miércoles, 22 de enero de 2025

Mantener viva la esperanza.

Mantener viva la esperanza 

Vivimos una época muy extraña: por un lado, el progreso tecnológico está alcanzando metas que antes eran inimaginables; por otro, como en una isla desierta y al margen de la historia, asistimos a muertes silenciosas a causa del hambre, la marginación y la soledad. Parece estar frente a una moneda de dos caras: atractivo y perverso, exasperadamente alegre y desesperadamente infeliz. 

Tengo la impresión de que en esta sociedad de incertidumbre, de carreras sin parar, se vayan perdiendo el equilibrio y el buen gusto, la sabiduría y la previsión, la prudencia y el respeto por la dignidad propia y ajena: uno se vende y vende incluso la vida demasiado fácilmente y para nada en el mercado de las vanidades. Me surge nuevamente la cuestión del “sentido”: la razón de vivir. 

Más allá de los delirios rampantes y de la vulgaridad, es necesario recuperar con más calma un poco de esperanza, que, antes de ser virtud teologal cristiana, es sobre todo confianza en la bondad sustancial de la existencia, de ese "estar aquí" que, cualitativamente bien usado, es un regalo gratuito e irrepetible del que algún día debemos darnos cuenta ante el futuro y nuestros hijos. 

Esperanza significa no matar el sueño libre de un mundo nuevo y mejor que el presente, donde los seres humanos, por fin adultos, puedan espontáneamente tomarse la mano, llamarse por su nombre y caminar como hermanos por los senderos del tiempo. Si algo sigue en pie, es gracias a esas pocas, desconocidas, humildes pero heroicas conciencias que en la discreción de su trabajo mantienen aún viva la luz de la fe en el prójimo y la reverencia por la naturaleza: la verdad está siempre en la sombra. 

Esperanza es actuar a pesar de todo lo que conduce a la inacción, construir y realizar un proyecto de vida que legar a los que vendrán después, imaginar y perseguir un servicio de amor hacia los prisioneros de las barreras del vacío. 

La esperanza implica abrir el corazón a una sonrisa, promover una palabra justa de consuelo, ayudar concretamente a los que están sin salida, partir el pan del compartir con los últimos. 

Es esperanza creer en el otro, luchar pacíficamente para que no se derrumbe una posibilidad de salvación, prever una solución con hechos sin detenerse en su mera enunciación. 

Es esperanza mirar más allá de la cortina del presentismo, descorrer el velo del craso realismo para hacer visible esa zona de invisibilidad, levantar los ojos y la mente en dirección a horizontes donde cielo, mar y tierra se encuentran y se funden en un mosaico que es respuesta a esa eterna e insatisfecha demanda de infinito. 

Es esperanza acariciar con ternura y proteger el presente y el futuro de un niño, no reprimir las creaciones imaginativas de un adolescente, seguir los retos de los jóvenes, captar con un "gracias" las sutiles vibraciones de la estación de los mayores, saborear la paz de regalar algo. 

Esperar es alimentar la tolerancia hacia los que son diferentes, hacer posible lo que se considera imposible, garantizar los derechos de los que carecen de ellos. Esperar es encender un faro en el atardecer del dolor, dar refugio a los refugiados y a los habitantes de los suburbios, escribir una novela para los que viven en la prosa de lo cotidiano. Esperar es bendecir, estar atento, aprender a borrar toda ruina y masacre, quitar la carga de los hombros de los que sufren. 

Este mundo nuestro, si no quiere hundirse en la inhabitabilidad, necesita ser sostenido por la esperanza, por aquellos que, sabiendo ser plenamente ellos mismos, encuentran en ello la palanca para devolver a la tierra la plenitud de su florecimiento. 

La esperanza es la virtud de las almas nobles y fuertes, de los que saben escuchar con atención ansiosa la belleza y la voz del universo, y con valentía, reconectando sus raíces a las de los antiguos padres, confían al viento de la alegría el canto anhelante de cada día. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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