Veni Creator Spiritus
No hay Pentecostés sin este antiguo himno del siglo IX. Ninguna ordenación de obispos, presbíteros o diáconos tiene lugar sin invocar al Espíritu Santo sobre los candidatos. No se profesan los votos religiosos sin pedir la asistencia del Espíritu Santo. El himno Veni Creator también se entona en otras celebraciones eclesiales, en congregaciones, en sínodos, etc.
Al cantar constantemente este himno, la Iglesia recuerda que todo tiene su origen en el Espíritu de Dios y que solo a través del Espíritu Santo todo puede llegar a buen término. Sin el poder del Espíritu, nada es santo ni sano. Al mismo tiempo, este himno nos hace conscientes de que nuestra propia vida personal está bajo la protección del Espíritu Santo, desde el primer momento de nuestro ser.
La palabra de tu Creador nos ha llamado a ser: ahora sopla en nosotros el aliento de Dios. Con este verso, Rabanus Maurus, posible autor de este himno, se refiere al relato de la creación en el Génesis. Dios forma al hombre de la tierra y sopla en él el aliento de la vida. Es a través del aliento de Dios que el hombre se convierte por primera vez en un ser vivo: toda la vida viene de Dios y todo ser está destinado a la vida por medio de Él.
Este aliento vital de Dios es también, por así decirlo, la prueba de su amor, y toda la Creación remite al Creador. El aliento de Dios crea el ser de la nada y da vida a los muertos. Así pues, el Espíritu Santo de Dios obra en nosotros de muchas maneras. Es capaz de consolarnos y, al mismo tiempo, nos da fuerza y valor. Por consuelo se entiende aquí el fortalecimiento del alma en una situación desesperada. Según la concepción bíblica, Dios mismo consuela a su pueblo. Así, en la mística, la consolación se convierte en el criterio de la presencia de Dios. En consecuencia, el consuelo es la atención concreta de Dios en las más diversas situaciones de la vida de los seres humanos.
En general, se puede afirmar que las estrofas hacen del Veni Creator una alusión a los dones del Espíritu Santo, pero sin nombrarlos explícitamente. Asimismo, el himno es también una alusión al Libro de Isaías en el Antiguo Testamento. El Espíritu Santo es descrito en las estrofas 2 a 6 como el Paráclito, el ayudante. Estas estrofas forman, por así decirlo, el «marco teológico» de este himno al Espíritu Santo.
Quien reflexiona sobre el texto del Veni Creator se da cuenta rápidamente de que este himno constituye al mismo tiempo una apertura al mundo interior y una ascensión espiritual. Una apertura del espíritu porque abre un horizonte místico que se amplía cada vez más hasta respirar con todo el Cuerpo Místico. Y es también un camino ascético porque cada fiel está invitado a valorar en el éxodo terrenal cada don recibido del Paráclito, es decir, de Aquél que asiste, que sostiene, que guía a la verdad plena.
Existe, además, una consideración que se refiere al período actual. En nuestro tiempo, en efecto, el «incipit» del himno —«Ven...»— ha sido interpretado por algunos como una invocación que sirve para «llamar» al Espíritu Santo. Para «hacer que» Él descienda de nuevo sobre las personas. Para «rogarle» que entre de nuevo en los corazones y en las mentes. Esta interpretación del «Ven...» es parcial. El Espíritu Santo, en efecto, no es una Persona Divina que «vive lejos» y que «acude» solo cuando «se le llama». Él está siempre presente en la Iglesia. Actúa en comunión con el Padre y con el Hijo.
En este sentido, se puede comprender incluso mejor el «incipit» del himno. «Ven» se puede interpretar como un grito del alma, como un momento de intimidad divina en el que el fiel expresa con lenguaje humano su fe en el amor. En sentido no literal, se puede leer como: «Sí, quédate en mi corazón», «gracias por tu presencia», «ayúdame a descubrir tus dones en mí», «hazme sentir tu apoyo en la hora de la prueba».
El himno pneumatológico, como dice el propio texto, abre la mente y llena el corazón de alegría; mente y corazón dominados hoy tantas veces por el materialismo, plagados y confundidos por una información mediática desvinculada de la ética profesional y de modelos de referencia bastante discutibles... El Señor Dios habla a nuestro corazón e ilumina nuestra mente a través del don inefable del Espíritu Santo. Las imágenes que acompañan este don «del Dios altísimo» son el agua viva, el fuego, el amor, el bálsamo del alma.
El agua es una realidad que penetra, fecunda, purifica. En muchos pasajes del Evangelio, Jesús habla de un agua viva que brota y sacia eternamente: es el Espíritu Santo que da vida y aclara todo lo que es turbio. El Espíritu Santo fluye en nosotros como una fuente que nunca se seca, como una fuente inagotable de vida.
El fuego quema, purifica, transforma. El Espíritu Santo ilumina las mentes, ilumina nuestro camino, la realidad que nos rodea y nos hace ver la belleza de las cosas, de la creación. El Espíritu arde, arde dentro de nosotros y, al arder, barre todo lo que está seco y nos purifica; este dulce ardor nos calienta y alimenta la llama del amor. Es la relación de Amor por excelencia entre el Padre y el Hijo, un fuego de amor que los une en un diálogo incesante, un fuego de amor del que somos partícipes por medio de Jesucristo, Dios hecho hombre.
El Espíritu Santo es el Consolador, el Paráclito, el que habita en nuestro corazón, está a nuestro lado, nos acompaña, «lucha» por nosotros, nos defiende y nos consuela.
Es el bálsamo del alma, un bálsamo perfumado que da vigor al alma y la conserva en su belleza orinal, primigenia, en su candor, en su inocencia.
El himno continúa y define al Espíritu Santo por la multiplicidad y riqueza de los dones que brotan de Él: «espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad, y espíritu de tu santo temor».
El Espíritu invocado es el dedo de la mano derecha de Dios, el dedo que creó el universo, que obra prodigios; es ese don prometido por Dios en la historia de la salvación.
El himno continúa con súplicas e invocaciones, pero termina precisamente con la «petición» más importante: la de poder contemplar la presencia de Dios, Uno y Trino, en nuestra vida; el Espíritu Santo nos permite reconocer al Padre y descubrir al Hijo, nos permite vislumbrar el Misterio Trinitario. A través del Espíritu Santo, alcanzamos la Gracia divina, esa condescendencia de amor que parte de la morada de la Trinidad y llega al hombre.
Desde el punto de vista musical, hay que referirse precisamente al canto gregoriano, a su historia y a sus características litúrgico-musicales. El canto gregoriano es un género musical vocal, monódico y litúrgico, elaborado en Occidente alrededor del siglo VII y que se canta todavía hoy.
Es reconocido por la Iglesia católica como «canto propio de la liturgia romana». Analizando brevemente la partitura del Veni Creator es posible apreciar el sistema melódico propio del canto gregoriano: se trata precisamente de un canto vocal y monódico (a una sola voz). En ausencia de acompañamiento instrumental, la pureza de la melodía monódica guía el espíritu hacia el silencio y la contemplación del misterio divino.
La música gregoriana es una música modal escrita en escalas de sonidos muy particulares que sirven para suscitar una variedad de sentimientos, como recogimiento, alegría, tristeza, serenidad; se basa en escalas llamadas «modales», que hacen que el canto sea más arcaico y solemne. También es diatónica, ya que se basa en una escala musical formada por siete de las doce notas que componen la escala cromática completa.
La melodía del himno es sencilla y silábica o, en el caso de muchos himnos, melismática (cuando a una sílaba corresponden varios sonidos). Pero no hay que pensar en absoluto que el canto gregoriano no es rítmico; al contrario, posee una rítmica que, a diferencia de la moderna, no es cadenciosa, sino que sigue y respeta el desarrollo del texto o se deja llevar por el énfasis producido por la propia melodía.
En el Veni Creator gregoriano encontramos la presencia de numerosas vocalizaciones que no debemos confundir con la actitud virtuosista propia de la época romántica. Las vocalizaciones gregorianas hacen que los versos del canto sean participativos, impetuosos al principio y reposados en la respiración; las palabras que se cantan deben penetrar en el alma, deben resonar en el corazón y en la mente.
Hay toda una modalidad particular para cantar el gregoriano: las vocales cerradas, las notas sostenidas en los cierres. Pero lo que más importa es precisamente la actitud de los cantantes durante la ejecución: una actitud interior, espiritual, pero también exterior; el lenguaje corporal refleja la actitud interior.
La homogeneidad del sonido es fundamental: cantar al unísono, escucharse constantemente a uno mismo y a los demás, una forma de cantar concentrada, pero sobre todo moderada. El Veni Creator, cantado respetando la tradición gregoriana, se convierte realmente en una oración.
El Espíritu Santo es invocado por la Iglesia que canta al unísono y manifiesta su realidad de comunión; el Espíritu que nos hace «uno» llega al hombre que lo invoca y el canto se convierte en apertura y acogida del don de la Gracia.
Ahora llega el momento más interesante e importante Se trata de tu ejercicio de escucha, de contemplación y, si eres creyente, de oración: https://www.youtube.com/watch?v=nSgpkbFP6WI
Si te parece antes, o si lo prefieres después, puedes leer el texto en castellano. Lo encuentras más abajo. Y qué disfrutes de este ejercicio de un canto sublime.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Ven, Espíritu Creador,
visita las mentes de los tuyos;
llena de la gracia divina
los corazones que tú has creado.
Tú, llamado el Consolador,
Don del Dios Altísimo;
Fuente viva, Fuego, Caridad
y espiritual Unción.
Tú, con tus siete dones,
eres Fuerza de la diestra de Dios.
Tú, el prometido por el Padre.
Tú pones en nuestros labios tu Palabra.
Enciende tu luz en nuestras mentes,
infunde tu amor en nuestros corazones,
y, a la debilidad de nuestra carne,
vigorízala con redoblada fuerza.
Al enemigo ahuyéntalo lejos,
danos la paz cuanto antes;
yendo tú delante como guía,
sortearemos los peligros.
Que por ti conozcamos al Padre,
conozcamos igualmente al Hijo
y en ti, Espíritu de ambos,
creamos en todo tiempo.
Gloria al Padre por siempre,
gloria al Hijo, resucitado
de entre los muertos, y al
Paráclito por los siglos y siglos.
Amén.


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