Una reflexión a propósito de "Lux" de Rosalía
Soy cristiano, intento vivir según las enseñanzas de la gran tradición cristiana. Y voy aprendiendo que lo invisible es más real que lo visible. Pero también somos humanos, amantes de un Dios «encarnado», al que se puede tocar, comer y beber, por lo que no puedo negar que me ha llamado la atención el itinerario y la música de Rosalía.
La vida espiritual es fluidez, maleabilidad. Necesitamos encontrar ese fondo maleable, primitivo, original que teníamos cuando éramos niños y estábamos abiertos a todas las posibilidades; hay que recuperar ese estado original, casi edénico.
Creo que también a esto se refería el Maestro cuando decía: «En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18, 3). A lo mejor no se refiere solamente a una hipotética «inocencia» de los niños.
Es necesario vaciarnos para ser siempre nuevos, no debemos «llenar» el vacío sino aprender a vaciarnos a nuestra vez. Es decir, convertirnos en artistas. No me refiero al nivel de, en este caso, Rosalía, sino a ser creativos como ella, nuevos, abiertos a la inspiración.
Una vez que nos hemos vaciado podemos nacer o renacer.
Los mitos de todos los pueblos nos enseñan que la semilla que desaparece en la tierra se convertirá en grano, la semilla del hombre inmersa en el vientre de la mujer se convertirá en vida, el ermitaño desaparecido en la cueva se convertirá en santo...
El místico, al vaciarse de sí mismo, obtiene beneficios preciosos, se percibe en su propia nulidad que anula también toda presunción y se convierte así en una copa que puede ser llenada de vida divina.
El asceta y el místico siempre se esfuerzan también por alcanzar el desapego de las cosas, del éxito, de las posesiones… y por eso cambian el objeto de sus deseos, no se conforman con las pequeñas alegrías cotidianas, hacen como un ermitaño que renuncia a sí mismo… viviendo en una especie de ascetismo y mística cotidianos, vaciándose de los lazos para buscar otra cosa, o mejor dicho, al Otro, y poder decirle... «Voy a buscarte… Quiero encontrarte… Permíteme ver tu rostro».
En El secreto de la flor de oro, un texto místico taoísta, se enseña que hay que «fijar el corazón celestial justo en el Centro y olvidarse, tranquilos y puros, llenos de poder y vacío. La conciencia se disuelve en la contemplación y, si se permanece firme, en calma, de repente comienza el proceso de liberación del Cielo».
Una persona que me enseñó a meditar decía que para superar el miedo a nuestra relación con las terribles fuerzas de la naturaleza, sobre todo el miedo al gran encuentro después de la muerte, el hombre solo tiene prácticamente la solución mística.
En la experiencia mística, el iniciado siente que debe perderse en Dios. La experiencia máxima, la del éxtasis, es la unión total del hombre con la divinidad. El hombre en la oración mística es alimentado por Dios y, al mismo tiempo, se deja llevar por la divinidad, se deja comer por Dios.
La poetisa Emily Dickinson sugería que para llenar un vacío hay que introducir lo que lo ha causado. Si lo llenas con otra cosa, abrirá aún más sus fauces. No se cierra un abismo con aire. Este vacío que hay que descubrir en nosotros, debe llenarse de música, de canto, de belleza: de realidades que son intangibles y, por lo tanto, no nos privan del vacío creativo, sino que lo transforman en el vacío que todo lo genera.
Entre los pueblos primitivos, casi siempre un canto acompaña la llegada de la luz sobre las tinieblas primordiales. El mugido del toro celeste de Ahura Mazda evoca la luz en el antiguo mito iraní, los Vedas hablan del grito de una vaca luminosa en el cielo, en sánscrito «luz» se dice «svar», «sonido»: y el término «svara» connota simultáneamente una respiración, una vocal, el sonido de una nota musical. La música es luz, vence a la oscuridad, llena ese vacío primordial dejándolo tal cual.
Seguramente la suya no es la música de quien tiene toda la «Verdad». Yo confieso que tengo un problema con la «verdad», con mayúscula o sin ella. Me gusta buscarla e, intuyo, quizá equivocadamente, que la música de Rosalía trata de lograr de manera bella y hermosa la unión entre la búsqueda espiritual y la experimentación artística.
Yo lo llamo «encuentro». Encuentro artístico, encuentro espiritual. Para mí es claro que para un ser humano abierto al encuentro hay apertura, por lo que su espiritualidad no tiene por qué ser necesariamente confesional. Es una espiritualidad que puedo imaginar o sentir más cercana al misterio de Dios creador de todas las cosas y, por lo tanto, también de toda espiritualidad y de cualquier espiritualidad.
Así, la búsqueda de Rosalía facilita la escucha, el encuentro musical, con la comunicación transversal de la espiritualidad. Y para mí hoy, al volver a escuchar algunas de sus canciones en Internet, resulta menos misterioso entender lo que decía uno de los padres del humanismo, Nicolás de Cusa cuando hablaba de «una religión según diferentes ritos».
Él no decía que existe una sola religión, igual para todos, no, sino que decía que todos adoramos a Dios según ritos diferentes, que son nuestras religiones, las diversas confesiones. No hay una superreligión sino un encuentro de los vientos, de las diferentes formas en que soplan, tocan, según un único diseño de diferentes maneras, como la religión se manifiesta en diferentes ritos.
Creo que la música de Rosalía nos acompaña llevando lo complejo a nuestra simplicidad pero también llevando nuestra simplicidad a lo complejo a través del arte, la música, muchas músicas, poemas fantásticos. Y seguramente también esto es lo que atrae a quienes no pueden ser confesionales.
La música de Rosalía y su espiritualidad ayudan a seguir siendo quienes somos, conscientes de que los encuentros que podemos tener y que tenemos son nuestra posible riqueza. Mientras buscamos, como todos ayer y mañana. Pero con conciencia de búsqueda.
Más allá de las estrategias de marketing y las grandes cifras que acompañan cada lanzamiento de Rosalía, su cuarto álbum, LUX, se presenta como un auténtico giro espiritual: un proyecto musical en el que la cantante catalana entrelaza pop, vanguardia y espiritualidad, y lo hace con la conciencia de quien siente estar «en presencia» de Algo (¿Alguien?) más grande.
El álbum, crisol de ambiciosas orquestaciones, colaboraciones y diferentes idiomas, se mueve en una encrucijada entre el amor, la traición, la identidad y lo divino, donde Rosalía parece explorar la paradoja de la santidad no como perfección, sino como relación con el Misterio dentro de la propia fragilidad.
Desde esta perspectiva, se puede leer LUX como una invitación a reconocer que Dios —«el Ser perfeccionísimo», como nuestros abuelos estudiaban en el catecismo— puede encontrarse no solo en la perfección (que no tenemos), sino también y sobre todo en nuestras imperfecciones, nuestras heridas, nuestros deseos. Rosalía lo hace con audacia: utilizando símbolos religiosos, mezclando géneros, lenguas, historias, para buscar un lenguaje auténtico del alma.
En este sentido, Rosalía dialoga con esa herencia en la que sondear lo sagrado y lo sensual sin separarlos, donde la búsqueda de Dios se adentra también en la fragilidad humana más profunda.
Para quienes han sido marginados durante demasiado tiempo por cierta religiosidad, este álbum contiene un mensaje poderoso: la libertad de existir a pesar de todo, el descubrimiento de lo sagrado dentro del propio deseo de verdad, la llamada a ser uno mismo porque Dios está ahí, en ese deseo, en ese caminar. Rosalía no canta solo para quienes están «dentro» de los circuitos del éxito: canta para quienes están al margen, para quienes buscan la luz en las zonas de sombra.
LUX no es solo un álbum de música pop, es un experimento artístico que empuja a la fe a salir de las sacristías y a habitar la cultura, el cuerpo, la identidad, la lengua, la diversidad. Es una invitación: a escuchar más profundamente, a cuestionarse, a encontrar a Dios donde no se imagina y no se espera, a reconocer que la libertad, la vulnerabilidad, el amor que no se ajusta a los estereotipos y va en contra de los prejuicios.
Y aprovecho el final de estas líneas para abrir otro espacio de reflexión tomando como excusa la música de Rosalía.
Parece que la asistencia y la participación en la vida religiosa de la Iglesia católica están en claro descenso en todo Occidente. Para combatir el cambio climático, defender a los inmigrantes y la paz en todas partes y en cualquier caso, es decir, para seguir los objetivos que el catolicismo oficial de hoy parece proponer como primordiales, no es necesario asistir a Misa ni recibir los sacramentos, no es indispensable rezar, …, sino que sin duda parece más eficaz y útil el compromiso político, social, ...
Y, sin embargo, parece que hay otros síntomas que apuntan al renacimiento de un interés religioso de tipo intensamente espiritual, que encuentra respuesta en la tradición católica, en algunas regiones de Europa, que durante años han sido testigos convencidos de la secularización.
En algunos países las conversiones al catolicismo se han multiplicado y las Iglesias católicas han comenzado a ser frecuentadas por nuevos fieles, sobre todo jóvenes que buscan un sentido a su vida.
Se trata de un cambio profundo, de un redescubrimiento de
la espiritualidad que describe el premio Nobel Jon Fosse en un libro, «Misterio
y fe», en el que dialoga con el teólogo católico —también converso— Eskil
Skjeldal. Es un libro, «Misterio y fe», que se ha
editado en español en abril de este mismo año 2025.
Misterio es la palabra clave que marca todo el diálogo: «Lo importante, lo que me hace católico —dice Jon Fosse— es el misterio de la fe. La grandeza de la Iglesia católica reside en el hecho de que, a pesar de todo, ha logrado preservar y transmitir este misterio. También a mí». Y cuenta su conversión como su acto de rebeldía más fuerte: «Parece que nunca he hecho nada más rebelde que convertirme al catolicismo».
A lo largo del extenso diálogo, no se encuentran palabras como Papa, migrantes, clima o guerra, aunque Jon Fosse se define como anarco-socialista. Sus referencias son los místicos, pero místicos muy particulares como, por ejemplo, Meister Eckahrt y Ludwig Wittgenstein, citados en varias ocasiones.
En el centro de su reflexión está Dios. Jon Fosse conoce bien la secularización, que describe de una manera esencial. Hemos llegado a «encerrarnos en el mundo para escapar de nosotros mismos, de nuestra soledad interior, que no se ve como algo que nos une a Dios, a través del silencio, sino como algo aterrador, amenazante: tenemos miedo de nosotros mismos y de Dios, sencillamente».
De este modo, Jon Fosse descubrió que lo inexpresable existe realmente y se muestra a través de lo místico. Para él, «ser cristiano significa, en definitiva, en la medida de lo posible, de forma sincera y completa, formar parte del misterio de la fe, fundirse con él». Dios para él es experiencia, no se puede describir con palabras: «Dios está dentro de ti y muy lejos de ti».
Jon Fosse siempre revela un gran respeto cuando pronuncia la palabra 'Dios', devolviéndole el aura sagrada y misteriosa que hemos perdido. La búsqueda de Dios pasa, escribe, a través de una oscuridad silenciosa, porque es la oscuridad la que protege la luz: así podemos encontrar esa oscuridad luminosa de la que habla Meister Eckhart.
Lo que no se puede decir requiere silencio, como escribió Ludwig Wittgenstein, pero solo se puede mostrar: este es el papel de la liturgia en la Iglesia católica y, en general, dice Jon Fosse, el papel del arte.
Por eso el arte es fundamental, ya que es «uno de los pocos lugares donde se mantiene viva la vida espiritual en una sociedad que cada vez más tiende a ser materialista, burocrática y positivista». Y concluye diciendo que hoy «parece casi que es el espíritu lo que es peligroso».
La tradición cristiana es necesaria porque sostiene la fe, también porque «la fuerza de la Iglesia católica reside en el hecho de haber resistido todo tipo de cambios relacionados con los tiempos y las modas».
El camino de Jon Fosse no es aislado, por lo tanto, y hace pensar que se están produciendo algunos cambios en estas sociedades que han conocido la secularización más extrema y su crisis final.
Esto significa, como dijo el monje cisterciense y obispo
noruego Erik Varden —también él converso— que la geografía del cristianismo
está cambiando y «el centro no es un punto, sino un mapa. El centro es
donde el misterio de Cristo está presente en plenitud».
Acabo ya. «El encuentro con Fosse reavivó mi fe cristiana». Así lo decía Eskil Skjeldal, teólogo noruego convertido al catolicismo, que entrevista a Jon Fosse en ese mencionado libro «Misterio y fe».
Desde un punto de vista tan llamativo, el catolicismo
parece incluso paradójico. Y esto se debe en parte al hecho del peculiar
genio del catolicismo, que es variado, dúctil, universal y, por lo
tanto, puede abarcar a un artista contradictorio como Jon Fosse, capaz de
declararse de izquierdas y, acto seguido, soltar afirmaciones de corte
conservador, si no reaccionario: «Prefiero la llamada literatura seria a
las novelas policíacas, prefiero Bach a los Beatles y me interesa especialmente
la protección de las casas y barcos antiguos, la conservación de las palabras
antiguas para que no caigan en el olvido».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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