viernes, 10 de enero de 2025

Proceso y experimentación en la Iglesia del presente y del futuro.

Proceso y experimentación en la Iglesia del presente y del futuro 

Si tuviera que encontrar una cualidad que sea más representativa de la Iglesia en la época de Francisco, diría que esta cualidad es la procesualidad. En la última década, las cuestiones procesuales han entrado de manera significativa en el horizonte de la vida eclesial. Basta observar el lenguaje comúnmente utilizado en los documentos oficiales de la Iglesia para encontrarnos con expresiones como "proceso pastoral" donde hasta no hace mucho habríamos hablado de "plan" o "proyecto pastoral". 

Del mismo modo, con cierta naturalidad, hablamos de "procesos de discernimiento" comunitarios. De hecho, el discernimiento ya no es sólo una práctica de la vida espiritual entendida como la vida en la fe de personas individuales, sino que ha entrado de hecho en la herencia léxica cotidiana de las comunidades de fe. Por no hablar del más importante de los procesos eclesiales: el sínodo. 

Ahora está claro que en la Iglesia católica el sínodo ya no es sólo un acontecimiento eclesial que tiene un principio y un fin, así como la sinodalidad no es sólo una cualidad teorizable y objetivable de la Iglesia misma. La sinodalidad existe como un proceso que se desarrolla también a través de una referencia al sentido práctico, a la implicación física de los cuerpos en movimiento o a la Iglesia convocada en sínodo. El proceso sinodal requiere el movimiento físico de los cuerpos, sin mencionar el movimiento reflexivo y psíquico de las conciencias. 

Para dar otro ejemplo concreto, hasta hace algunas décadas, dentro de una realidad eclesial como una parroquia, un grupo de acción, para gestionar juntos un tema relevante se habría dicho "constituyamos una comisión" o "programemos una reunión." Hoy estas actividades se siguen realizando, pero serían ineficaces sin el trasfondo de un proceso. 

En la cultura social del Pueblo de Dios, la procesualidad parece haber entrado como una disposición necesaria para mantener unida la historia de las cosas, la historia de los pueblos y la historia de Dios. La procesualidad es mucho más que un hilo rojo que conecta acontecimientos y personas, más bien se convierte en el estilo compartido y reconocible de "hacer iglesia". Ciertamente en una parroquia, en una asociación eclesial, en… se seguirán constituyendo comisiones y convocando reuniones, pero la disposición básica es la de procesualidad. 

Podríamos decir que el lecho dentro del cual es posible difundir los efectos de las comisiones y asambleas es el proceso mismo de la vida eclesial. La asamblea sinodal que concluyó recientemente, a pesar de estar integrada por comisiones y reuniones, es parte de un proceso más amplio, circunscrito en el tiempo, pero no en los efectos. Quizás por primera vez un sínodo de Obispos no será un evento porque ya forma parte de un proceso más inclusivo y relevante que eventos individuales como las comisiones o reuniones que lo componen. 

Para explicarme mejor, se podría intentar leer el proceso practicado eclesialmente en tiempos de Francisco en relación con la historia de la Iglesia posconciliar. La Iglesia está entrando en el paradigma histórico-hermenéutico de la procesualidad, después de haber recorrido y comprendido el significado eclesial de los textos y signos. En otras palabras, de una Iglesia que se comunica a sí misma y consigo misma a través de textos y signos, estamos pasando a una Iglesia que ante todo inaugura y conduce procesos. 

En una Iglesia que incorpora la procesualidad en sus estructuras y en la autocomprensión comunitaria, la cuestión más relevante no es tanto lo "nuevo" sino lo "experimental". De hecho, la identidad social es una identidad se moldea constantemente a través de experimentos, intentos, ajustes, improvisaciones... La identidad es el resultado de una experimentación estructurante. 

En la Iglesia, como en las sociedades modernas, es posible experimentar, y no sólo si la experimentación queda relegada al ámbito de la inmadurez o el aprendizaje. Al discípulo y al novicio se les concede un cierto grado de experimentación, pero cuando el individuo pasa a la llamada edad adulta, la experimentación debe continuar. Y creo que la incorporación sistemática y estructural de la dimensión experimental en los procesos de formación humana, religiosa, etc., puede ser una superación de conductas abusivas en la propia Iglesia católica. 

Experimentar significa buscar y encontrar el camino hacia situaciones humanas que no se comprenden del todo. En la tradición de la modernidad esto ya no es algo "para adultos", sino algo concedido también a niños o poetas. El universo de la procesualidad es también el universo de la experimentación. De hecho, experimentar no significa andar a tientas por la vida, sino ser parte de una historia de aprendizaje, que es a la vez personal y social. 

Experimentar significa también ser capaz de reconstruir e interpretar reflexivamente esta historia. Experimentar no significa simplemente tener una historia de caídas y renacimientos, sino también ser capaz de volver reflexivamente a la propia historia de caídas y renacimientos, reconstruyendo la trama. Para los cristianos, de hecho, esa trama es el lugar donde Dios manifiesta su presencia en la historia de los vivos. 

El referente primario de todo esto, o el depósito práctico y teológico de una Iglesia que no elimina lo experimental, se puede encontrar, por ejemplo, en el proceso que llevó al Primer Concilio de Jerusalén y a la nueva experiencia de no exigir a los nuevos cristianos llegados del paganismo el cumplimiento de la normativa mosaica del Antiguo Testamento. 

La experimentación no es una concesión que los adultos hacen a los más jóvenes, del mismo modo que no es un permiso que las instituciones más antiguas y maduras conceden a las más recientes. Si vale la analogía, y en el ámbito más de la historia de la Iglesia, el Concilio de Jerusalén no fue una mera concesión o permiso de los juedeo-cristianos a los pagano-cristianos sino una nueva comprensión y práctica en un horizonte más amplio y universal. Uno de los cambios de perspectiva más incisivos y radicales en la iglesia de Francisco consiste en haber hecho posible la representación de una Iglesia que aprende o de una Iglesia en estado de aprendizaje. 

Este es el comienzo de un camino, abierto por el pontificado de Francisco, pero que espera un largo trabajo teológico y eclesial. Se podría resumirlo así: una Iglesia que valora el aprendizaje de posturas y prácticas internamente y en múltiples niveles es también capaz de “mostrar” esta tarea y “ser vista” mientras la realiza. Una iglesia que aprende y experimenta en silencio, pero no en secreto. Una iglesia que ya no percibe la experimentación procedimental de la vida como algo propio de niños o de locos. 

Hay un momento, para mí el más significativo y emblemático, del pontificado de Francisco en el que este desafío podría haberse transformado en una gran obra eclesial. Me refiero a la publicación de la Constitución Apostólica Veritatis Gaudium sobre la reforma de los estudios eclesiásticos. El preámbulo de ese documento podría haber tenido un alcance mucho más amplio que el contexto de las universidades católicas y pontificias, si se hubiera convertido en un pretexto para integrar el aprendizaje no sólo en la reflexión académica, sino también en las prácticas eclesiales o no sólo en los cursos de formación universitaria. 

La reflexión sobre la inter y trans-disciplinariedad podría haber sido una oportunidad para la experimentación dinámica también para las prácticas de formación humana en las Iglesias. La necesidad del estudio interdisciplinario hoy no concierne sólo a los estudiantes universitarios, porque la inter-disciplinariedad es una forma de configurar ambientes de aprendizaje, no sólo programas y ciclos académicos. Los contextos de trabajo e investigación son inter-disciplinarios, así como las personas, no sólo los estudiantes, que cruzan campos de conocimiento, profesiones y formas de vida son trans-disciplinarios. 

Si es cierto que la Iglesia del presente y del futuro va a ser también un lugar de experimentación y aprendizaje, entonces será tarea eclesial imaginar una pedagogía para ese futuro. Es decir, imaginar formas y prácticas de una Iglesia que aprende, en las que es posible cambiar la institución en el mismo momento en que aprendemos o experimentamos juntos. 

En otras palabras, se trata de actualizar el discurso inaugurado por San Pablo VI con Ecclesiam Suam: es decir, pasar del paradigma del "diálogo con el mundo" al paradigma del "cambio social como lugar de aprendizaje para todos" incluso para todo el Pueblo de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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