El mundo necesita creyentes creíbles - Mateo 11, 2-11 -
¿Eres tú, o nos hemos equivocado? Juan, el profeta granítico, el más grande, no lo entiende. Ese primo de Nazaret es demasiado diferente de lo que la gente, y él el primero, espera del Mesías. ¿Dónde está el hacha afilada? ¿Y el fuego para quemar a los corruptos?
Sin embargo, la duda no resta nada a la grandeza de Juan y a la estima que Jesús tiene por Él. Porque no existe una fe que no alivie las dudas: yo creo y dudo al mismo tiempo, y Dios se complace en que yo me plantee preguntas y se las plantee a él. Yo creo y no creo, y Él confía. ¿Eres tú? Pero aunque tenga que esperar más, sabe que no me rindo, seguiré esperando.
La respuesta de Jesús no es una afirmación categórica, no pronuncia un «sí» o un «no», lo tomas o lo dejas. Él nunca ha adoctrinado a nadie. Su pedagogía consiste en hacer surgir en cada uno respuestas libres y comprometedoras. De hecho, dice: mirad, observad, abrid la mirada; escuchad, prestad atención, aguzad el oído.
Permanece la vieja realidad, pero nace algo nuevo; se abre camino, dentro de los viejos discursos, una palabra aún inaudita. Dios crea historia partiendo no de una ley, por muy buena que sea, ni de prácticas religiosas, sino de escuchar el dolor de la gente: ciegos, cojos, sordos, leprosos se curan, vuelven a ser hombres plenos, completos.
Dios comienza por los últimos. Es cierto, es una cuestión de brotes. Por cada ciego curado, legiones de otros permanecen en la noche. Es una cuestión de levadura, una pizca en la masa; sin embargo, esos pequeños signos pueden bastar para hacernos creer que el mundo no es un enfermo incurable.
Jesús nunca prometió resolver los problemas de la tierra con un paquete de milagros. Lo hizo con la Encarnación, perdiéndose a sí mismo en medio del dolor del hombre, entrelazando su aliento con el nuestro.
Y luego dijo: haréis milagros más grandes que los míos. Si os mezcláis con los que sufren en la tierra. He visto a hombres y mujeres hacer milagros. Muchas veces y de muchas maneras. Yo los he visto, y a veces incluso he llorado de alegría.
La fe se compone de dos cosas: de ojos que saben ver el sueño de Dios y de manos laboriosas como las del agricultor que «espera el precioso fruto de la tierra» (Santiago 5,7). Se compone de un asombro, como un enamoramiento por un mundo nuevo posible, y luego de manos callosas que se ocupan de rostros y nombres; lo hacen con esfuerzo, pero mientras hay esfuerzo hay esperanza.
¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿A un buen orador? ¿A un agitador de masas? No, Juan es alguien que dice lo que es, y es lo que dice; en Él, el mensaje y el mensajero coinciden. Este es el único milagro que necesita la tierra: creyentes creíbles.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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