Contemplar el amanecer más allá del ocaso
¿Y qué Iglesia, qué Vida Religiosa,…, vendrán?
¿Nos hemos vuelto infecundos? ¿Ha dejado de ser vital la Iglesia? ¿Ya no somos capaces de generar cristianos en nuestras «tierras del bienestar»? ¿Es la esterilidad uno de los signos de los tiempos de la Vida Religiosa en nuestro occidente europeo?
Las «tierras de la opulencia», Occidente, han archivado la pobreza como destino inexorable y la «edad adulta» como responsabilidad de la prole. Nuestros contemporáneos no tienen ninguna intención de hacerse adultos, de crecer y poner su existencia a disposición de un proyecto que no coincida con la exaltación y el mantenimiento del propio bienestar.
Incluso las clases más religiosas del pasado, los jóvenes y las mujeres, se han despedido o lo van haciendo. El cristianismo doméstico, ese conjunto de prácticas, valores y tradiciones que fundamentaron el primer y fundamental anuncio cristiano se está desmoronando… si es que ya no ha fenecido. Un cambio de enormes proporciones que destina al archivo o al museo aquel cristianismo que se había configurado como religión de consolación, de iluminación, de viático... (hacia) un premio celestial de goce infinito. La Vida Religiosa ha dejado de ser atracción y modelo de estado de una deseada perfección. Toda aquella extraordinaria y eficaz experiencia de fe queda relegada al pasado.
Un nuevo estilo de intercesión va apareciendo y se impone: el creyente está llamado a acompañar a sus compañeros de viaje entre el embotamiento de la eterna juventud y la ilusión de volver al pasado. El itinerario de este viaje nos pide que nos tomemos en serio las referencias de la conciencia contemporánea: la libertad, el goce, el poder de la autonomía.
No, no pretende ser un juicio altivo. Pero tampoco pretendo una adaptación inconsciente ni ingenua. A las «grandes narraciones» le han sucedido las pequeñas historias y las tristes pasiones de cada individuo y su libertad de ser libre. El goce ya no es la reserva de los dioses olímpicos o del paraíso que espera a quienes han aceptado pacientemente permanecer en un valle de lágrimas. El goce está al alcance de la mano, está al alcance de todos.
Una ola recogida y alimentada por el sistema capitalista avanzado que alimenta el deseo sin agotarlo y reduce al ciudadano a consumidor. El embrutecimiento de una potencia vital desconocida para las generaciones que nos precedieron connota nuestro tiempo como una explosión de potencia vital. La especie humana ha dado un salto: ha pasado de poder hacer sólo lo que se podía hacer, a hacer todo lo que se puede hacer, y hoy no hay casi nada que no se pueda hacer.
La nuestra es una nueva cultura que vacía los rituales y atrofia los dogmas, y que se destina a la «egolatría», marchita las relaciones y carece del goce que promete repetidamente. Es hora de reabrir hoy la cuestión decisiva de lo humano: la cuestión de su destino. ¿Dónde encuentra nuestra vida su razón de ser y su punto de realización? ¿Existen esa razón de ser y ese punto de realización?
Más que una denuncia es una observación. En realidad, la historia del cristianismo ha conocido otras estaciones similares: cuando el relato testimonial de Jesús se convirtió en un cuádruple Evangelio, cuando la fe remodeló la herencia cultural helenística, cuando el drama de la peste negra vació Europa e impuso el tema de la muerte y el morir, cuando… Un largo y variopinta etcétera de cuándos…
¿Dónde volver a empezar? Creyendo que Dios habita nuestra historia y nos precede en el camino, la Iglesia está llamada a ser el lugar de encuentro con el Jesús del Evangelio y del Reino y a recibir de él el acceso a la verdad sobre Dios y el hombre, esa verdad custodiada por la palabra Amor. Anunciar a Jesús exige la purificación de la conversión y el cultivo de la Palabra. Un paso importante será el de enseñar a rezar de nuevo. La experiencia de la oración. Recoger las formas inmediatas de adoración, de contemplación, de silencio, de invocación, de…, atravesar los territorios complejos del diálogo con el Otro.
Una pregunta del Cardenal Martini en su última entrevista vuelve con insistente provocación: «La Iglesia lleva 200 años de retraso. ¿Por qué no se sacude? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valentía? En cualquier caso, la fe es el fundamento de la Iglesia. Fe, confianza, coraje. Soy viejo y estoy enfermo y dependo de la ayuda de los demás. La gente buena que me rodea me hace sentir amor. Este amor es más fuerte que el sentimiento de desconfianza que a veces siento hacia la Iglesia en Europa. Sólo el amor supera el cansancio. Dios es Amor».
Algunas palabras que me acompañan desde hace años… Fascinación del Evangelio… Nostalgia del futuro…
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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