sábado, 11 de enero de 2025

La Iglesia probada por la complejidad.

La Iglesia probada por la complejidad 

Las oficinas pastorales de las diócesis dividen la vida en las siguientes dimensiones: catequesis, jóvenes, familias, deporte y tiempo libre, salud, sociedad y trabajo, caridad, inmigrantes, ecumenismo, turismo y peregrinaciones, comunicaciones, escuela, universidad, vocación, liturgia. ,... . Una categorización que hoy estamos llamados a preguntarnos hasta qué punto puede corresponder a la realidad de la vida y, sobre todo, hasta qué punto es eficaz para acompañar a cada mujer y a cada hombre en su camino. 

Las oficinas constituyen una estructura muy pesada en las diócesis, que en España son en su mayoría pequeñas y medianas, con oficinas y tareas sobre el papel, ya que a pesar de tener directores elegidos entre los consagrados, estos ya están ocupados en el territorio o en otros servicios. Es una experiencia frecuente caminar por curias vacías, con oficinas cerradas pero todas claramente marcadas con el nombre del servicio y del director. Y además, ¿por qué deberían estar abiertos por la mañana cuando la vida continúa en otro lugar, o por la tarde hasta las seis de la tarde? ¿Están al servicio exclusivo de los sacerdotes? Los directivos afirman que quieren ayudar al territorio, cuando éste no está presente en las parroquias en horario de oficina. 

Seguimos diciéndonos que esta conformación pastoral nos permite estar presentes en la realidad, pero en realidad esto es muy poco real. Ciertamente nos da una ilusión de control, un control que ya no existe, o si existe, existe sobre esas pequeñas porciones de la población que todavía hoy viven una experiencia de fe confesional... la gran minoría de la población. 

Sin embargo, lo que me interesa analizar aquí es la visión que subyace al modelo actual. 

Categorizar, diferenciar y especializar la pastoral responde a una lógica puramente funcional y operativa. Si divido lo complejo en porciones, entonces tengo la sensación de poder tener más capacidad de intervenir, de configurar mis acciones dándoles concreción. 

Seguimos la lógica de la simplificación, la lógica de la ciencia clásica: causa-efecto, sustancia, necesidad, cosa en sí... que expresa bien la voluntad de poder que el hombre ha impreso en la realidad y luego acaba perdiéndola, dispersándola. Ya no estamos en esa época pero nuestra forma de pensar no ha cambiado. 

La tesis subyacente es clara: vivimos en una era de complejidad y esto requiere que adoptemos un pensamiento complejo. 

La simplificación fue el camino real para realizar el ideal de omnisciencia, constitutivo de la tradición moderna: llegar progresiva y gradualmente a un conocimiento definitivo y en principio completo, que haría el mundo seguro, controlable y predecible. El ideal de omnisciencia, con sus corolarios epistemológicos, desde Descartes en adelante, ha regido el conocimiento y las acciones humanas, y probablemente ha arraigado más profundamente en la dinámica hemisférica de nuestro cerebro, forjando actitudes cognitivas y emocionales de carácter analítico, reforzadas también por la ciencia. pedagogía moderna. Ahora, por el contrario, la complejización del mundo requiere una aptitud para el pensamiento complejo. 

Volviendo a nuestro tema, las curias y sus oficinas representan una visión todavía clásica de la realidad. Complicado no complejo. Dirigido al control, no a la co-presencia y la co-evolución, a determinar opciones con proyectos y planes y no a captar la realidad emergente. 

Sin embargo, las categorizaciones con las que se estructuran las curias no existen en la naturaleza, son sólo el fruto de nuestro pensamiento y su desarrollo en la historia; no son objetos reales. La vida de las personas atraviesa estas categorías, no quedan enredadas en ellas, se extienden de manera no lineal sino radial, ocupándolas de manera variable, tanto una como otra y otra más. ¿Dónde situamos a un joven entre la pastoral juvenil, la pastoral universitaria, la pastoral vocacional, el tiempo libre y el deporte, la salud, el turismo, la caridad, la catequesis, la liturgia,...? 

El modelo adoptado por las curias diocesanas, es un modelo que responde a las necesidades de una sociedad funcional y eficaz. Útil para el Estado, útil para el comercio, útil para las reglas de este mundo occidental... haciendo inofensiva nuestra presencia en el mundo. 

Es el resultado de una mentalidad que no se corresponde con la realidad. 

Al simplificar un sistema complejo terminamos mutilándolo y afectando su inteligibilidad a priori, con el resultado, en un contexto técnico-práctico, de comprometer la definición y solución de los problemas, y por tanto la eficacia de las soluciones. 

Escapamos de la complejidad refugiándonos en la simplificación. Por simplificación no nos referimos a menos oficinas o servicios. De lo contrario. Es precisamente su proliferación la que expresa ese deseo de simplificar el poder, que quiere descomponer la realidad en subelementos para simplificarla y controlarla en nombre de la eficiencia, de la competencia -de una pequeño grupo de expertos y no en nombre del sacerdocio bautismal común-. La complejidad se reduce porque está en el momento presente, la simplificación aumenta porque no se tolera la incertidumbre y lo indeterminado. 

El pensamiento complejo se define como aquel que nos permite afrontar la incertidumbre y preparar estrategias para afrontarla. Conecta, contextualiza, globaliza pero también reconoce lo único, lo individual, lo concreto. Distingue y conecta sin simplificar. El obstáculo para comprender la crisis no reside sólo en nuestra ignorancia: sino también y sobre todo en nuestro conocimiento. 

¿Se puede estar en el mundo sin ser del mundo? Ésta es la vieja pregunta que surge una y otra vez. ¿Qué innovación puede aportar una mirada liberada del funcionalismo? ¿Qué innovación haría que ya no seamos inofensivos sino agentes de transformación de la realidad? 

La división respecto de los tria munera -evangelización, caridad, liturgia- escinde lo que está llamado a estar unido, generando neurosis y sectorialismo. Privar el potencial de la relación triádica reduciendo todo a segmentaciones funcionales. Peor cuando en la curia los oficios se dividen en áreas, creando un nuevo nivel dentro del organigrama y roles de mando. En un mundo complejo logramos complicarnos. Queremos volver a lo esencial volviéndonos más pesados. Buscamos lo esencial multiplicando servicios y presencias, alejándonos de la vida con la ansiedad de perseguirla. Es hasta una actitud esquizoide. 

¿Qué hay de nuevo? Todavía me pregunto. Escaparnos de una visión divisoria, funcional, gerencial, presentista. Cómo volver al ser, a la vida contemplativa, a una nueva mirada del mundo capaz de provocar que el otro lo asuma, lo desplace, lo descentre de su propio yo reflejado, de la máquina que él mismo ha producido. Tomar una forma que no corresponde a las necesidades pero que relanza el sueño subversivo del Reino. 

Una Iglesia misionera no se presenta en una tierra extranjera -como lo es el mundo que hoy está llamada a habitar- equipada con organigramas articulados y programas de servicio predefinidos. Sólo le importa una cosa, como nos invita el camino sinodal: escuchar la vida que pasa a nuestro lado y nos interpela. Como Jesús con los dos de Emaús, con la mujer de la hemorragia, con el sirofenicio, con el ciego de nacimiento, con los leprosos, con los endemoniados... Sin embargo, mientras escuchamos ya estamos afinando el último plan, programa, proyecto,…, desarrollando el último material, folleto, subsidio,… Y tratamos de convencer a ese pobre Cristo de que lo hacemos por su bien, porque sabemos lo que es importante para él. No permitimos que digan 'Necios y tardos de corazón' porque ya nos hemos detenido en la reunión, dispuestos a ocupar más espacio, a robar más tiempo. Pero la vida continúa, no hay lugar para ella en nuestro funcional espacio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Y, sin embargo y a pesar de todo, hay sueño evangélico por el ecumenismo.

Y, sin embargo y a pesar de todo, hay sueño evangélico por el ecumenismo Tal vez no haya que andarse con rodeos.   El clima que nos atenaz...