lunes, 1 de septiembre de 2025

Fuera los mercaderes y dentro los pobres -Juan 2, 13-22-.

Fuera los mercaderes y dentro los pobres -Juan 2, 13-22- 

En todo el mundo, los cristianos católicos celebran hoy la dedicación de la Catedral de Roma, San Juan de Letrán, como si fuera su Iglesia, raíz de comunión de un extremo al otro de la tierra. 

No celebramos, pues, un Templo de piedra, sino la gran Casa de un Dios que ha elegido como morada el viento libre de siempre, y ha hecho del hombre su casa y de toda la tierra su Iglesia. 

En el Evangelio, Jesús con un látigo en la mano. El Jesús que no esperas, el valiente cuyo hablar es sí sí, no no. El Maestro apasionado que usa gestos y palabras con combativa ternura (EG 85). Jesús nunca es pasivo, nunca está desamoroso, no se resigna a las cosas tal como son: quiere cambiar la fe y, con la fe, cambiar el mundo. Y lo hace con gestos proféticos, no con un buenismo genérico. 

Probablemente, una hora después, los mercaderes, tras recuperar las palomas y las monedas, habían vuelto a ocupar sus puestos. ¿Todo como antes, entonces? No, el gesto de Jesús ha llegado hasta nosotros, una profecía que sacude a los guardianes de los Templos, y también a nosotros, del riesgo de mercantilizar la fe. 

Jesús expulsa a los mercaderes porque la fe se ha mercantilizado, Dios se ha convertido en objeto de compraventa. Los astutos lo utilizan para ganar dinero, los piadosos y devotos para congraciarse con Él: yo te doy oraciones, Tú a cambio me das gracias; yo te doy sacrificios, Tú me das la salvación. 

Expulsa a los animales de las ofrendas anticipando el cambio radical que traerá consigo la cruz: Dios ya no nos pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo por nosotros. No exige nada, lo da todo. 

Fuera los mercaderes también significa que la Iglesia se volverá bella y santa no si aumenta su patrimonio y sus medios económicos, sino si realiza las dos acciones de Jesús en el patio del Templo: echar fuera los mercaderes, acoger dentro los pobres. Si se convierte en Iglesia con delantal … 

Jesús hablaba del Templo de su cuerpo ... El Templo del cuerpo ..., el Templo de Dios somos nosotros, es la carne del hombre y de la mujer. Todo lo demás es decorativo. El Templo santo de Dios es el pobre, ante el cual «deberíamos quitarnos las sandalias» como Moisés ante la zarza ardiente «porque es tierra santa», morada de Dios. 

De nuestros magníficos Templos no quedará piedra sobre piedra, pero nosotros permaneceremos, Casa de Dios para siempre. Hay gracia, presencia de Dios en cada ser humano. Pasemos entonces de la gracia de los muros a la gracia de los rostros, a la santidad de los rostros. 

Si pudiéramos aprender a caminar por la vida, por las calles de nuestras ciudades, por nuestras casas y, con delicadeza, por la vida de los demás, con veneración por la vida morada de Dios, quitándonos las sandalias como Moisés ante la zarza, entonces nos daríamos cuenta de que estamos caminando dentro de una única e inmensa catedral. Que todo el mundo es cielo, cielo de un solo Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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