Esa fuerza que cambia el corazón - Mateo 3, 1-12 -
Dos voces en el desierto de Judá: Juan y la fe a un alto precio, Isaías y la poesía de un mundo encantado; Juan y el compromiso necesario, Isaías y el don inmerecido. Al igual que los dos profetas, todo cristiano vive de la gracia y del compromiso, del drama y de la poesía.
Con sus imágenes impetuosas, Juan no quiere lanzar amenazas sobre nuestro esfuerzo por creer, ni sembrar miedos. El profeta sabe bien que el miedo no libera del mal; que no será el miedo el que convierta al león en un comedor de hierba, el que construya la casa común para el lobo y el cordero.
Es otra la fuerza que cambia el corazón, nunca el miedo.
Y
nosotros, que proclamamos la paz, ¿la buscamos realmente por amor a la paz o
por miedo a la guerra? ¿La fuerza que cambia el corazón?
Una fuerza no humana que crece dentro, una fuerza precisamente inmanente, lo divino en nosotros: ¡Dios viene! Antes que un problema de los hombres, la salvación es una pasión de Dios. De Él fluye la vida inagotable e imparable como un río. Dios viene, en ti sueña su sueño y hasta la piedra se viste de vida.
Con las imágenes del fuego y el hacha, de efectos definitivos, Juan afirma que Dios es una realidad central, no marginal; que «Dios viene al centro de la vida, no a los márgenes de ella» -Dietrich Bonhoeffer-; que toca esa misteriosa raíz de la vida que nos mantiene erguidos como árboles fuertes.
Dios tiene que ver con el corazón de la vida.
Allí donde están mis raíces, donde está mi fuego y la alta temperatura de la vida, allí donde yo decido, donde la vida es más vida, viene el Señor. Él no es solo el último recurso cuando ya no tengo recursos.
Viene como fuerza de mi fuerza, en la belleza, en la pasión del amor, en la fidelidad al deber, en el valor de esperar, cuando acepto la desproporción entre lo que se me promete (el lobo y el cordero que moran juntos) y lo que tengo entre las manos.
Convertíos, dice el último profeta. Y no apela a la fuerza de voluntad, sino a nuestra capacidad de soñar con el otro profeta, el sembrador de sueños, Isaías: el sueño que hoy nos estimula es el futuro de Dios que nos llama.
Pero, sobre todo, apela a la venida de Jesús. No se sale indemne del encuentro con el Señor, que es viento, mar, hoz en los prados, raíz, espíritu, fuego, gracia a un alto precio, conversión: imposible amarlo de cualquier manera.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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