Evita una vida insípida y apagada - San Mateo 5, 13-16 -
Vosotros sois la sal, vosotros sois la luz. Sal que conserva las cosas, mínima eternidad
disuelta en la comida. Luz que acaricia con alegría las cosas, despertando sus
colores y su belleza.
Tú eres luz.
Jesús lo anuncia a mi alma infantil, a esa parte de mí que aún sabe
maravillarse, aún sabe encenderse. Tú eres sal, no para ti mismo, sino
para la tierra. El asunto es serio, porque ser sal y luz del mundo significa que de la
buena suerte de mi aventura, humana y espiritual, depende la calidad del resto
del mundo.
¿Cómo vivir
esta seria responsabilidad, que es de todos? Menos palabras y más gestos.
Que el profeta Isaías enumera: «Partid vuestro pan»,
verbo seco, concreto, eficaz. «Partid vuestro pan», y luego todo es
una sucesión de otros gestos: «Acoged en vuestra casa, vestid al desnudo,
no apartéis los ojos. Entonces tu luz surgirá como la aurora, tu herida se
curará rápidamente».
Y sientes la impaciencia de Dios, la impaciencia de
Adán, y de la aurora que surge y del hambre que clama; la urgencia del cuerpo
del hombre que tiene dolor y heridas, que tiene prisa por el pan y la salud. La
luz viene a través de mi pan cuando se convierte en nuestro pan, compartido y
no posesión celosa.
El gesto del pan viene primero: porque en la tierra
hay criaturas que tienen tanta hambre que para ellas Dios solo puede tener la
forma de un pan.
Cura a otros y tu herida sanará, cuida de alguien y
Dios cuidará de ti; produce amor y Él vendará tu corazón cuando esté herido.
Ilumina a los demás y te iluminarás, porque quien solo se mira a sí mismo nunca
se ilumina.
Quien no busca, aunque sea a tientas, ese rostro que
pide ayuda desde la oscuridad, nunca se iluminará. Es de la noche compartida de
donde surge el sol de todos. Si me encierro en mi yo, aunque esté adornado con
todas las virtudes, rico en sal y luz, y no participe en la existencia de los
demás, si no me abro a los demás, puedo estar libre de pecados y, sin embargo,
vivir en una situación de pecado.
Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se podrá
salar? Conocemos bien el riesgo de hundirnos en una vida insípida y apagada. Y eso ocurre cuando no comunico amor a quienes me
encuentran, no soy generoso conmigo mismo, no sé amar: no estamos llamados a
hacer el bien, sino a amar.
Primer compromiso vital. Soy una luz apagada cuando no
destaco la belleza y la bondad de los demás, sino que me embriago con sus
defectos: entonces estoy apagando la llama de las cosas, soy un címbalo
que retiñe (San Pablo), un trombón de hojalata.
O cuando amo tres verbos oscuros: tomar, subir,
mandar; en lugar de seguir los tres de la sal y la luz: dar, bajar, servir.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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