Atreverse con Dios - San Mateo 4, 1-11 -
Bajad el volumen de vuestros pensamientos.
Desactivad las notificaciones de las mil cosas que tenéis que hacer.
Intentad por un día no leer los periódicos ni navegar por las noticias en los sitios web o, incluso, intentad apagar el teléfono (esto es demasiado, lo siento).
Y callad.
No tengáis miedo del silencio. Es una bendición, un maná, un regalo, una ayuda.
Al principio, desacostumbrados como estamos, solo oiréis vuestros pensamientos gritando. Incluso os darán miedo. Pero luego también se cansarán. Se calmarán. Y en el silencio, en el beneficioso silencio, comprenderéis una cosa sencilla.
Y lograréis desenmascarar el engaño.
Una vida no es feliz porque las cosas vayan bien.
Sino porque tienen sentido. Un sentido. Es decir, una dirección, una orientación, un lugar al que ir.
Entonces, tal vez, comprenderéis lo más hermoso del mundo.
Si existe un sentido en la vida de cada uno de nosotros, y existe, está en el corazón de Dios.
El Dios de Jesús.
Descubrirse (vivir como) amados.
Dejar que nuestra alma nos alcance, a nosotros, que siempre estamos huyendo.
Para eso sirve la Cuaresma: para ver si vamos en la dirección correcta.
O si otros eligen por nosotros.
Si estamos haciendo de víctimas. O, finalmente, nos estamos convirtiendo en Hijos.
Bienvenidos al desierto, por fin.
Edén
Porque estamos hechos a imagen de Dios, somos potencialmente obras maestras.
Santos como Él es Santo.
Libres como Él es Libre.
Amantes como Él ama.
Llevamos ese sello en el corazón. Lo llevamos como una nostalgia infinita, escondido en algún recoveco de nuestra conciencia, de nuestro inconsciente.
Esa chispa del alma que late, si la escuchamos, nos dice: vuelve a la fuente.
Adán y Eva, nuestros progenitores, en lugar de escuchar
la voz, hacen caso a la serpiente.
Seréis como Dios.
Lo curioso es que es cierto. Pero ellos, como nosotros, no quieren descubrir, buscar, excavar, crecer, florecer. Creen que lo conseguirán tomando un atajo. Bebiendo una poción. Haciendo magia. Sin el esfuerzo de buscar, sin la aventura de escuchar en silencio, sin cuestionarse y cambiar, elegir, optar.
Y así, el conocimiento se enreda.
No tenemos estómago para acoger la inmensa complejidad del ser. Escuchamos mil voces, mil serpientes, mil promesas.
Nos cuesta elegir. Discernir.
Un paraíso perdido.
Entonces…
El paraíso reencontrado
Entonces… Dios decide venir él mismo a indicarnos de nuevo el camino. Él sale del Edén para venir a buscarnos. Viene al desierto en el que habitamos habitualmente. Que nos habita. Un desierto caótico y contaminado, conflictivo y agresivo. Lo habita para indicarnos el camino.
Las tentaciones que inauguran el tiempo de Cuaresma no son más que la síntesis de las elecciones que Jesús, a lo largo de toda su vida, como nosotros, tuvo que afrontar.
Indicándonos un método.
San Mateo resume en tres grandes temas las tentaciones y las decisiones que todo discípulo está llamado a tomar en su vida.
La tentación del pan, la de dejar que las preocupaciones cotidianas, las angustias, ocupen todo nuestro tiempo y nuestra vida. Y cosas como el trabajo, la hipoteca, la casa, la fama, los «me gusta», que de objetos se convierten en ídolos y nos quitan el sueño.
Estamos llamados a ser realistas, pero recordando que primero debemos buscar el Reino y todo lo demás nos será dado por añadidura.
La tentación de un mesianismo efectista, arrollador, la fe en un Dios intervencionista, que hace milagros, que sorprende, que deslumbra. Tan buscado, por desgracia, también por muchos de nosotros que buscamos al Dios de los prodigios sin ver al Dios encarnado de las pequeñas cosas.
La tentación del compromiso con el poder, con cualquier poder.
El término medio como práctica para diluir el Evangelio, para hacerlo inofensivo, para hundirlo.
El Evangelio como sal insípida, como luz oculta, como sistema adquirido, como costumbre que hay que defender.
Un Evangelio horriblemente inútil.
Diabolos
Y es hábil, el diabolos, siempre tan razonable…
Cita la Palabra, que conoce mejor que nosotros, propone a Jesús cosas razonables, plausibles, hasta de sentido común.
Ciertamente: cuidar de su propio cuerpo, sorprender a la gente con milagros, hacer algunos acuerdos con los poderosos, religiosos y políticos de la época, habría tenido un efecto mayor que ese fuego de paja que fue su vida pública.
Jesús eligió. No tiene la Palabra en los labios, sino en el corazón y en los gestos, en las manos y en la mirada.
El suyo será un mesianismo libre de compromisos, que vuela alto, que entra en el corazón y en el alma.
Alternativo. Contracorriente.
Cuarenta días
Israel, en el desierto, aprendió a convertirse en pueblo.
Liberado, pero aún no libre, experimentó sus propios límites a partir del desierto.
Jesús, impulsado por el Espíritu, utilizó ese tiempo para
decidir qué tipo de Mesías quería ser.
Nosotros, ahora, aquí, para ver en qué hombres y mujeres nos hemos convertido.
Y en qué podríamos convertirnos, si tan solo nos atreviéramos con Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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