Ese Dios que ha elegido como bienaventurados a los últimos - San Mateo 5, 1-12 -
Bienaventurado el hombre, primera palabra del primer salmo. A la que se hace eco la primera palabra del primer discurso de Jesús, en la montaña: Bienaventurados los pobres.
¿Qué significa bienaventurado, este término un poco
desusado y descolorido?
La mente recurre inmediatamente a sinónimos como:
feliz, contento, afortunado. Pero el término no puede reducirse solo al mundo
de las emociones, empobrecido a un estado de ánimo aleatorio.
Indica, en cambio, un estado de vida, consolida la
certeza más humana que tenemos y que nos compone a todos en unidad: la
aspiración a la alegría, al amor, a la vida.
Bienaventurados, y es como decir: de pie, en camino,
adelante, vosotros los pobres, Dios camina con vosotros; arriba, con la espalda
recta, no os rindáis, vosotros los no violentos, sois el futuro de la tierra;
ánimo, levántate y tira lejos el manto del luto, tú que lloras; no te des por
vencido, tú que produces amor.
Profundidad a la que nunca llegaré, Evangelio que
sigue sorprendiéndome y escapándoseme, y sin embargo hay que salvar a toda
costa; nostalgia dominante de un
mundo hecho de paz y sinceridad, de justicia y corazones puros, una forma
completamente diferente de estar vivos.
Las bienaventuranzas no son un precepto más o un nuevo
mandamiento, sino la buena noticia de que Dios regala alegría a quien produce
amor, que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hará
cargo de su felicidad.
Vuestro es el Reino: el Reino es de los pobres porque
el Rey se ha hecho pobre. La
tierra es de los mansos porque el poderoso se ha hecho manso y humilde. A esta
tierra, empapada de sangre (la sangre de tu hermano clama a mí desde la
tierra), planeta de tumbas, ¿quién le regala un futuro? ¿Quién está más
armado, es más fuerte, más despiadado? ¿O no es más bien el pacificador, el no
violento, el misericordioso, el que cuida?
La segunda dice: Bienaventurados los que lloran. La bienaventuranza más paradójica: lágrimas y
felicidad mezcladas, pero no porque Dios ame el dolor, sino porque en el
dolor Él está contigo. Un ángel misterioso anuncia a todo el que llora:
el
Señor está contigo. Dios está contigo, en el reflejo más
profundo de tus lágrimas para multiplicar tu valor; en cada tormenta
está a tu lado, fuerza de tu fuerza, dique de tus miedos.
Como para los discípulos sorprendidos por la tormenta
en el lago durante la noche, Él está ahí en la fuerza de los remeros que no se
rinden, en los brazos firmes sobre el timón, en los ojos del vigía que buscan
el amanecer.
Jesús anuncia un Dios que no es imparcial, que tiene
las manos enredadas en la espesura de la vida, que tiene debilidad por los
débiles, que comienza por los últimos de la fila, por los subterráneos de la
historia, que ha elegido a los desechados del mundo para crear con ellos una
historia que no avance por las victorias de los más fuertes, sino por las
siembras de justicia y las cosechas de paz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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