¡Arriba esos sueños!
Respecto a la primera elección de Donald Trump, el Papa Francisco, con su manera franca de hablar, dijo allá por el 2016: «No juzgo a las personas ni a los políticos, sólo quiero entender qué sufrimiento causa su modo de proceder a los pobres y a los excluidos». Confirmando así su decisión de no interferir en las decisiones políticas de los gobiernos laicos debidamente elegidos, sino de seguir defendiendo con determinación a los pobres y excluidos.
Inmigrantes, prisioneros, víctimas de trata, personas sin hogar...y un larguísimo y variopinto etcétera. La misericordia no es un hecho íntimo, que cada uno vive dentro de sí mismo en un camino personal que, a través del perdón, le hace sentirse mejor. En todo caso, la misericordia es algo que cambia vidas y también cambia estructuras, porque se expresa en una serie de palabras -inclusión, solidaridad, dignidad, liberación, justicia- que piden conversión, pero también pensamiento y acción. Y, en última instancia, opciones políticas.
“La misericordia es esa forma de actuar, ese estilo, con el que intentamos incluir a los demás en nuestra vida, evitando cerrarnos en nuestras certezas egoístas”. Los demás son personas a las que hay que amar como Dios les ama, sin exclusiones, sin discriminaciones.
La conversión del corazón debe, por tanto, convertirse en un estilo de vida, caracterizado por la hospitalidad, sabiendo que acoger a los excluidos no es fácil, implica hacerles un lugar en una vida -en muchas vidas de una sociedad- que se organiza según modelos que excluir.
Precisamente por eso la misericordia es más que un estilo de vida. Don Helder Camara dijo: “Si doy de comer a los pobres, me llaman santo. Si pregunto por qué los pobres no tienen comida, me llaman comunista”.
Los pobres son pobres porque vivimos en un mundo que da primacía al dinero, no al hombre. ¿Quién gobierna? El dinero. ¿Cómo gobierna? Con el látigo del miedo, de la desigualdad, de la violencia económica, social, cultural y militar que genera cada vez más violencia en una espiral descendente, que parece no tener fin. ¡Cuánto dolor y cuánto miedo!
Es en el miedo que el dinero y quienes lo sirven basan su poder, y es gracias al miedo que construyen muros, difunden la intolerancia y cultivan la ira.
Es el miedo que se deriva del empobrecimiento y la precariedad a los que nos condena una sociedad demasiado individualista y demasiado competitiva, pero que se ha trasladado a hombres, mujeres y niños, que son tantas y más víctimas que ellos. Aquellos que tenían miedo de ser descartados por la sociedad se desquitan con aquellos que ya han sido descartados. Pero el problema no son los refugiados ni los inmigrantes, sino nuestro modelo de desarrollo.
Este sistema atrofiado es capaz de proporcionar unas “prótesis” cosméticas que no son verdadero desarrollo: crecimiento económico, progreso tecnológico, mayor “eficiencia” para producir cosas que se compran, se usan y se tiran, incorporándonos a todos en una dinámica vertiginosa de residuos... Pero este mundo no permite el desarrollo del ser humano en su totalidad, el desarrollo que no se reduce al consumo, que no se reduce al bienestar de unos pocos, que incluye a todos los pueblos y personas en la plenitud de su dignidad, disfrutando fraternalmente de las maravillas de la creación. Éste es el desarrollo que necesitamos: humano, integral, respetuoso de la creación, de esta casa común.
Debemos volver a la política, la política que Pablo VI definió como "la forma más alta de caridad", sabiendo que "hasta que los problemas de los pobres no se resuelvan radicalmente, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y a la especulación financiera, y ataquemos las causas estructurales de la desigualdad, no se resolverán los problemas del mundo y, en última instancia, ningún problema. La desigualdad es la raíz de los males sociales" (Evangelii Gaudium, 202).
¡No dejemos de soñar! Necesitamos sueños y la capacidad de transformarlos en proyectos que ayuden a superar la inequidad. Si nuestras comunidades asumen este desafío, la Iglesia volverá a ser una presencia profética en la sociedad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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