el tiempo no pase, a quedarse suspendido en el vacío, en la eternidad?

 

Desde hace siglos, el ser humano busca refugio para sus males, por ejemplo, huyendo del tiempo. Cuántas veces el individuo, sintiéndose mal consigo mismo huye de una situación cambiando de lugar, trasladándose de la ciudad al campo, del interior al exterior, de pensar demasiado a no pensar en nada en absoluto… De esta manera, huye de sí mismo y crea un vacío - anulando el pensamiento - que luego llenará con las mismas estratagemas inventadas por él o por otros.

 

La sensación de eternidad puede asustar al ser humano, que se ve proyectado tan lejos, en un futuro más allá de este mundo, que ni siquiera él puede imaginar. Por eso, en muchos autores literarios, o por ejemplo en muchos textos teatrales, se encuentra la manera de dar sentido a la muerte y de interpretarla.

 

En casi todas las religiones se promete que después de la muerte vendrá otra vida, la vida eterna, el Paraíso, un mundo perfecto al final de lo que ahora se considera imperfecto. A veces suelo pensar que la prisa puede corresponder al miedo a la muerte.


En otros casos, la prisa puede ser positiva, por ejemplo, la prisa por salir temprano por la mañana para ir al trabajo, la prisa por salir para llegar puntual a una cita, o la prisa competitiva, la prisa por llegar primero en una carrera (para ganar una copa o una medalla), o la prisa por recoger algo en el huerto antes de que llueva, la prisa por volver a casa después de un día de trabajo, la prisa por ver a alguien, por ir a un lugar que nos gusta, la prisa por terminar un trabajo, porque se nos ha pedido diligencia.

 

Es verdad que, a veces, la prisa puede generar virtudes como la diligencia, la solicitud, el compromiso,… Otras veces la prisa es un sufrimiento o una intolerancia del ser humano, frágil e insatisfecho, que intenta comprender y remediar los errores del pasado huyendo y escapando del pasado mismo. Por lo tanto, una huida del tiempo, más que de un espacio a otro.

 

Otro aspecto de la prisa puede estar relacionado con las relaciones humanas con quienes nos rodean: tener prisa por ser escuchados, tener prisa por despedirse de alguien (por algún beneficio propio), tener prisa por terminar un trabajo para luego descansar.

 

Si todo tiende al descanso, o a ganar algo (por ejemplo, un premio) o a sentirse mejor, la prisa puede verse como algo positivo, que se extiende hacia una situación de quietud y calma interior.

 

Solemos pensar que en la sociedad occidental la prisa es mucho más evidente que en Oriente.

 

La ciudad, con sus ritmos frenéticos, semáforos, pasos, aparcamientos para coches, autobuses, medios de transporte público, cruces y desvíos, es neurótica. El capitalismo, con sus ritmos despiadados, ha producido sin duda la prisa.

 

La prisa nos obliga de alguna manera a esforzarnos, a quemar etapas, a ignorar a los demás, y especialmente a los necesitados - tantas veces cuando se va de prisa se pasa de largo… -.

 

¿Es entonces la «calma» lo contrario de la «prisa»?

 

En los países orientales, la calma es una forma de vida, en el sentido de que en la religión y en algunas disciplinas como el yoga…, prevalece una sensación de serenidad, asociada a un nivel consciente de conocimiento interior, de uno mismo y del mundo que nos rodea.

 

Las prácticas religiosas, las oraciones con mantras, conducen a la sabiduría y al conocimiento - tesoros ocultos que llevamos dentro de nosotros - y a alcanzar un estado puro y elevado que se define como paz de los sentidos y perfección profunda e interior. Esa paz interior se traslada al encuentro y al perdón. Se trata de una calma vista como descanso, bendición, oración,…, pero también como antídoto contra la ira.

 

En nuestra sociedad la prisa es una compañera de viaje despótica de los tiempos modernos. Marca el ritmo de nuestra vida cotidiana. Nos obliga a correr al mismo ritmo que el progreso del que somos esclavos, pero no siempre «hacer rápido» es compatible con «hacer mucho» y «hacer bien». A menudo nos impide detenernos a disfrutar plenamente de las pequeñas alegrías de la vida.

 

Y es que la prisa nos acosa desde la mañana. El intenso tráfico obliga a los medios de transporte a formar largas colas y quienes se dirigen al trabajo llegan ya estresados. Así, para evitar retrasos, renuncian al desayuno en familia. El almuerzo en la mesa ya no existe. Se ha reducido a un tentempié engullido a toda prisa y, si el estómago protesta por este trato, sube la factura de la farmacia. Los niños también sufren un ritmo acelerado: colegio, deporte, actividades diversas, un torbellino de compromisos, uno tras otro, espoleados por los adultos que esperan éxitos a menudo inalcanzables.


Me pregunto si aún podemos disfrutar del lado agradable y bello, gratuito y lúdico de lo que hacemos.

 

Tantas veces las relaciones humanas quedan relegadas al poco tiempo que queda... si queda. A menudo he visto a gente saludarse por la calle sin detenerse. «¡Hola!» «¡Hola! Lo siento, tengo prisa». Palabras pronunciadas con la cara girada hacia el hombro, para mirarse, cruzándose, sin reducir la velocidad.

 

Esta prisa exasperada provoca ansiedad, un síntoma generalizado que puede generar intolerancia, irritación y complicarlo todo. Se necesita un poco de calma y serenidad, que no sea lentitud o indiferencia.

 

Tenemos una necesidad urgente de ralentizar, recuperar el aliento, deshacernos de la angustia de no llegar a hacer todo lo que hay que hacer en las veinticuatro horas que componen el día.

 

En la búsqueda de la tranquilidad, el primer paso es divorciarse del mito de la velocidad. Eso está bien para los programas de software y los grandes premios de Fórmula Uno. Nosotros, los pequeños, dejémonos atraer por el encanto de la lentitud. Tal vez haya que empezar a practicar la parada, las pausas largas, el paso lento…

 

¿O se trata de vivir detrás del reloj como aquel conejo blanco de “Alicia en el país de las maravillas”?: https://www.youtube.com/watch?v=DEaw2Z3ebns


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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