jueves, 22 de enero de 2026

La idolatría de la alta velocidad.

La idolatría de la alta velocidad

«La velocidad es Dios y el tiempo es el demonio». Así lo afirmó David Hancock, director de la división de ordenadores portátiles de Hitachi.

 

En realidad, la vida se acelera hasta el punto de que el tiempo casi desaparece: «pronto» siempre es demasiado tarde, hay que hacerlo todo ahora, inmediatamente. Hacer una pausa, posponer, detenerse, ralentizar significa perder una oportunidad, dar ventaja a la competencia,...

 

La velocidad se ha convertido en la medida del éxito: procesadores más rápidos, ordenadores más rápidos, redes más rápidas, conexiones más rápidas, noticias más rápidas, comunicaciones más rápidas, transacciones más rápidas, intercambios más rápidos, entregas más rápidas, mentes más rápidas, niños más rápidos. ¿Por qué estamos tan obsesionados con la velocidad?

 

Pareciera que la velocidad fuera la nueva belleza.

 

Esta veneración refleja el profundo cambio de valores culturales que trajeron consigo la modernidad y la modernización. A principios del siglo XX, Frederick Winslow Taylor llevó el cronómetro a la fábrica, dando inicio a aquella cultura que Charlie Chaplin describió de manera memorable en Tiempos modernos. Entonces, como ahora, la medida de la eficiencia venía dada por la capacidad de maximizar y acelerar la producción mediante la programación del comportamiento humano.

 

Con el paso de las tecnologías mecánicas a las electrónicas, la velocidad aumentó enormemente. Inventos como el telégrafo y el teléfono liberaron la comunicación de las limitaciones impuestas por los medios de transporte. Antes, los mensajes viajaban a la misma velocidad que los hombres, los caballos, los trenes y los barcos. Ahora, las palabras, los sonidos, la información y las imágenes podían recorrer enormes distancias a gran velocidad.

 

Las redes de transporte, que luego se convirtieron en la columna vertebral de las redes de comunicación, fueron desarrolladas por las compañías ferroviarias y navieras en la segunda mitad del siglo XIX: los cimientos de la infraestructura material de las redes digitales norteamericanas actuales se sentaron con el tendido de los cables transatlánticos y la finalización del ferrocarril transcontinental.

 

En la segunda mitad del siglo XX, las tecnologías de la información, las comunicaciones y las redes evolucionaron mucho, y la velocidad de transmisión aumentó vertiginosamente. Pero no solo los datos y la información se mueven más rápido. La ley de Moore, según la cual la velocidad de los procesadores de los ordenadores se duplica cada dos años, parece aplicarse hoy en día a la vida misma.

 

Conectados las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los 365 días del año, nos esforzamos por mantener el ritmo, pero cada vez nos quedamos más atrás. Cuanto más rápido vamos, menos tiempo tenemos. La vida se acelera, el estrés aumenta y la ansiedad pasa de unos a otros.

 

Pero hay una paradoja subyacente en estos acontecimientos.

 

Por ejemplo, con la aparición de los ordenadores y otras tecnologías digitales, a finales de los años sesenta y principios de los setenta, muchos analistas predijeron una era en la que todos formaríamos parte de una única aldea global: finalmente liberados de la carga del trabajo, tendríamos mucho más tiempo para dedicar a nuestros intereses.

 

No eran solo unos pocos idealistas románticos los que pensaban así, sino también científicos y políticos muy serios.

 

Obviamente, no ha sido así.

 

Contrariamente a lo esperado, las tecnologías que deberían habernos liberado nos esclavizan y las que deberían habernos ahorrado tiempo no nos dejan ni un minuto para nosotros.

 

Tanto a nivel individual como colectivo, estos avances reflejan un cambio fundamental en el valor social del tiempo libre. Quien no está conectado todo el tiempo no cuenta para nada. Y quien decide conscientemente desconectarse para descansar, jugar o incluso simplemente para no hacer nada, se convierte en un holgazán prescindible.

 

Y aunque la obsesión por la rapidez hasta puede rozar hoy lo absurdo... no es menos verdad que la velocidad tiene sus límites. A medida que aumenta la aceleración, las personas, las empresas, las economías, las sociedades,..., y el medio ambiente se acercan al abismo...

 

Hemos sido engañados para idolatrar la velocidad por un sistema que crea deseos donde no hay necesidad. El mundo que la velocidad sigue construyendo es insostenible. Y cuando se superan los límites, incluso las redes que nos sustentan ponen en peligro la vida de las personas.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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