Ecumenismo, o la necesidad de volver al corazón: al Cristo muerto y resucitado
El reto del ecumenismo es casi tan antiguo como el cristianismo, pero a lo largo de la historia ha encontrado resistencias, divisiones y anatemas hasta el punto de provocar guerras que han ensangrentado Europa y más allá.
Las divisiones comenzaron muy pronto. Un camino difícil, siempre cuesta arriba, si tenemos en cuenta que la división en el seno de la Iglesia se produjo ya a principios del siglo IV, cuando se pronunciaron las primeras excomuniones, pero incluso antes, cuando las comunidades judeocristianas fueron abandonadas a su suerte, relegadas al exterior.
¿La situación hoy es mejor? Tras la primavera de las primeras décadas del postconcilio, ¿el movimiento ecuménico no ha encontrado consenso entre las Iglesias, más que el de la circunstancia, la fachada o la propaganda?
Y, sin embargo, está en juego la verdad del cristianismo, porque «Cristo no está dividido» y tampoco deben estarlo los cristianos, que forman un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo: «muchos son los miembros, pero una sola es la cabeza» (1 Cor 12,20). Una unidad, aunque diversa, según los carismas, porque cada uno tiene su función distinta.
Y por otra parte, incluso en la Biblia sólo hay un Dios, pero tan polifacético como los Libros (72) que la componen y las culturas que la sustentan. La propia vida de Jesús se relata en cuatro Evangelios. Luego, en los Escritos del Nuevo Testamento, encontramos el Dios de Pablo, el de Pedro, Santiago y Judas, el de la Carta a los Hebreos y, por último, el del Apocalipsis.
Esta multiplicidad habla de la belleza y de la riqueza inagotable de un Dios que es misterio, siempre más allá, del que ninguna Iglesia puede pretender la exclusividad, el monopolio.
La Iglesia, sea de la denominación que sea, que bebe de la Palabra y no de sí misma, está llamada a ejercer su función crítico-profética en el mundo viviendo en la «ecumene», la casa común, sin encerrarse en un espacio eclesial del «pequeño resto» de los puros, tan querido por los cátaros de todos los tiempos.
Por otra parte, ninguna Iglesia es «societas perfecta», sino que todas están en tensión hacia el Reino de Dios, la plenitud escatológica. La Iglesia pasa. El Reino de Dios es para siempre.
Por eso, la Iglesia está siempre en marcha, «semper reformanda», según los tiempos, las estaciones, los lugares, incesantemente en transformación, necesaria cuando la forma externa y el modo de comunicar son un obstáculo para el contenido, en diálogo con la ciencia, la filosofía, el arte, la política... para glorificar a Dios en el hoy de nuestra humanidad.
La primera reforma cristiana, la fundamental, se debe a Pablo, que sacó el Evangelio de Cristo de uno de los «círculos» del mundo judío del siglo I y lo trasladó al ágora más amplia del mundo griego, presentándolo como una oferta universal más allá de las fronteras religiosas, culturales y sociales: «Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, judíos o griegos, esclavos o libres, y todos hemos sido regados por un mismo Espíritu» (1 Co 12,13).
Incluso hoy, el cristianismo se enfrenta a la necesidad de trascender las fronteras culturales e institucionales en las que se ha encerrado, para cumplir su misión universal.
Es necesario ir a lo «esencial cristiano»: Cristo, el Hijo de Dios, muerto y resucitado.
«Un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza...» (Ef 4 4-6).
¿Las diferentes Iglesias creen realmente en esto? ¿Creen más en sus divisiones milenarias que en su unidad, de modo que se da más importancia al primado de Pedro que al de Cristo?
Daría la sensación de que sí, de que gran parte de la Iglesia sigue cerrada a defenderse y a ocupar espacios de poder y prestigio, más que a servir al Evangelio y a su justicia.
El Papa Francisco en Evangelii gaudium presentaba una Iglesia distinta, que une a todas las confesiones, recorriendo juntos un camino que lleva del conflicto a la comunión, que no es, sin embargo, un mero ejercicio de diplomacia eclesial, sino un camino de gracia que supera la rigidez y orienta hacia un único sentimiento -no uniforme-, a una «cristiandad»: el fuego del amor pascual que trajo Jesús, «y cómo quisiera que ya estuviera encendido» (Lc 12,40).
Una «iglesia en salida», que tiene «parresía», y no miedo a ponerse en juego.
No, por tanto, a una pastoral de autoconservación, a un cristianismo identitario de la tradición, sino a un cristianismo de conversión constante, alegre y ligero, libre de la pesada carga milenaria, para asumir el «yugo dulce y la carga ligera» que es Jesús.
En una palabra, un ecumenismo que también reclama fe, audacia creatividad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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