La idolatría de la alta velocidad
«La velocidad es Dios y el tiempo es el demonio». Así lo afirmó David Hancock, director de la división de ordenadores portátiles de Hitachi.
En realidad, la vida se acelera hasta el punto de que
el tiempo casi desaparece: «pronto» siempre es demasiado tarde,
hay que hacerlo todo ahora, inmediatamente. Hacer una pausa, posponer,
detenerse, ralentizar significa perder una oportunidad, dar ventaja a la
competencia,...
La velocidad se ha convertido en la medida del éxito: procesadores más rápidos, ordenadores más rápidos,
redes más rápidas, conexiones más rápidas, noticias más rápidas, comunicaciones
más rápidas, transacciones más rápidas, intercambios más rápidos, entregas más
rápidas, mentes más rápidas, niños más rápidos. ¿Por qué estamos tan obsesionados
con la velocidad?
Pareciera que la velocidad fuera la nueva belleza.
Esta veneración refleja el profundo cambio de valores
culturales que trajeron consigo la modernidad y la modernización. A principios
del siglo XX, Frederick Winslow Taylor llevó el cronómetro a la fábrica, dando
inicio a aquella cultura que Charlie Chaplin describió de manera memorable en Tiempos modernos. Entonces, como
ahora, la medida de la eficiencia venía dada por la capacidad de maximizar y
acelerar la producción mediante la programación del comportamiento humano.
Con el paso de las tecnologías mecánicas a las
electrónicas, la velocidad aumentó enormemente. Inventos como el telégrafo y el
teléfono liberaron la comunicación de las limitaciones impuestas por los medios
de transporte. Antes, los mensajes viajaban a la misma velocidad que los
hombres, los caballos, los trenes y los barcos. Ahora, las palabras, los
sonidos, la información y las imágenes podían recorrer enormes distancias a
gran velocidad.
Las redes de transporte, que luego se convirtieron en
la columna vertebral de las redes de comunicación, fueron desarrolladas por las
compañías ferroviarias y navieras en la segunda mitad del siglo XIX: los
cimientos de la infraestructura material de las redes digitales norteamericanas
actuales se sentaron con el tendido de los cables transatlánticos y la
finalización del ferrocarril transcontinental.
En la segunda mitad del siglo XX, las tecnologías de
la información, las comunicaciones y las redes evolucionaron mucho, y la
velocidad de transmisión aumentó vertiginosamente. Pero no solo los datos y la
información se mueven más rápido. La ley de Moore, según la cual la velocidad
de los procesadores de los ordenadores se duplica cada dos años, parece
aplicarse hoy en día a la vida misma.
Conectados las veinticuatro horas del día, los siete
días de la semana y los 365 días del año, nos esforzamos por mantener el ritmo,
pero cada vez nos quedamos más atrás. Cuanto más rápido vamos, menos tiempo
tenemos. La vida se acelera, el estrés aumenta y la ansiedad pasa de unos a
otros.
Pero hay una paradoja subyacente en estos
acontecimientos.
Por ejemplo, con la aparición de los ordenadores y
otras tecnologías digitales, a finales de los años sesenta y principios de los
setenta, muchos analistas predijeron una era en la que todos formaríamos parte
de una única aldea global: finalmente liberados de la carga del trabajo,
tendríamos mucho más tiempo para dedicar a nuestros intereses.
No eran solo unos pocos idealistas románticos los que
pensaban así, sino también científicos y políticos muy serios.
Obviamente, no ha sido así.
Contrariamente a lo esperado, las tecnologías que
deberían habernos liberado nos esclavizan y las que deberían habernos ahorrado
tiempo no nos dejan ni un minuto para nosotros.
Tanto a nivel individual como colectivo, estos avances
reflejan un cambio fundamental en el valor social del tiempo libre. Quien no está
conectado todo el tiempo no cuenta para nada. Y quien decide conscientemente
desconectarse para descansar, jugar o incluso simplemente para no hacer nada,
se convierte en un holgazán prescindible.
Y aunque la obsesión por la rapidez hasta puede rozar
hoy lo absurdo... no es menos verdad que la velocidad tiene sus límites. A
medida que aumenta la aceleración, las personas, las empresas, las economías,
las sociedades,..., y el medio ambiente se acercan al abismo...
Hemos sido engañados para idolatrar la velocidad por
un sistema que crea deseos donde no hay necesidad. El mundo que la velocidad
sigue construyendo es insostenible. Y cuando se superan los límites, incluso
las redes que nos sustentan ponen en peligro la vida de las personas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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