lunes, 12 de mayo de 2025

Discípulos - Juan 14, 15-16. 23-26 -.

Discípulos - Juan 14, 15-16. 23-26 - 

Él os enseñará todo. 

A creer, a amar, a vivir, a cambiar, a volar. 

Él, el Espíritu, don del Resucitado, enviado por el Padre, aquel que da acceso, inflama, convierte, perdona, acoge. Aquel que da vida a Cristo. Que reaviva la Iglesia. Que me enciende. 

No es la realidad la que debe cambiar. 

Es nuestra mirada sobre ella. Una mirada que se sitúa en la perspectiva de Dios. 

No, claro, no porque seamos arrogantes, sino porque la vida es el descubrimiento de una mirada diferente sobre el hombre y su destino. Porque Dios existe y es hermoso. 

Y la fe nos permite, día tras día, alcanzar esa mirada. 

Entonces la vida se convierte en posibilidad. Posibilidad luminosa. Posibilidad luminosa de florecimiento. 

Al descubrir que somos amados, elegimos amar, aprendemos a amar. 

Y cada camino que recorremos se convierte en una búsqueda del tesoro para descubrir el tesoro escondido en los pliegues de la Historia. 

Y la Iglesia aparece como una esposa amada por Dios, profecía de un mundo nuevo. 

Y todo lo que sucede revela el proyecto de Dios sobre la humanidad, un proyecto amoroso de bien.

No, no me he bebido una botella de buen vino, no tengo alucinaciones. 

Es lo que ocurre cuando, por fin, cedemos el timón de nuestro barco al Espíritu Santo. 

Pero cuidado: riesgo de conversión. 

Shevuot 

Shevuot, la fiesta de la cosecha, Pentecostés para los fieles griegos que recuerdan su celebración cincuenta días después de Pesah, era una fiesta agrícola que, con el paso de los siglos, se había enriquecido con otra interpretación: en ese día se recordaba el don de la Torá en el monte Sinaí. 

Israel estaba muy orgulloso de la Ley que Dios le había entregado; a pesar de ser el más pequeño de los pueblos, había sido elegido para dar testimonio al mundo del verdadero rostro del misericordioso. 

Precisamente en ese día, y no por casualidad, Lucas sitúa la venida del Espíritu Santo. Espíritu que ya había sido dado, desde la cruz y el día de Pascua. ¿Por qué repetir esta efusión? ¿Por qué ese día? 

Quizás Lucas quiere decir a los discípulos que la nueva Ley es un movimiento del Espíritu, una luz interior que ilumina nuestro rostro y el de Dios. Jesús no añade preceptos a los muchos (¡demasiados!) que hay en la Ley oral, sino que los simplifica, los reduce, los lleva a lo esencial. 

Solo se pide a los discípulos un único precepto: el amor. 

Pero ¿qué significa amar en situaciones concretas? 

Aquí viene el Espíritu en nuestro auxilio. Jesús no da nuevas tablas, cambia la forma de verlas, nos cambia el corazón, radicalmente. 

Hoy celebramos la Ley que el Espíritu nos ayuda a reconocer. 

Truenos, nubes, fuego, viento. 

Lucas describe el acontecimiento remitiendo explícitamente a la teofanía de Dios en el monte Sinaí: los truenos, las nubes, el fuego, el viento son elementos que describen la solemnidad del acontecimiento y la presencia de Dios, pero que también pueden reinterpretarse en clave espiritual. 

El Espíritu es trueno y terremoto: nos sacude en lo más profundo, derriba nuestras supuestas certezas, nos obliga a superar los lugares comunes sobre la fe (¡y sobre el cristianismo!). 

El Espíritu es nube: la niebla nos obliga a confiar en alguien que nos guía para no perder el camino de la verdad. 

El Espíritu es fuego que calienta nuestros corazones e ilumina nuestros pasos. 

El Espíritu es viento: ¡somos nosotros quienes debemos orientar las velas para recoger su impulso y cruzar el mar de la vida! 

El Espíritu se convierte en el anti-Babel: si la arrogancia de los hombres ha llevado a la confusión de las lenguas, a no entenderse más, la presencia del Espíritu nos hace oír un solo lenguaje, una sola voz. 

Invocamos al Espíritu cuando no nos entendemos en la comunidad, en la familia, en el trabajo. Lo invocamos cuando no logramos explicarnos. 

El Espíritu convierte a los apóstoles temerosos en formidables evangelizadores: ahora ya no tienen miedo y se atreven, van más allá, proclaman sin temor su fe y su esperanza. 

Hablan de Dios. Son creyentes creíbles. 

Es Pentecostés: la Iglesia se embriaga y se vuelve misionera. 

El Espíritu 

El Espíritu es la presencia amorosa de la Trinidad, el último don de Jesús a los apóstoles, invocado por Jesús como vivificador, consolador, recordador, abogado defensor, invocado con ternura y fuerza por nuestros hermanos cristianos de Oriente. 

Sin el Espíritu estaríamos muertos, exánimes, apagados, incrédulos, tristes. 

El Espíritu, discreto, impalpable, indescriptible, es la clave de nuestra fe, lo que todo une. El Espíritu, ya recibido por cada uno en el Bautismo, es quien nos hace presente aquí y ahora al Señor Jesús. 

Él es quien nos permite percibir su presencia, quien orienta nuestros pasos para que se crucen con los suyos. 

¿Estáis solos? ¿Tenéis la impresión de que vuestra vida es un barco que hace agua por todas partes? ¿Os sentís incomprendidos o heridos? 

Invocad al Espíritu que es Consolador, que consuela, que acompaña a los que están solos. 

¿Escucháis la Palabra y os cuesta creer, dar el salto definitivo? 

Invocad al Espíritu que es Vivificador, que hace vuestra fe sincera y viva como la de los grandes santos. 

¿Os cuesta encontrar a Jesús en vuestra vida cotidiana, prefiriendo guardarlo en un estante bonito para sacarlo los domingos? 

Invocad al Espíritu que nos recuerda lo que Jesús ha hecho por nosotros. 

¿Os corroe la culpa, la vida os ha pedido un alto precio? ¿Os obsesiona la parte oscura de vuestra vida? Invocad al abogado defensor, el Paráclito, que se pone a nuestra derecha y defiende nuestras razones ante cualquier acusación. 

Así, los Apóstoles tuvieron que estar habitados por el Espíritu, que los transformó por completo, para ser finalmente, de manera definitiva, anunciadores y, solo entonces, comenzaron a comprender, a recordar con el corazón. 

Si has sentido que tu corazón estallaba al escuchar la Palabra, quédate tranquilo: era el Espíritu que, por fin, había logrado forzar la cerradura de tu corazón y de tu incredulidad. 

El Espíritu nos permite cambiar. 

El Espíritu, finalmente, nos hace descubrir que somos amados. 

Es hora de aprender. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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