lunes, 12 de mayo de 2025

Una Paz de León.

Una Paz de León

Paz es la palabra con la que el Papa León XIV ha inaugurado su pontificado. No es una utopía ni un proyecto político, sino la esencia de la fe. Es la paz que Jesús promete primero a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón y no se altere» (Jn 14, 27); y que después les regala, una vez resucitado, con un soplo, «mientras las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos estaban cerradas por miedo a los judíos, Jesús vino, se puso en medio de ellos y les dijo: ‘¡La paz sea con vosotros!’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ‘¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’» (Jn 20,19-22). 

Esta paz, desarmada y desarmante, humilde y perseverante, como la ha definido el Papa León XIV, no es una ideología ni un idealismo, sino la descripción de la vida de Jesús dada a quienes la quieren, aquí y ahora. Así como Dios crea al ser humano soplando sobre él «formó al hombre con polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente» (Gn 2,7), de la misma manera Cristo lo recrea con un soplo, el Espíritu que da y difunde esta paz, que es la marca de garantía del evangelio. 

Pero ¿qué es esta paz? ¿Por qué es diferente de la del mundo? 

Jesús especifica que la suya es una paz diferente de la que puede dar el mundo. Esta última, como muestra la antigua raíz ‘pag-‘, indicaba la unión de dos partes mediante un «pac-tum», pacto (de la misma raíz queda quizás un rastro también en nuestro «pagar», en el sentido de estar en igualdad), y es fruto de compromisos. De hecho, para los antiguos romanos, el estado de guerra era el estado natural de las relaciones con los pueblos extranjeros, a menos que se establecieran pactos para regularlas (toda política imperial dicta las relaciones de fuerza, ayer como hoy, y es probable que mañana). 

La llamada «pax romana» era la interrupción del estado de guerra permanente, un equilibrio impuesto por el más fuerte, mientras duró... Cuando Jesús dice «la paz sea con vosotros», en latín «pax vobis», no impone una relación de fuerza de lo divino sobre lo humano, un acuerdo entre partes en guerra, sino que crea una nueva condición en la que lo humano y lo divino son una sola cosa. 

De hecho, en el original griego, la frase suena «Εἰρήνη ὑμῖν» -eirene hymin-, donde la palabra «paz» no indica «pacto» (para ello se utilizaba otra palabra), sino un estado del ser. Jesús no utiliza un término jurídico o diplomático, sino la condición de quien está en armonía consigo mismo, con las cosas, con los demás, porque tiene en sí mismo la vida de Dios, que es Amor. 

Eirene era la palabra griega más cercana al hebreo «Shalom», saludo utilizado por los pueblos semíticos que, sin embargo, en el discurso del Resucitado, no es un mero deseo, sino un hecho: felicidad, alegría, plenitud, integridad, salvación, aquí y ahora, y siempre. 

Jesús ofrece a los suyos, al soplarles el Espíritu, una nueva condición en la que cada uno puede, si lo desea, florecer, porque el obstáculo a la felicidad —el mal con todas sus manifestaciones (muerte, dolor, miedo, violencia...)— nunca prevalecerá. 

«El mal no prevalecerá», dijo el Papa León XIV, y no para consolar a los fieles con promesas de marketing, sino para recordarles cómo están las cosas en el plano de la fe. La paz que Jesús «sopla» en los suyos es, por tanto, muy diferente de la paz incierta del mundo, no es el bienestar mental o material, ni un equilibrio provisional impuesto por el más fuerte, sino una nueva forma de vivir: por amor y para amar. 

Que esta paz exista o no en el mundo depende precisamente también de los cristianos, porque este es el don y la tarea que también ellos han recibido, como ocurre con dos personas que se aman: construyen un hogar, amplían la vida que hay en ellos. Esta paz, narrada en forma de soplo y, por tanto, no de imposición, debe ser acogida primero y cada día, solo así produce también subjetivamente lo que es objetivamente (un regalo no es tal si no lo acepto, la gracia no la recibo si no la quiero). 

Esta paz es, por tanto, un estado anterior a cualquier proyecto o compromiso, que son luego su consecuencia lógica. La paz es desarmada y desarmante, humilde y perseverante porque así es Jesús, el manso y humilde de corazón. Si Jesús está en nosotros, existe esta forma de ser: «El que cree en mí hará las obras que yo hago y las hará aún mayores» (Jn 14,12), palabras que, tomadas en serio, … 

El Papa ha recordado así a los cristianos que no deben comprometerse con un proyecto, un programa, una utopía, una etiqueta o una ideología, sino con lo que son por la gracia recibida y con lo que pueden ser cada vez más por libre elección

Esta forma de ser no los diferencia en nada de los demás, tienen los mismos defectos y virtudes, fortunas y desgracias, límites y talentos, caídas y éxitos, pero todo ello con una alegría y una ausencia de miedo que no es, precisamente, de este mundo, es decir, explicable solo con las fuerzas humanas. 

¿Cómo conseguir entonces que se dé esta paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante? 

Jesús lo explica en otro texto cuya fuerza ha sido minimizada: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente; pero yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; y al que quiera llevarte al tribunal para quitarte la túnica, déjale también el manto. Y si alguien te obliga a caminar una milla, camina con él dos... Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo; pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, porque sois hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5, 38 ss). Estas palabras, pronunciadas en el contexto del «Discurso de la montaña», se consideran a menudo un idealismo al que aspirar, pero tan ingenuo como inalcanzable. 

Sin embargo, Jesús no está invitando a dejarse abofetear, sino que está describiendo lo que le sucede a quien cree en él y recibe así su vida/paz: desactiva la violencia en su origen, está desarmado y, por lo tanto, desarma. 

El objeto de una disputa es casi siempre insignificante, pero se convierte en guerra precisamente porque no se ha sido capaz de desobedecer la «violencia inicial», que luego provoca una escalada a nivel micro y macro. No discutimos por algo, sino que utilizamos algo como pretexto para discutir. 

Abandonar el objeto de la disputa (en la metáfora, la mejilla, la túnica, la milla...) subvierte la lógica mundana del ojo por ojo, diente por diente. 

Jesús interpreta la violencia como un contagio, y también el amor, que de hecho sopla. Por eso, el Papa Francisco decía que nunca hay que irse a dormir sin pedir «perdón» y sin una caricia, porque solo eso interrumpe la escalada que al día siguiente no tendrá energía para crecer. 

Nos pasa cuando alguien nos insulta en el tráfico: si respondemos, desencadenamos una guerra, una guerra por nada (los tres segundos que el otro cree haber perdido por nuestra culpa, ¿tres segundos para hacer qué?), pero si sonreímos, todo se desinfla y se «desarma». 

Así ocurre en todos los ámbitos, incluso en las guerras actuales, en cuyo fondo hay «tierras» que podían y debían dividirse, pero que precisamente la violencia ha hecho indivisibles, con reacciones fuera de toda legítima defensa, pagadas en su mayor parte por inocentes. 

Las palabras de Jesús no son, por tanto, una invitación a la pasividad, a dejarse maltratar, sino a una acción mucho más valiente, inteligente y duradera: desenmascarar la violencia, haciéndola insignificante cuando aún hay tiempo, mostrar inmediatamente la nada por la que se llegaría a sentir «justificado» destruir la vida del otro. 

Algo que hoy los poderosos de la tierra no saben ni quieren hacer, al contrario que mucha gente de la calle. 

Esto es lo que el nuevo Papa León XIV ha pedido a los cristianos católicos, de los que es guía y servidor -«con vosotros cristiano, para vosotros obispo», dijo con palabras de San Agustín-: devolver la vida de Jesús, es decir, la paz, al mundo. 

Esta es una paz de León. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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