El aliento de Dios abre todas las puertas
Viene el Espíritu, según el Evangelio de Juan, ligero y silencioso como un soplo: «Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22).
Viene el Espíritu, en el relato de Lucas, como energía, valor, viento que abre de par en par las puertas y palabras de fuego (Hch 2,2ss).
Viene el Espíritu, en la experiencia de Pablo, como don, belleza, genio diferente para cada uno (Gál 5,22).
Tres maneras diferentes de decir que el Espíritu conoce y fecunda todos los caminos de la vida, rompe los esquemas, es energía imprudente, no depende de la historia, sino que la hace depender de su viento libre y creativo.
Oh, Dios, que enviaste al Espíritu, efusión ardiente de tu vida de amor. El Espíritu es el desbordamiento de un amor que presiona, se extiende, se abre camino hacia el corazón del hombre.
efusión de vida: Dios derrama vida. No ha creado al hombre para reclamarle la vida, sino para despertar la fuente sumergida de todas sus energías.
efusión ardiente: el Espíritu trae como don el ardor del corazón de los discípulos de Emaús, la alta temperatura del alma que se opone a la apatía del corazón.
Maravilla del primer día: «¿Cómo es que cada uno los oye hablar nuestra lengua materna?». El Espíritu de Dios se dirige a esa parte profunda, nativa, originaria que hay en cada uno y que precede a todas las divisiones de raza, nación, riqueza, cultura, edad.
La lengua materna de todo hombre es el amor. El Espíritu no solo recompone la fractura de Babel, hace más: habla la lengua común, de fiesta y de dolor, de cansancio y de fuerza, de paz y de sueño de amor. La Palabra de Dios se convierte en mi lengua, mi pasión, mi vida, mi fuego. Nos hace a todos viento en el Viento.
En la Misa de Pentecostés, repetiremos unas de las palabras más fuertes de la Biblia: «De tu Espíritu, Señor, está llena la tierra» (Salmo 103). Está llena. Toda la tierra. Cada criatura. Todo está lleno, aunque no sea evidente, aunque nos parezca llena de injusticia, de sangre, de locura. Es un acto de fe que lleva alegría y confianza a todos los encuentros.
El mundo es un inmenso santuario, el grandioso templo. Él está aquí, en los abismos del mundo y en los del corazón. Aunque nos parezca imposible. Entra por puertas cerradas, por rendijas casi invisibles, pone en marcha, despierta energías.
Mira a tu alrededor, escucha los abismos del cosmos y el aliento del corazón: la tierra está llena de Dios.
Busca la belleza salvadora, el amor en cada amor. La tierra está llena. Y el aliento incansable de Dios trae el polen de la primavera y dispersa las cenizas de la muerte.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


No hay comentarios:
Publicar un comentario