domingo, 25 de enero de 2026

La Belleza de las Bienaventuranzas.

La Belleza de las Bienaventuranzas

Seguramente porque desde la montaña el aire es más limpio y parece que caminas por el cielo.

O quizás porque desde lo alto la vista se amplía y así resulta natural contemplar la tierra con asombro y meditarla con los ojos de contemplación.

 

Tal vez porque la multitud necesita a alguien que le recuerde la posibilidad de experimentar a Dios también en las montañas contemporáneas, como lo hicieron los patriarcas y los profetas.

 

Quizás porque la naturaleza de un discípulo se revela en el valor de acercarse al Maestro.

 

Quizás porque Jesús necesitaba un espacio intermedio, entre la Tierra y el Cielo, porque ya veía el riesgo inevitable de cristianismos incapaces de eternidad o, por el contrario, olvidados de humanidad.

 

Quizás por todas estas razones juntas o por otras aún ocultas entre los pliegues de lecturas exegéticas más conscientes que la mía.

 

Aquel lugar era un pedazo de universo bendecido por la gracia de ser especialmente habitable, un lugar que era un hogar, un lugar que no se olvidaría nunca, y además ese día había una luz que le conmovía por dentro a Jesús y le hacía sentir, incluso antes de pronunciar la primera palabra, que esa Belleza no podía terminar ahí.


Seguramente Jesús no había preparado el discurso de antemano, lo encontró allí, lo reconoció, lo recogió, lo compartió: las bienaventuranzas.

 

En aquel lugar se dejó invadir por aquella belleza hasta el punto de cantar el perfil de un ser humano tan bello que es infinito, como la Belleza y el Amor. Parientes cercanos de lo que será la Resurrección.

 

Y así es la Belleza, que nos da el valor de pedir un corazón pobre, mendigo, hambriento, por lo tanto expuesto y vulnerable.

 

Y ojos que saben llorar, porque cada lágrima es ya una oración, porque ese exceso de amor que surca las mejillas transformando los ojos en manantiales vale más que todas las palabras juntas.

 

Se necesita mucha Belleza para tener el valor de cantar la mansedumbre sin sentir que se traiciona la justicia.

 

Se necesita poder respirar el silencio para sentir que en esa ausencia de pretensiones está la única manera de dejarse alcanzar por el sutil aliento de la vida.

 

En aquel escenario excepcional, pedazo de mundo elegido por Jesús, el Maestro nos enseña su forma de habitar la historia y el mundo, y nos regala una página conmovedora e inigualable por su valentía y su verdad poética.

 

En ese momento, Jesús estaba experimentando que el Padre no se olvida ni siquiera de un gorrión, ni de una hormiga, ni de una nube, porque lo más injusto es no salvar la Belleza de todas y cada una de las Bienaventuranza.

 

Entre la tierra y el cielo, porque allí era imposible no sentir que la existencia canta de Amor por el Ausente-Presente en todas las cosas.

 

Y entonces puedes decir, sin miedo, que la misericordia es un don y una tarea casi natural cuando amas cada átomo de la creación.

 

E incluso puedes llegar a tener misericordia y sentir el corazón puro, verdaderamente puro, lo que no significa inmaculado o sin pecado, sino vivo, honesto, feliz de ser lo que es, un corazón capaz de ser corazón.


Todo aquello no podía suceder sino allí, en aquel pedazo de mundo que estaba eligiendo la belleza de estar en el mundo.

 

Y así, incluso construir la paz ya no es una utopía que hay que conquistar con sacrificios, sino simplemente la vida que hay que dejar fluir, con asombro, como meditar ante la boca de un manantial.

 

Y entonces se puede aceptar perfectamente ser perseguido por ello, pero solo porque si te acercas a la esencia de lo Verdadero, al corazón palpitante de todas las cosas, no hay forma de querer volver atrás.

 

En aquella montaña se estaba bien y se habría querido quedarse para siempre. He aquí que, para siempre, la Belleza parece incapaz de vivir si no da a luz deseos de eternidad.

 

Y entonces se podían soportar perfectamente las propias dudas y esa falta de imaginación que reduce todo a lo que se posee, a lo que se controla, porque no soportamos esa falta de confianza en la vida que nos persigue y nos agobia.

 

El secreto es luchar contra el tiempo, no permitir que nos haga olvidar, encontrar el truco para meditar tan profundamente que volvamos a estar presentes en esa montaña cada día, cada instante.

 

Y respirar tanta belleza que logremos transfigurar la otra montaña, el Calvario, hasta transformar a un centurión en discípulo solo porque se ha acercado más.

 

Y amar tanto la vida que incluso podamos hacer el amor con la muerte y ver que tampoco el sepulcro no es el destino definitivo… porque se deja atravesar por la Vida.

 

Y experimentar que el Bienaventurado… vive.


Y si al morir todavía tengo los ojos húmedos de compasión,

 

y si me he vestido de asombro,

y si estoy tan magníficamente solo como para reconocer al consolador,

y si finalmente soy tan fuerte como para habitar la humildad,

y si cada espina es besada por mí como un regalo,

y si el amor es mi única justicia,

y si finalmente he sabido sumergirme en la misericordia,

y si he dejado el corazón indefenso expuesto al viento del amor para que lo masacre de heridas hasta hacerlo finalmente puro,

y si la paz ha reducido definitivamente mis miedos a escombros,

y si dejo al hermano el derecho a ser servido por mí a sus pies,

y si el prójimo de cada vereda ha sido mi señor,

y si renuncio a tener razón para dejar que la compasión perfile a su medida mi corazón,

y si sé morir en la alegría arropado sin nada más que el amor,

y si he sabido ser tan profético como la mansedumbre y la ternura,

y si…

 

yo también habré sido bienaventurado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La Belleza de las Bienaventuranzas.

La Belleza de las Bienaventuranzas Seguramente porque desde la montaña el aire es más limpio y parece que caminas por el cielo. O quizás p...