La mirada de alguien que ama
La forma en que miramos es tan importante que incluso es capaz de influir, al menos en parte, en la persona que miramos. Si miramos con malos ojos transmitimos negatividad. Si, en cambio, nuestra mirada está llena de amor, de luz, de alegría, de paz, inevitablemente nuestro prójimo lo percibirá y se sentirá alcanzado, aun sin saberlo, por la mirada de Dios. ¡Qué gran responsabilidad tenemos! Tenemos que cuidar nuestra mirada y mantenerla clara y transparente, para que se parezca cada vez más a la de Jesús.
Los ojos expresan lo que tenemos en el corazón. En la Escritura encontramos un vínculo singular entre corazón y rostro. El corazón da luminosidad y transparencia a la mirada: la hace sutil, aguda, penetrante y bella. Ilumina el horizonte, ilumina y hace que parezca bello lo que se mira y lo que se mira.
El verdadero diálogo surge de mirar y ser mirado con la implicación del corazón. Si nuestro corazón está lleno de buenos sentimientos y nuestra mente se nutre de buenos pensamientos, esto se puede leer en nuestros ojos.
“Todo lo que es verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Y el Dios de paz estará con vosotros” (Flp 4,8-9b).
Podemos comunicar mucho a través de nuestros ojos. Cuando Pedro, después de haber mentido, diciendo por miedo que no conocía a Jesús, encuentra su mirada llena de amor y de misericordia, ante esos ojos se arrepiente, deshaciéndose en lágrimas (cf. Lc 22,54-62).
Muchos han llamado la atención sobre el poder de la mirada de Jesús, capaz de cambiar para siempre la vida de aquellos sobre quienes se posa.
Comentando el encuentro de Jesús con Mateo el Papa Francisco afirmaba: «En cuanto sintió aquella mirada en su corazón, se levantó y lo siguió». Y señalaba que “la mirada de Jesús nos eleva para siempre; nos lleva hacia arriba”. Nos eleva. Nunca nos deja donde estábamos antes de conocerlo, ni tampoco le quita nada a aquel sobre quien cae. “Él nunca te baja, nunca te humilla, te invita a levantarte”. Y concluía recomendando “dejarnos mirar por Él” (Homilía de Santa Marta, 21.09.2013).
Con nuestra mirada podemos herir o curar una herida. Una mirada puede tranquilizar, desarmar, elevar, pero también hacer lo contrario de todo esto. Cuando contemplamos a Dios cara a cara nuestro rostro brillará como el Suyo. Nuestros ojos, por el reflejo, brillarán como los suyos.
Pero también ahora, si vivimos en esa gracia benevolente de Dios, en comunión con Él, seremos transparencia de Dios. Los ojos brillantes revelan la belleza del alma. Cuando Moisés, después de contemplar a Dios y conversar con Él, descendió del monte Sinaí, el pueblo vio su rostro radiante (Éxodo 34,29).
Hay una belleza que expresa el amor vivido y realizado. Hay ciertos ojos y ciertos rostros que expresan tal belleza, luminosidad, paz y serenidad que remiten inequívocamente al Dador de estos dones: Dios. Incluso cuando la historia ha estado atravesada por pruebas y acontecimientos dolorosos, si estos han sido vividos e integrados en la El misterio pascual de Cristo da lugar a historias con un desenlace feliz.
Pedimos al Señor que nuestra vida sea un reflejo de la suya, que miremos con sus ojos y amemos con su corazón. Servir y entregarnos como Él lo hizo y poder regalar a cualquier persona que encontremos en nuestro camino Su sonrisa, para que quien nos mire, pueda verle a Él.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sì, creo que los ojos, la mirada, son, es, como las ventanas del alma. Reflejan lo que cada alma atesora.
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