domingo, 11 de enero de 2026

Mis apuntes de espiritualidad para el cotidiano.

Mis apuntes de espiritualidad para el cotidiano

Le hemos visto niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, hambriento, salvado de un rey infanticida. Ante un niño que sonríe, que llora, que gime, aún se puede sentir ternura, aún se puede sentir amor, aún se puede conmover. Pero no era suficiente: aún era demasiado poco. 

El Señor quería el último lugar. «No consideró un tesoro celoso su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, asumiendo la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres» (Filipenses 2,6-7). 

Así, como un hombre cualquiera, penitente, le encontramos en la fila, a orillas del Jordán, mezclado entre publicanos, prostitutas, adúlteros, asesinos, ladrones, estafadores, …, pecadores de aquella “massa damnata” de la que hablaba San Agustín. 

Era un penitente cualquiera, entre otros penitentes con los ojos bajos, la cabeza inclinada por la vergüenza y la incomodidad, haciendo fila, esperando turno, …, para ser bautizado por Juan. Había descendido aún más bajo. Ante el niño uno podía conmoverse; ante un penitente ni siquiera eso: «como uno ante quien se cubre el rostro» (Is 53,3). 

El Señor ocupó el último lugar de tal manera que nadie podría quitárselo. Y, como el amor es imitación, y el discipulado es seguimiento, desde entonces los cristianos no deberían hacer más que buscar el último lugar, tan último que nadie pueda quitárselo: «cuando seas invitado, ve y siéntate en el último puesto» (Lc 14,10). 

Hay una razón por la que Él elige el último lugar, el más bajo. Es para que no haya nadie más abajo que Él, nadie que quede fuera de su abrazo, que parte desde abajo y quiere asumir, recoger, todo en sí mismo. 

Y es que solo partiendo desde lo más profundo que hay, Él puede estar seguro de tomar todo y llevarlo todo a la luz, a una nueva vida. «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!», exclama el Bautista en el relato de Juan (1,29). «Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que en él fuésemos hechos justicia de Dios» (2 Cor 5,21). 

«Lo hizo pecado por nosotros»: Él, que no tenía culpa alguna, se puso allí, en fila, entre mil pecadores anónimos, como penitente público. 

«Conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3,15), y esta es la justicia de Dios: descender tan bajo, tan abajo, sin dignidad, sin respeto por sí mismo, con tal de abrazarlo todo, con tal de asumirlo todo, tomando sobre sí todo nuestro pecado y liberándonos a nosotros, que éramos los únicos culpables. 

El Bautista por un momento no lo entiende, pero esa justicia que se estaba cumpliendo a orillas del Jordán era solo una imagen de la que se cumpliría unos años más tarde, cuando todo se hubiera cumplido realmente y no quedara rastro de nuestro pecado, porque el documento de nuestra condena, escrito contra nosotros, habría sido clavado en la cruz (cf. Col 2,14). «Él fue traspasado por nuestros delitos, aplastado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la salvación recayó sobre él; por sus heridas fuimos sanados» (Is 53,5). 

«Amigos, aprended de mí, y ocupad el último lugar, ese que nadie podrá quitaros jamás» nos diría Jesús. «Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos» (Mt 20,16). 

El misterio de Jesús es uno solo; su acto es único: es siempre su humillación, su vaciamiento, kènosis, su divino abajamiento condescendiente, samaritano y solidario. Toda su vida no es más que esto, desde Belén, pasando por el Jordán, hasta el Gólgota y su sepulcro. 

Descender como la semilla en la tierra (cf. Jn 12,24). Y siempre, desde el fondo al que cae, Él nos saca con Él en su impulso de amor poderoso, unidos indisolublemente a Él: ¿quién nos separará del amor y de la vida? 

Cuando uno se baja de su respectivo trono, descendiendo hasta el polvo y abajándose hasta el último puesto, también sobre nosotros se abren de nuevo los cielos, y para cada uno de nosotros se oye aún una voz que dice: «Este es mi hijo, el amado: en él tengo puesta mi complacencia» (Mt 3,17). 

¡Despertad, vosotros que os quedáis en los límites de lo conocido y de lo tranquilizador! 

El tiempo de la espera ha terminado. 

Ya no basta con medir los límites del Templo, ni quedarse temerosos en el umbral de la casa, escudriñando el horizonte sin atreverse a dar un paso. 

La invitación no es a trazar nuevos mapas de los territorios ya explorados del dogma, sino a zarpar hacia lo desconocido, donde el aire es puro y el Misterio respira sin restricciones. 

Es una necesidad que nace desde lo más profundo, un fuego que quema la prudencia: quien está en camino, quien ha permitido que la luz de su conciencia se abra paso, siente la urgente necesidad de irse a otra parte. 

No, no es una huida de lo sagrado, sino una huida de los muros asfixiantes, de las definiciones que aprisionan lo inefable, de las certezas doctrinales que saben a rancio. 

La fe del mañana no se hará en aulas cerradas, sino en el desierto del alma y en el océano de lo desconocido. 

Será una fe de rodillas, ni en el monte Gerizim ni en Jerusalén, … Tampoco en la Iglesia. Sino en espíritu y en verdad. 

Será una fe que no busca agarrar el Misterio con los dedos de la lógica, sino que se deja agarrar por el Más Allá. 

Abandonad los instrumentos de medida, porque lo Altísimo no se mide. 

Dejad las definiciones canónicas, dogmáticas, morales… porque el Misterio no se define. 

¡Cruzad el umbral! 

Allí encontraréis el verdadero aire puro que necesita el espíritu. 

Allí la fe deja de ser un ejercicio intelectual, una práctica devota y piadosa, una obra ética para convertirse en una experiencia mística, una inmersión en el Misterio que no teme al silencio ni a la oscuridad, porque sabe que es precisamente en el no saber donde comienza el verdadero conocimiento. 

Sed atrevidos… imaginad… soñad… 

Levantaos… Vamos a las otras orillas… Venid conmigo más allá… 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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