José, el valor del amor - Mateo 1, 18-24 -
En el Evangelio de Lucas, el anuncio se le hace a María, mientras que en el Evangelio de Mateo, el ángel le habla a José.
Si superponemos los dos Evangelios, descubrimos que no hay una contradicción, sino una ampliación: el anuncio se hace a la pareja, se dirige al esposo y a la esposa juntos, al justo y a la virgen que se aman.
Dentro de cada pareja, Dios está obrando: busca el doble sí del hombre y de la mujer, sin cuyo valor ni siquiera Dios tendría hijos en la tierra. En las relaciones, en el hogar, Dios te roza y te toca, lo hace en un día en el que estás tan ebrio de alegría que le dices a quien amas palabras asombrosas, totales, eternas, lo hace en un día de crisis, de dudas, de lágrimas.
José, aunque enamorado, decide dejar a su prometida, por respeto, no por sospecha; no quiere denunciarla, pero sigue pensando en ella, insatisfecho con la decisión tomada, ella presente incluso en sus sueños, ella que lo ama y es correspondida.
María y José eran pobres en todo, pero Dios no quiso que fueran pobres en amor, porque si hay algo en la tierra que abre el camino a la trascendencia, eso es el amor.
José, hombre de sueños, con las manos endurecidas por el trabajo y el corazón ablandado por María, no habla, pero su silencio es un amor sin palabras: «El mayor logro en la fe es permanecer en silencio y dejar que Dios hable y actúe internamente» (Meister Eckhart).
Dios le habla a través del humilde camino de los sueños: el hombre justo tiene los mismos sueños que Dios.
José, como Israel en el desierto, es «puesto a prueba para ver lo que había en su corazón». Y en su corazón descubre que tiene a esa mujer, que la ama incluso sin querer poseerla, raíz secreta de la virginidad de la pareja de Nazaret.
Todo amor verdadero debe cruzar el mismo umbral, de poseer a proteger: amar, voz del verbo morir, voz del verbo vivir; que significa dar y nunca tomar, amar primero, en pérdida, sin hacer cuentas.
José es el hombre de fe que, tentado de sustraerse al misterio, luego escucha: hace suya la primera palabra que Dios siempre dirige al hombre: no temas; comienza a actuar impulsado ya no por sus miedos, sino por su deseo; prefiere a María a una posible descendencia propia, antepone el amor a la generación; hace espacio en su corazón para el niño ajeno.
El valor del amor, he aquí la profecía de José. Por este valor, Dios tendrá un hijo entre nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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