viernes, 5 de septiembre de 2025

Un Dios diferente - Mateo 3, 1-12 -.

Un Dios diferente - Mateo 3, 1-12 - 

Hoy se encuentran dos profetas.

 

Dos gigantes de la fe, dos pilares de la espiritualidad, dos siervos de la Palabra.

 

El rudo Juan y el encantado Isaías.

 

Tan diferentes en su forma de profetizar, es decir, de leer el presente, y sin embargo tan auténticos y actuales.

 

Isaías habla a un pueblo que debe lidiar con vecinos agresivos: egipcios, asirios y, en breve, en la escena internacional, los babilonios. Un pueblo asustado por lo que está sucediendo, por los grandes designios de los poderosos, un pequeño pueblo de barro entre vasijas de hierro. Un poco como nos sentimos nosotros, con la injusta guerra a las puertas de casa, conscientes de ser menos que nada frente a los grandes del mundo que vociferan, pequeñas ruedas en un gran proyecto que se nos escapa.

 

E Isaías, ante tanta violencia, miedo e incomodidad, canta, sueña, imagina.

 

Imagina un mundo sin armas. Un mundo en el que el violento juega con el recién nacido. Un juego en el que los instintos malvados se convierten en siervos de la vida y de la verdad.

 

Grande Isaías. Iluso Isaías.

 

Y Juan.

 

El Juan narrado por Mateo, áspero y punzante como el desierto que lo consumió.

 

Eficaz y cáustico como solo los profetas saben ser.

 

Pide conversión, pide acción, pide decisiones.

 

Porque el cambio lo debemos hacer nosotros, ahora, aquí, sin acomodarnos en nuestras pequeñas o grandes convicciones. Debemos hacerlo deprisa, para no ser arrollados, barridos, destrozados.

 

Y Dios solo está con quienes colaboran en la construcción de su Reino. Porque, como dice San Agustín, Dios quiere que su don se convierta en nuestra conquista.

 

Dos estilos

 

Dos estilos de vivir la fe, dos formas de construirla, solo aparentemente opuestas.

 

Como quien espera el Reino desde lo alto, como Isaías.

 

Y quien se esfuerza por realizarlo, como el Bautista.

 

Cuán diferentes son las formas de vivir la fe, de construir la Iglesia, de participar en la vida interior. Cuán diferentes y maravillosamente diferentes son las sensibilidades de cada uno de nosotros, en la Iglesia que somos (en afán), en la Iglesia que haremos (a imagen de la Iglesia de Dios).

 

Los que miran hacia arriba y los que primero miran hacia abajo. No son opuestos, sino formas de ser complementarias.

 

Como son muchas las formas de leer la realidad que estamos viviendo. Algunos confían en el milagro divino, otros invocan fuego y llamas, acciones y pronunciamientos, reformas severas y decisiones drásticas.

 

Así es la profecía, dulce y amarga, tierna y decidida, soñadora e impetuosa.

 

Así es nuestra fe.

 

Hay muchas formas de esperar la Navidad.

 

La azucarada, empalagosa, de quienes se dejan llevar por la emoción sin convertir su corazón. De quienes aman el ambiente navideño sin dejarse realmente conmover por la Navidad.

 

Y los que, en cambio, en Navidad dan un vuelco a su vida, van en busca de los pobres, socorren a los últimos.

 

Se dejan amar, por fin. Acogen al Dios donado y desarmado.

 

Y en medio de tanta profecía, don de Dios, llega él, el Esposo.

 

Y desconcierta a todos.


 

En medio

 

Vendrá el Mesías esperado. Y hablará de la conversión y de la paz del corazón, Isaías.

 

Él sabrá transformar lobos en corderos.

 

El lobo que hay en mí. El cordero en el que puedo convertirme.

 

Pero las áspides lo morderán, creyendo que lo matarán.

 

Las serpientes venenosas lo morderán en un intento de derribarlo.

 

Vendrá, Isaías, no para borrar la guerra y la violencia, sino para redimirlas, para cambiarlas.

 

Vendrá, aunque muchos lo miren con odio. Y lo tomen por un iluso.

 

Vendrá el Mesías esperado, amigo Juan.

 

Pero será tan inesperado que incluso te desconcertará a ti, haciéndote vacilar.

 

Dejará el hacha. No cortará el árbol, sino que cavará a su alrededor y lo abonará, con la esperanza de que dé frutos.

 

Pero hay una cosa que has entendido. La habéis entendido. La estamos entendiendo (¿?).

 

Dios es fuego.

 

Dios es fuego.

 

Quema, arde, ilumina, consume.

 

Profecías

 

El Dios que anuncia el Bautista, el Dios que esperamos, es el Dios que arde por dentro, que barre con fuerza los temores, ¡un Dios fuerte e impetuoso!

 

Un fuego que arde quemando las lentitudes, devorando toda objeción, toda oscuridad, todo miedo. Juan advierte: no basta con refugiarse en la tradición («¡tenemos a Abraham como padre!») o en una fe exterior, superficial, de conciencia tibia («dad frutos dignos de conversión»).

 

El que viene pide un cambio real, una elección de vida, un posicionamiento.

 

Dios, al hacerse hombre, separa la luz de las tinieblas, obliga a acogerlo.

 

O a rechazarlo.

 

Mientras Dios está en las nubes, una divinidad distante a la que invocar para pedir un milagro o insultar porque el milagro no se ha producido, es una cosa. Pero aquí hablamos de un Dios recién nacido, un Dios indefenso que rompe nuestras teorías aproximadas sobre la naturaleza divina, un Dios manso y frágil, que pide hospitalidad y no devoción vana. Un Dios rendido, expuesto, evidente, mendigo.

 

Un Dios que te mira a los ojos.

 

Isaías permanece confundido, Juan desconcertado y conmovido hasta las lágrimas.

 

Siempre tan diferente, siempre tan ajeno, siempre tan loco este Dios.

 

El anuncio está hecho.

 

Ahora nos toca a nosotros acogerlo.

 

Sabemos que somos amados, porque lo somos.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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