miércoles, 22 de enero de 2025

Hoy, ahora es el momento de alimentarse de la Escritura: Domingo de la Palabra de Dios.

Hoy, ahora es el momento de alimentarse de la Escritura: Domingo de la Palabra de Dios 

«Estas son las palabras que os hablé cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumplan todas las cosas escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: «Así está escrito: el Cristo padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la penitencia y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. De esto sois testigos» (Lc 24,44-48). 

Con el relato del Evangelio de Lucas del encuentro del Resucitado con los discípulos el Papa Francisco abría la carta apostólica Aperuit illis «Les abrió…» - en la que instituía el Domingo de la Palabra de Dios. El Papa escribía el «III Domingo del Tiempo Ordinario se dedicará a la celebración, reflexión y difusión de la Palabra de Dios». 

Si el camino del Papa partía de la constitución dogmática conciliar sobre la revelación divina (Dei Verbum) y pasaba por las enseñanzas de la exhortación del Papa Benedicto XVI tras el sínodo sobre la Palabra de Dios (Verbum Domini), revelaba un camino que nunca se había completado del todo dentro de la Iglesia católica. 

San Efrén el Sirio († 373), citado por el Papa Francisco, escribió: «¿Quién es capaz de comprender, Señor, toda la riqueza de una sola de tus palabras? Es mucho más lo que se nos escapa de lo que somos capaces de comprender. Somos como el sediento que bebe en una fuente. Tu palabra ofrece muchos aspectos diferentes, como numerosas son las perspectivas de quienes la estudian. El Señor ha coloreado su palabra con diversas bellezas, para que quienes la escrutan contemplen lo que prefieran. Ha escondido en su palabra todos los tesoros, para que cada uno encuentre riquezas en lo que contempla» (Comentarios al Diatessaron, 1, 18). 

Si es verdad, como encontramos en las cartas pastorales de la tradición paulina, que toda la Sagrada Escritura, inspirada por Dios, sirve también para enseñar, convencer, corregir y educar (2 Tim 3,16), es Cristo quien es la palabra definitiva dada a los hombres. 

Además, así lo expresa la carta a los Hebreos: «Dios, que habló muchas veces y de diversos modos en otro tiempo a los padres por medio de los profetas, nos ha hablado en estos últimos tiempos por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Hb 1, 1-2). 

Y añadía el Papa, citando a San Agustín a propósito de la Madre de Dios: «Alguien entre la multitud, particularmente embargado por el entusiasmo, exclamó: “Bendito el vientre que te llevó” (cf. Lc 11, 27). Y Él replicó: 'Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan'. Como si dijera: incluso mi madre, a la que llamáis bienaventurada, lo es precisamente porque guarda la Palabra de Dios, no porque en ella el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros, sino porque guarda la misma Palabra de Dios por la que ella fue hecha, y que en ella se hizo carne» (Sobre el Evangelio de Juan, 10, 3). 

Es la misma dimensión de comunión que se percibe en el Apocalipsis: «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y abre la puerta, vendré a él, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). 

«La jornada dedicada a la Biblia -continuaba el Papa Francisco- no quiere ser 'una vez al año', sino una vez a lo largo del año, porque tenemos urgente necesidad de familiarizarnos e intimar con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes». 

La recepción del Concilio Vaticano II, a pesar de los más de cincuenta años transcurridos desde su conclusión, no ha terminado de dar frutos en la Iglesia, como se desprendía de la Carta Apostólica del Papa Francisco, Aperuit illis, con la que instituía el Domingo de la Palabra de Dios. No era una decisión menor dedicar todo un Domingo a celebrar en torno a la Palabra de Dios. En cierta medida, es algo análogo al Corpus Christi, Solemnidad tan arraigada en el sentir del pueblo cristiano, instituida en 1264 por Urbano IV para acrecentar la devoción a la Eucaristía. El Concilio, de hecho, en la constitución dogmática Dei Verbum recordaba: «La Iglesia ha venerado siempre las Divinas Escrituras como al mismo Cuerpo de Cristo, sin dejar nunca, especialmente en la sagrada Liturgia, de alimentarse con el Pan de Vida de la mesa tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo...». 

Esta conciencia se ha desarrollado con fuerza, sobre todo, después del Concilio Vaticano II, que -como afirma el Papa Francisco- «dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios...». Baste recordar cómo, con la reforma litúrgica, la gente comenzó a escuchar las lecturas bíblicas en su propia lengua. Un gran amante de la Lectio divina decía que a través de esta reforma y de la lengua hablada, el Concilio Vaticano II llegó al Pueblo de Dios. 

El Papa Francisco, al invitar a dedicar un Domingo enteramente a la Palabra de Dios, marcó un punto de partida para su celebración, reflexión y difusión. La fecha está próxima a la semana de oración por la unidad de los cristianos y a la jornada del diálogo judeo-cristiano. La decisión retomaba las numerosas experiencias realizadas tras el Concilio Vaticano II y las relanzaba -como un único camino- hacia el futuro. 

El Papa Francisco pedía compromiso y creatividad en una pasión que hay que compartir: que la Palabra de Dios crezca entre los creyentes y en la Iglesia. Así crece la conciencia de la Iglesia: «La relación entre el Señor resucitado, la comunidad de los creyentes y la Sagrada Escritura es extremadamente vital para nuestra identidad», afirmaba Aperuit illis. Se trata de un crecimiento espiritual y de conciencia, que se produce cuando se lee la Palabra de Dios. La Dei Verbum revivió esta antigua sabiduría: «la comprensión crece, tanto de las cosas como de las palabras transmitidas, tanto por la reflexión y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón, como por la experiencia que da una comprensión más profunda de las cosas espirituales, y por la predicación de aquellos que por sucesión apostólica han recibido un carisma seguro de la verdad». 

Es toda la comunidad eclesial la que asume su papel profético en la comprensión común y en el crecimiento de la Palabra. En el descuido de un aspecto tan crucial radica, tal vez, la razón de la inmadurez espiritual. San Juan Crisóstomo explicaba al predicar a los fieles laicos: «Uno podría decir: no soy monje, pero tengo mujer, hijos y el cuidado de una casa. Esto es lo que lo ha estropeado todo: que pensáis que la lectura de las Escrituras divinas sólo concierne a esos [monjes], cuando vosotros la necesitáis mucho más que ellos». 

Tantas veces quizá, ¿o seguramente?, hasta hemos preferido un cierto infantilismo espiritual o un aprendizaje doctrinal, antes que el contacto vivo con las Escrituras. El Concilio Vaticano II recordaba a San Jerónimo, que decía: «la ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo». El texto del Aperuit illis es un texto bello y profundo, rico en intuiciones. La acogida de este mensaje por parte de las comunidades ha sido animada por una conciencia fundamental que debe ser compartida a lo largo del tiempo: «La Biblia no puede ser patrimonio de unos pocos... Pertenece, ante todo, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra». No pertenece a «determinados círculos o grupos escogidos», porque «la Biblia es el libro del Pueblo de Dios». 

Se trata, pues, de seguir inaugurando y madurando lo que yo llamaría la «connaturalidad» del Pueblo de Dios a la Biblia leyéndola, viviéndola, venerándola, situándola en el centro de la vida y de la comunidad… haciendo de ella el “libro de cabecera” de la fe cristiana. Es un proceso largo -no estamos al principio- que merece compromiso y creatividad, conscientes de que «quien se alimenta cada día de la Palabra de Dios se convierte, como Jesús, en contemporáneo de la gente que encuentra...». 

En la complejidad del mundo contemporáneo, en la intersección de identidades, encuentros y relaciones, no podemos atrincherar tras muros ni, por otro lado, diluirnos en un conformismo que Erich Fromm llamó la 'religión de nuestro tiempo'. Para afrontar la complejidad contemporánea, las mujeres y los hombres creyentes en Jesús estamos llamados a unificar sus corazones en la escucha de la Palabra y a abrirnos a la multiplicidad de encuentros y caminos. Esta es la lección de San Juan Crisóstomo, maestro de la escucha de la Palabra de Dios: «Sed sencillos con inteligencia». 

Algunas veces me pregunto si los cristianos católicos no tenemos un grande problema con la Palabra. ¿No nos haría bien reconocer honestamente que, de hecho, aunque a menudo nos digamos lo contrario, la Palabra de Dios no es la base de nuestra oración, de nuestras iniciativas, de nuestro estar juntos como cristianos, de nuestras opciones cotidianas, de nuestro estilo de vida? 

La fe cristiana es un encuentro, una escucha no una religión. Incluso la Iglesia necesita renovar el asombro de esa escucha hoy y de ese encuentro ahora. De lo contrario, corre el riesgo de parecerse a un hermoso museo del pasado. Y es la Palabra de Dios la que nos sitúa en esta «mística de la escucha» y «mística del encuentro». Digo esto porque, lo confieso, tengo la sensación de que con demasiada frecuencia, incluso hoy, la Palabra de Dios no es la base de la oración cristiana… Y, no digamos, de la experiencia cristiana. 

¿Cómo podemos escuchar y encontrarnos si seguimos confundiendo fe con religión? ¿Si no damos a la Palabra la centralidad que merece? ¿Si nos hemos quedado en ese vago sentimiento religioso que teníamos de niños, con el que a lo sumo podemos hacer cosquillas a nuestra emotividad, pero que desde luego no nos ayuda a crecer? ¿Si las únicas experiencias que tenemos son aquellas en las que consumimos rituales y actos devocionales? 

En la Dei Verbum (18 de noviembre de 1965) los Padres conciliares quisieron precisar en el número 17: «La Palabra de Dios es fuerza divina para la salvación de todo el que cree»; y más adelante en el número 21: «La Iglesia siempre ha venerado las divinas Escrituras como al mismo Cuerpo de Cristo... se ha alimentado con el pan de vida de la mesa tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo». 

Esto da serenidad y amplía el horizonte. Recordar que Dios es fiel y que ahora es el momento de alimentarse de la Palabra que se parte, de nutrirse de su Palabra que es sacramento y que solamente es recibida y hecha carne en la «escucha religiosa». Hoy, ahora es el momento de alimentarse de la Escritura. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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