miércoles, 22 de enero de 2025

Hacia el alba de un cristianismo diferente.

Hacia el alba de un cristianismo diferente 

Uno de los elementos más iluminadores y liberadores del Papa Francisco se refiere a la lectura de la situación de la Iglesia en los tiempos cambiantes del presente. También en este caso, las palabras de Francisco son más eficaces que nunca: 

"Venimos de una pastoral secular, en la que la Iglesia era el único referente de la cultura. Es verdad, es nuestra herencia. Como auténtica Maestra, sentía la responsabilidad de delinear e imponer, no sólo las formas culturales, sino también los valores, y más profundamente de trazar el imaginario personal y colectivo, es decir, los relatos, los goznes en los que se apoyan los hombres para encontrar los significados últimos y las respuestas a sus preguntas vitales. Pero ya no estamos en esa época. Ha pasado. Ya no estamos en la Cristiandad. Hoy ya no somos los únicos que producimos cultura, ni los primeros, ni los 'más escuchados'". 

La expresión "cristiandad" indica, en efecto, el tiempo de una feliz -aunque no inequívoca- alianza entre las instancias del vivir y las del creer: el tiempo en que, apoyándose fuertemente en el horizonte filosófico griego y en la perspectiva institucional y jurídica romana, la Iglesia había logrado hacerse con un control considerable sobre la definición y el mantenimiento de los imaginarios personales y colectivos en el contexto occidental. Era una gran hazaña, ¡era una gran estación! 

El anuncio del Evangelio pudo así encontrar una respuesta casi inmediata en la vida de los individuos y acompañarlos en su búsqueda de los significados últimos y de las cuestiones de sentido de la existencia. Más concretamente de aquellos significados últimos y cuestiones de sentido vinculadas a aquella condición del ser humano anterior al advenimiento del cambio de época, que podríamos resumir en la imagen de hombres y mujeres obligados a vivir en un valle de lágrimas. 

Con el cambio de época, la cristiandad llega a su fin. Los nuevos imaginarios que guían las existencias de los individuos y de las colectividades encuentran su inspiración fundamental en esa transformación de la condición humana que lleva el nombre de bienestar, libertad, placer, goce, y que está cada vez más bajo la tutela del poderoso magisterio del sistema económico-financiero. 

La Iglesia, hoy, ya no es el único punto de referencia para la cultura: obispos, sacerdotes, catequistas ya no son los únicos con palabras convincentes sobre los significados últimos y las cuestiones de sentido del ciudadano medio occidental, ni se encuentran entre los sujetos más escuchados. Y las consecuencias de esta nueva condición del cristianismo, en el ocaso de la cristiandad, son evidentes. Pienso, en particular, en el creciente escepticismo, indiferencia, eclecticismo,…, de las nuevas generaciones. 

Sin embargo, hay que recordar que forma parte de la postura del Papa Francisco un rechazo decidido de toda actitud depresiva y derrotista. El fin de la cristiandad no es el fin del cristianismo. Ni mucho menos. El cristianismo sigue siendo necesario. Pero hay necesidad de un cristianismo distinto, otro, del que tomó forma en el tiempo de la condición humana en un valle de lágrimas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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