Esa nueva creación que pasa en las historias de quienes viven al margen - Mateo 11, 2-11 -
¿Eres tú o debemos esperar a otro?
Juan Bautista, el más grande entre los nacidos de mujer, ya no tiene las ideas claras. Él, «más que un profeta», duda y pide ayuda. No sé vosotros, pero yo creo y dudo al mismo tiempo; y Dios se complace en que yo me plantee y le plantee preguntas.
No sé vosotros, pero yo creo y no creo, en un duelo, como el padre desesperado del relato de Marcos, que tiene un hijo al que el espíritu arroja al fuego y al agua para matarlo, y confiesa a Jesús: «Yo creo, pero ayúdame porque no creo» (Mc 9,23). Y Jesús responde de manera maravillosa: no ofrece definiciones, pensamientos, ideas, teología, ni siquiera responde con un «sí» o un «no», lo tomas o lo dejas.
Cuenta historias. Había una vez un ciego... y en el pueblo vecino vivía un cojo de nacimiento. Cuenta seis historias que comunicaban vida, tal y como había sucedido en los seis días de la creación, cuando la vida florecía en todas sus formas. Seis historias de nueva creación.
Jesús parte de los últimos de la fila, no comienza por las prácticas religiosas, sino por las lágrimas: ciegos, lisiados, sordos, leprosos, muertos, pobres...; desde donde la vida está más amenazada. Y les hace un vestido de caricias.
No cura a la gente para reforzar las filas de los discípulos, para convertirlos en adeptos, para atraerlos a la fe como peces capturados por el anzuelo de la salud recuperada, sino para devolverles a la humanidad plena y curada, para que sean hombres libres y completos. Y para que no tengan que llorar más.
La Biblia está compuesta principalmente por narraciones. Las historias dicen qué sentido le damos al mundo, es decir, «¿qué historia nos estamos contando?». Todas las grandes narraciones dicen esto: cómo se afronta la muerte, cuentan cómo no morir, cómo volver a empezar. Son una iniciación a la vida.
A los discípulos enviados por Juan, Jesús les pide que entren en una nueva narración del mundo. Entran y ven nacer la nueva tierra y el nuevo cielo. Y les pide que continúen el relato: contad lo que veis y oís.
Luego, el relato se convierte en pregunta: ¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿A un buen orador? ¿A un agitador de multitudes? ¿A un líder carismático? ¿Quizás a una caña sacudida por el viento? ¿A un oportunista que se doblega para mantener su puesto? ¿Qué habéis ido a ver? ¿A un hombre envuelto en vestiduras suaves?¿Preocupado por el traje de marca? ¿Por el coche de lujo que hay que lucir? ¿Qué fuisteis a ver?
Porque Dios no se demuestra, se muestra. En el desierto vieron un cuerpo marcado, esculpido, grabado por la Palabra. Juan ofreció un anticipo del cuerpo, un capital de encarnación, y la profecía se hizo carne y sangre.
Todos nos alimentamos de historias, y esta es la narración que la tierra más necesita para alimentarse: historias de creyentes creíbles.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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