martes, 13 de mayo de 2025

Comunión que se comunica.

Comunión que se comunica 

El misterio de la Trinidad divina, en el centro de la celebración de hoy, subraya que el Dios que se comunica a la humanidad en el Espíritu y en el Hijo Jesucristo es el Dios que es comunión y comunicación en sí mismo. 

La Trinidad, que expresa el «cómo» de la unidad de Dios y la expresa en términos de comunión interpersonal, fundamenta el hecho de que solo podemos hablar de Dios en términos de comunión. Si Dios es comunión en su propio ser, si el Espíritu es Espíritu de comunión y si Cristo es «persona comunitaria» inseparable de su cuerpo que es la Iglesia, entonces la comunión es la naturaleza misma de la Iglesia: la Iglesia de Dios o es comunión o no es. 

De la Trinidad divina desciende también la visión de la persona humana como relacional: en la Trinidad, cada persona es para el otro y la persona humana se realiza en la relación con el otro. Y de ahí deriva la concepción de la intangibilidad e inalienabilidad de la persona humana: así como los nombres de las tres personas trinitarias no se confunden ni son intercambiables, la persona humana es un valor en sí misma, es un fin y no un medio, es una grandeza que no puede sacrificarse a intereses sociales, públicos o de otro tipo. 

A menudo asociamos el término Trinidad con el de misterio. ¿Qué significa que la Trinidad es un misterio? 

Se habla de misterio cuando alguien o algo se nos revela desde lo más íntimo, desde su verdad profunda, desde su corazón, desde su interioridad. Las puertas del misterio solo se abren desde dentro: no se puede penetrar en él desde fuera, y mucho menos con violencia. 

Al mismo tiempo, un misterio, como el misterio divino, cuando se abre y se entrega al hombre, no deja de ser misterio. Cuanto más se entra en el misterio, más se profundiza y se vuelve fascinante. Así es el misterio trinitario. 

Afirma Kallistos Ware: «El misterio, en el verdadero sentido teológico del término, está abierto a nuestra comprensión humana, pero esta revelación no puede ser exhaustiva, porque concierne a las profundidades de la «oscuridad divina». Lo que se dice de la naturaleza trinitaria de Dios en la Escritura, en las definiciones de los concilios y en los Padres de la Iglesia, debe ser acogido como verdadero, pero no expresa ni puede expresar la verdad en su integridad viva y trascendente». 

Ahora bien, el misterio trinitario se arraiga en la afirmación bíblica elemental de la revelación de Dios. El Dios bíblico se manifiesta soberana y libremente al hombre, y por lo tanto precede y fundamenta lo que el hombre puede decir y experimentar de él. Más aún, el Dios bíblico es el Dios que habla al hombre: aquel que se relaciona con el hombre dirigiéndole la palabra. 

La relación del hombre con Dios se sitúa, por tanto, y desde el principio (desde la creación), bajo el signo de la escucha, es decir, del desarrollo de la interioridad y de la percepción de la alteridad, se sitúa bajo el signo de la distancia y no de la fusión, de la relación y no de la identificación, de la comunión y no de la confusión. 

Precisamente el texto evangélico de hoy muestra cómo Jesucristo, verdad de Dios, es decir, revelación de Dios a la humanidad, dice que su hablar a sus discípulos es parcial, incompleto, no totalizador. «Muchas cosas os tengo que decir, pero ahora no las podéis llevar» (Jn 16,12). Cristo, Palabra de Dios, tiene en sí mismo una dimensión de no dicho que solo el Espíritu revelará guiando el camino de los discípulos en la historia. 

Por eso Jesús formula la promesa del Espíritu de la verdad (Jn 16,13) y lo hace a partir de su mirada que ve la debilidad de los discípulos, su incapacidad para soportar el peso de las palabras que Él aún tiene que decir. La condescendencia y la compasión del Hijo están en el origen de la promesa del Espíritu, que a su vez es signo de la condescendencia y la compasión divinas. 

El texto sugiere que en el Espíritu Santo la vulnerabilidad de Dios se encuentra con la debilidad humana. Y la venida del Espíritu se convierte en el camino del hombre: «Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará a la verdad completa» (Jn 16,13). La venida del Espíritu orienta el camino del hombre hacia Cristo, y hacia el Cristo que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). El que es la verdad es también el camino: la comunicación de la vida divina al hombre gracias al Espíritu se convierte así en un camino cotidiano que hay que retomar siempre escuchando e interiorizando la Palabra de Dios que conforma al creyente al Hijo. 

El Espíritu que introduce en la vida divina es signo de una ausenciaSi no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador»: Jn 16,7) y expresión de un silencio, de un no dicho (cf. Jn 16,12): la vida espiritual del creyente se convierte, por tanto, en un hacer habitar en el creyente la presencia y la Palabra del Señor gracias a la acogida del Espíritu. La comunicación de Dios al hombre se realiza también gracias a la retirada de Cristo y a su silencio. Por otra parte, también la comunicación se realiza no solo con la palabra y la presencia de uno hacia el otro, sino también con el silencio y la discreción. 

¿Qué nos dice, en pocas palabras, el pasaje evangélico de hoy? Que el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, y el Hijo Jesucristo, que es la verdad, el camino y la vida, son dos, son distintos, tanto que el Espíritu será derramado cuando el Hijo sea glorificado, pero también son «uno» en su actuar. 

Hay una fase, la de la presencia de Jesús entre los discípulos, en la que estos ya no son capaces de escuchar, llevar y soportar las palabras de Jesús, y hay un tiempo en el que vendrá el Espíritu y guiará hacia la verdad plena hablando las palabras de Jesús, comunicando a los creyentes las palabras de Jesús. Pero, así como el Espíritu estaba en Jesús durante su ministerio terrenal, así el Espíritu interiorizará en los creyentes la presencia, las palabras y las acciones del Cristo glorificado. 

Por lo tanto, Jesús, mientras está a punto de dejar a los suyos, aún querría decirles muchas cosas, pero pone un límite a sus palabras. Mientras se va, también omite cosas que decir. Serán los discípulos quienes forjen esas palabras mediante su apertura al Espíritu. Jesús deja espacio a los suyos: si el Espíritu los guía a la verdad plena, Él les abre el camino: los ha amado, ha vivido con ellos, los ha instruido. Ahora se retira y les deja como herencia el Espíritu de la verdad, ese Espíritu cuya acción es práctica y existencial. 

Que Jesús deje como herencia el Espíritu significa que deja a sus discípulos la libertad y la responsabilidad. Jesús suelta la presa. Así como el Dios creador dejó de obrar, puso un límite a su hacer, que era bello y bueno, y así permitió que surgiera y se expandiera la alteridad, así ahora Jesús pone freno a su decir, consciente de que los discípulos no sabrían soportar el peso de tales palabras. 

Jesús habla de las palabras como de un peso que hay que llevar. El verbo griego bastàzein se aplica en el Nuevo Testamento a llevar la cruz, a llevar un féretro durante un funeral, a llevar a un hijo en brazos, hasta llevar a los demás como un peso y llevar los pesos de los demás. 

Las palabras son pesadas, y no solo las calumniosas o malas, sino también las vitales, que son una pesada responsabilidad. Y, siempre, las palabras son acciones, actúan sobre quien las escucha, lo deprimen o lo exaltan, lo consuelan o lo entristecen, lo inquietan o lo tranquilizan, lo confunden o le aclaran las situaciones. 

Sí, hablar es actuar, es intervenir sobre los demás y sobre el mundo. Las palabras son hechos, a menudo mucho más pesados que los hechos reales y los gestos corporales. Ahora bien, ¿cómo se pueden llevar las palabras que Jesús se abstiene de decir? 

Serán los propios discípulos quienes tendrán que crearlas gracias a su creatividad y a su apertura a la acción del Espíritu en la historia. 

Viviendo, dirán Jesús; viviendo la cruz, dirán el rostro de Jesús crucificado; viviendo la alegría en las tribulaciones, dirán el poder del acontecimiento pascual; viviendo allí donde estuvo su Señor, lo contarán en lo cotidiano; viviendo el amor, dirán aquello de lo que vivió y murió Jesús y permitirán a los hombres escuchar y leer el Evangelio escrito en sus vidas. 

Por otra parte, la necesidad de la desaparición de Jesús radica también en el hecho de que un hombre no es plenamente comprendido sino al final de su vida, incluso con su muerte, que es su última palabra y su último acto. Y los últimos actos de la vida de Jesús serán los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección, acontecimientos que estarán en el centro del testimonio interior que el Espíritu realiza en los discípulos. Acontecimientos que la visión joanea reconoce como «gloria». 

El Espíritu, al comunicar (o «anunciar») al hombre el misterio de Dios, glorifica al Hijo. Y el creyente glorifica al Señor acogiendo la comunicación divina y haciéndose morada de su presencia. Y la glorificación se manifiesta como amor, amor de Dios y amor del creyente: «El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). 

Esta es, en efecto, la acción del Espíritu: hacer que el amor con que el Padre ha amado al Hijo y con que el Hijo ha amado a sus discípulos esté en los creyentes a lo largo de la historia, y que ellos mismos se amen con ese amor. Así termina la oración al Padre del capítulo 17,26: «Que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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