viernes, 5 de septiembre de 2025

El milagro de la semilla y la levadura que no se «apaga» - Mateo 11, 2-11 -.

El milagro de la semilla y la levadura que no se «apaga» - Mateo 11, 2-11 -


¿Eres tú o no eres tú a quien el mundo espera? 

Gran pregunta que permanece intacta: ¿perseveramos en el Evangelio o buscamos en otra parte? 

Juan está invadido por la duda, pero Jesús no pierde nada del inmenso aprecio que le tiene: ¡Es el más grande! Las dudas no disminuyen la fe del profeta. Lo mismo ocurre con nosotros: no existe la fe sin dudas; yo creo y dudo, y Dios sigue queriéndome; mezclo fe y dudas, y su confianza permanece intacta.

 

¿Eres tú? Jesús no responde con argumentos, sino con una lista de hechos: ciegos, cojos, sordos, leprosos, se curan, vuelven a caminar, tienen una segunda oportunidad, su vida cambia. Donde el Señor toca, lleva vida, cura, hace florecer.

 

La respuesta a nuestras dudas es sencilla: si el encuentro con Él ha cambiado algo, ha producido alegría, valor, confianza, apertura de corazón, generosidad, belleza de vivir, si vivo mejor, entonces es Él quien debe venir.

 

Los hechos que Jesús enumera no han cambiado el mundo, pero esos pequeños signos bastan para que dejemos de considerar el mundo como un enfermo incurable.

 

Jesús nunca prometió resolver los problemas de la historia con sus milagros. Prometió algo mucho más grande: el milagro de la semilla, el trabajo oscuro pero imparable de la semilla que florecerá. No nos proporcionó pan ya preparado, sino una levadura que no se apaga.

 

Ahora nos corresponde a nosotros prolongar los gestos que Jesús enumera: «Si consigo ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica el don de mi vida. ¡Es hermoso ser pueblo fiel de Dios! ¡Y alcanzamos la plenitud cuando rompemos las paredes y nuestro corazón se llena de rostros y nombres!» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, n. 274).

 

La fe se compone de dos cosas: de ojos que ven el sueño de Dios y de manos pacientes y confiadas como las del agricultor que «espera con constancia el precioso fruto de la tierra» (Santiago 5,7). De un asombro, como un enamoramiento por un mundo nuevo posible, y de un trabajo concreto por rostros y nombres que llenan el corazón. También de esfuerzo porque mientras hay esfuerzo, hay esperanza.

 

Bienaventurado el que no se escandaliza de mí. Jesús escandalizaba y escandaliza hoy, a menos que hagamos un Cristo a nuestra medida y domestiquemos su mensaje: no estaba con la mayoría, cambió el rostro de Dios y del poder, puso a los publicanos y a las prostitutas antes que a los sacerdotes, hizo de los pobres los príncipes de su Reino.

 

Jesús: un hombre solo, con un puñado de amigos, frente a todos los males del mundo. Bienaventurado quien lo siente como una pequeña y fortísima semilla de luz, una gota de fuego que vive y obra en el corazón del hombre. El único milagro que necesitamos.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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