martes, 13 de mayo de 2025

Bien común, ciudad y periferia.

Bien común, ciudad y periferia 

Al hacer un chequeo de la democracia, en los últimos tiempos no pocos observadores y editorialistas, alarmados por la vertiginosa expansión del populismo, se han puesto de acuerdo en afirmar que la democracia en el mundo actual no goza de buena salud. 

Y no convendría olvidar que el Papa Francisco lo había dicho en varias ocasiones, ofreciendo con su magisterio pautas operativas en apoyo de un diagnóstico que compara esta crisis con un corazón herido. 

Lo que limita la participación está ante nuestros ojos. Si la corrupción y la ilegalidad muestran un corazón «infartado», también deben preocuparnos las diversas formas de exclusión social. Cada vez que alguien es marginado, todo el cuerpo social sufre. La cultura del descarte dibuja una ciudad donde no hay lugar para los pobres, los no nacidos, las personas frágiles, los enfermos, los niños, las mujeres, los jóvenes. El poder se vuelve autorreferencial, incapaz de escuchar y de servir a las personas. Y hay que entrenar la democracia también en el sentido crítico frente a las tentaciones ideológicas y populistas. 

También el Papa Francisco ha invitado a los cristianos católicos a no dejarse engañar por soluciones fáciles y a salir de las sacristías, promoviendo, siguiendo los principios de solidaridad y subsidiariedad, un diálogo fecundo con la comunidad civil y con las instituciones políticas para que, iluminándonos mutuamente y liberándonos de los residuos de la ideología, podamos iniciar una reflexión común, especialmente sobre los temas relacionados con la vida humana y la dignidad de la persona. De tal manera que todos puedan sentirse parte de un proyecto de comunidad y que nadie se sienta inútil. 

Los proyectos de buena política solo pueden renacer desde abajo. ¿Por qué no relanzar, apoyar y multiplicar los esfuerzos para una formación social y política que parta de los jóvenes? ¿Por qué no compartir la riqueza de la enseñanza social de la Iglesia y prever lugares de encuentro y diálogo y favorecer sinergias para el bien común? 

A partir de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco cabe preguntarse sobre las posibles vías de evangelización en los centros urbanos y en aquellas periferias que merecen atención por cómo se están desarrollando desde el punto de vista étnico y demográfico. 

Pero también cabe plantearse otras preguntas, que surgen en aquellos que aceptan arriesgarse en el ‘cuerpo a cuerpo’ y ensuciarse las manos con los problemas, con los demás, con la vida. Con las complejas circunstancias de nuestro tiempo, en el que la Iglesia, «maestra de humanidad», ha tomado conciencia no solo del fin de la llamada «cristiandad», sino también, por fin, de que ese final es irrevocable. 

Una Iglesia que debe dar testimonio, en la sociedad «acelerada» en la que estamos inmersos, de una capacidad de «abrazo» del ser humano en su totalidad, no de forma abstracta, sino en referencia a hombres y mujeres reales, con sus alegrías y sus penas, con sus dificultades y situaciones de indigencia espiritual y material. 

Se necesita «buena política», pero repensando el papel de los cristianos católicos, un nuevo partido es insuficiente para «regenerar» el país. Mientras tanto, alimentando el valor para tomar las decisiones más adecuadas es urgente hacer una reflexión profunda sobre cómo se educa en las plataformas educativas de la Iglesia en la dimensión social de la fe, sobre cómo se vive concretamente y se practica una ciudadanía madura. 

Una ciudadanía madura que se construye precisamente desde la base. Mirando a los jóvenes, que son el futuro de la sociedad y de la Iglesia. 

Hay que escucharlos, despertar su curiosidad y educarlos sobre cómo deben prepararse en el futuro para la relación con el trabajo y las responsabilidades de formar una familia. Hay que formarlos también en cómo vivir hoy el mundo digital, a menudo abarrotado de humanidad herida. 

Hay que formar, hombres y mujeres, que buscan salvación o esperanza, y que se esfuerzan en avanzar los nuevos cielos y la nueva tierra. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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