miércoles, 8 de enero de 2025

Fin de una etapa de la Iglesia, de la Vida Religiosa,…

Fin de una etapa de la Iglesia, de la Vida Religiosa,… 

La vida no mejora por casualidad, mejora por el cambio. 

Hoy, quizá o seguramente ya desde ayer -previsiblemente es de suponer que también mañana-, nos encontramos al final de una época, al menos en el occidente europeo, de la historia de la Iglesia en general y de la Vida Religiosa en particular, corriendo un gran riesgo de naufragio. 

Tal vez sea útil recordar que en la historia se encuentran las tribulaciones del nacimiento, del crecimiento, de la mayoría de edad, del decrecimiento, y de la muerte. Y siempre ha habido debate y disputas sobre el rumbo correcto a seguir. El cristianismo (Iglesia, Vida Religiosa,…) sufre y pasa por este proceso en algunas ocasiones. 

La Iglesia está ahí porque el Jesús terrenal, tangible, ya no está, se ha retirado, se ha ausentado físicamente. En los discursos de despedida, y en las apariciones pascuales, se percibe claramente esta ambivalencia. La Iglesia no es una prolongación histórica de la encarnación del Hijo de Dios, pero le debemos la recepción de su don espiritual, la fuerza de su inspiración, el plus de su intuición. 

Somos herederos del Espíritu, absueltos, liberados, expuestos,... Así pues, Europa no está solamente enraizada en el cristianismo, sino que, como herederos libres, hoy (y mañana) debemos y podemos recibir esta herencia, encarnarla y, al mismo tiempo, transformarla, acuñarla de otro modo. 

Hay algo etéreo, incomprensible, un cambio hacia otra forma de relacionarse con los orígenes. No es casualidad que San Pablo, que no conoció al Jesús terrenal, sea el primer teólogo del cristianismo naciente. San Pablo, mucho antes que los Evangelios, escribió su gramática y narrativa de la fe cristiana. 

También, es bueno recordarlo, el cristianismo vivió un proceso de separación que concierne a la relación con el judaísmo. Y, lo recordamos, lo hizo de manera incluso dramática. ¿Qué hacer con esta herencia, percibida como una carga y que, sin embargo, pertenece a la historia de la alianza con Dios? ¿Cómo relacionarse con ella? En un largo proceso sinodal, paso a paso, se decidió que la Iglesia no debía seguir siendo una secta judía reformista, sino convertirse en algo nuevo. 

No todo cambio implica una mejora pero toda mejora sí trae un cambio. 

Otra religión vio la luz, un nacimiento, también una tragedia, que acompañará a la historia. De nuevo, San Pablo, lo ha formulado magistralmente, de modo teológico y existencial, en su Carta a los Romanos 9-11. 

Así como el comienzo fue algo poderosamente capaz de cambiar y, al mismo tiempo, frágil, también lo ha sido hasta ahora y en nuestros días: una segunda vía de nacimiento y relativización. En los dos últimos siglos -XIX y XX- la Iglesia ha reflexionado sobre su carácter infalible, de misterio, de sacramento, de Cuerpo de Cristo, de Pueblo de Dios, colegial, jerárquica… En el presente siglo lo hace como Iglesia peregrina en la esperanza, sinodal,… 

La Iglesia no es el Reino de Dios, sino que es juzgada por Él, debe cumplir su propia plenitud: como realidad celestial -sin templo, sacerdotes, misterios doctrinales, verdades dogmáticas…-. 

Al principio y al final de la historia de la Iglesia se ha producido y se producirá una ruptura, y en cada etapa, debe y deberá afrontarla de manera diferente. Así también hoy. 

En nuestras latitudes occidentales europeas muchas formas de Iglesia están agonizando e, incluso, muriendo: la Iglesia de Estado y de poder constantiniano, o de la índole de cristiandad, la Iglesia jurídica romana y vaticana, la Iglesia canónica-sacro-jerárquica, la Iglesia confesional, la Iglesia burguesa… 

Está por ver si el dolor de muerte sea el nacimiento de un estilo diferente. 

¿Nacerá una Iglesia más pobre, más cercana al sufrimiento, expuesta (así marcada con el símbolo del cordero degollado, que ha quedado obsoleto para nosotros, pero que está omnipresente en los textos pascuales)? 

¿Nacerá una Iglesia sintonizada con el Espíritu, a favor del ser humano democrático y laico, en la que el Dios Trino encuentre su alegría, en la que pueda hacerse presente y reflejarse de un modo diferente, más libre, más fresco, más espontáneo? 

Aún no sabemos cómo podrá ser institucionalmente esta Iglesia, esta Vida Religiosa,... Esta es nuestra común indigencia. Pero ésta es también la promesa que nos viene de la historia. 

Porque siempre hay mucha muerte en el nacimiento, en los comienzos; y a menudo también mucho nacimiento en medio de la muerte. Dios quiera que así sea también en este tiempo de inflexión que recae sobre nuestros hombros. Porque para que una vida alternativa y nueva resucite… hay una vida que debe morir… 

Cuanto más profundo es el cambio, mayores son los resultados. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Posdata: ¿Por qué nos resistimos al cambio?

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