José tomó consigo a su esposa - Mateo 1, 18-24 -
Quien mantiene viva en su interior la esperanza de
ser tomado por el Señor, acoge la Navidad.
Profetas como Juan nos invitan a prepararnos para
acoger a un Dios que incendia.
Como María, nuestra vida puede convertirse en la
puerta de entrada de Dios al mundo.
No, no estamos aquí para fingir que Jesús va a
nacer. El Señor nació, murió y resucitó. Lo proclamamos Señor y Dios de la
Historia.
Aunque, como Juan el Profeta, podamos sentir la
duda más devastadora: ¿eres realmente tú o debemos esperar a otro?
Este es el reto del Adviento, de este Adviento: hacer espacio en nosotros para que la luz de
Dios pueda brillar. Como le sucedió al más desafortunado de los santos, José.
Lo sé, soy irreverente. Tened paciencia.
Pero, al final de la historia, José es un
pobre hombre al que Dios le ha quitado a su novia. Y se nos propone, en el
último Domingo de Adviento, como modelo.
Muchos de nosotros nos identificamos con el
profeta dubitativo: si el hombre más grande que jamás haya nacido tuvo dudas,
también yo puedo tenerlas.
Hoy la liturgia se atreve más: el patrón de
la Iglesia, el padre de Jesús, el esposo de María fue un hombre que tuvo que
cambiar radicalmente su vida, uno que se encontró metido en un lío hasta el
cuello. Y nunca salió de él.
No es seguro que el encuentro con Dios nos allane la vida con angelitos danzantes. Se lo podemos preguntar a José.
Mateo nos cuenta brevemente el
nacimiento de Jesús, pero desde el punto de vista de José. Es esencial, porque se dirige a los
judíos, hablar del hombre de la casa.
El Mesías debía provenir de la descendencia
de David, y José proviene de esa descendencia.
Solo que, en comparación con los hombres que
le escuchaban, tuvo un recorrido decididamente particular.
María y José están comprometidos, tienen un
contrato matrimonial regular estipulado por sus respectivos padres. María es
muy joven, de José no sabemos nada.
Si nos gusta ser fieles al Evangelio, no
sabemos mucho de él. Suponemos que era un chico bueno y honesto del pueblo,
nada más.
Pero también podemos atrevernos a hacer nuestra
una antigua tradición que quiere a José como un viudo que decide quedarse con
María. Es un poco rebuscado, pero podría ser.
Sin embargo, lo que Mateo quiere
decirnos es mucho más sencillo: el
único que sabe que ese niño no es suyo es precisamente José.
¿Nos atrevemos a imaginar su noche de
insomnio como hombre herido? ¿La desesperación, la rabia, el deseo de venganza?
La venganza al alcance de la mano, y
bendecida por las leyes que los hombres atribuyen a Dios, a menudo: la
lapidación.
Una mujer adúltera debe ser lapidada, sin
discusión.
José, para ser devoto y fiel a la Ley de
Dios, debe matar a su futura esposa.
Algunos estudiosos sostienen que esta práctica ya no estaba en boga en aquella época, pero la vergüenza y la deshonra sí.
Y José, por ser devoto y fiel a la verdadera Ley de Dios que lleva en su corazón, decide mentir.
Le dirá al rabino que ya no quiere casarse
con María, que se ha cansado de ella. María volverá tristemente a la casa de
sus padres, nadie la querrá como esposa, pero, al menos, salvará su vida y su
honor.
Es justo, José, porque no juzga según las
apariencias, porque no blande la Ley de Dios como una maza.
Es justo, porque deja que prevalezcan la
misericordia y el amor sobre la venganza y su orgullo herido.
La decisión está tomada.
Ahora llega un poco de sueño, mientras
desaparece la última estrella de la noche.
El sueño es agitado, confuso. Y José sueña.
Sueña con ángeles tranquilizadores, con
explicaciones misteriosas, con un hijo que es de Dios pero que llevará el
nombre del carpintero.
A María, Dios le pide un cuerpo; a José,
le pide que lleve la cruz de criar a un hijo que no es suyo.
Como los muchos padres que se esfuerzan cada día, sin hacer pesar en la familia la inestable situación financiera, tragándose sapos y culebras, dejando de lado sus propios deseos.
A José se le pide que acepte la dura realidad como su propio sueño. Ahora entiende el sueño, porque ha elegido no seguir el odio que llevaba en su corazón.
José es libre.
Justo y soñador.
Como los hombres y mujeres que, en medio del océano de nada que está sumergiendo nuestra civilización occidental, aún se atreven a soñar y a esperar.
Sin duda, el buen José tenía proyectos: un
taller más grande, una casa espaciosa, hijos a los que enseñar a usar los
utensilio del oficio…
Este hijo de Israel no tenía grandes
pretensiones, solo un pequeño sueño que vivir con una pequeña esposa.
Pero Dios necesita su mansedumbre y su
fuerza, será padre de un hijo que no es suyo, amará a una mujer en silencio,
como quien acoge en su casa al Absoluto de Dios.
José
acepta, se hace a un lado, renuncia a su sueño para realizar el sueño de Dios y
de la humanidad.
José es el patrón silencioso de quienes
tenían proyectos y aceptaron que la vida los trastornara.
Dios necesita hombres y mujeres así.
Creyentes así.
A pocos días de la Navidad, José, desde el silencio en el que permaneció, guardián y tutor de la Sagrada Familia, vela por nosotros y nos pide que imitemos su grandeza.
P.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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