Carne y palabra - meditación teológica de la humanidad del Hijo de Dios con San Juan 1, 1-18 -
Al contemplar la encarnación en la Navidad, y al hacerlo con el Prólogo de San Juan, nos detenemos en el misterio de la palabra. «En el principio era el Verbo, [...] todo fue hecho por medio de él» (Jn 1,1.3). La palabra es el lugar donde aparece el espacio; el mundo existe porque se ha dicho.
«El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14). Si nuestra carne, dice el Génesis, proviene de la tierra, en ella, y por lo tanto dentro de nosotros, está la palabra, carne de nuestro espíritu, que en verdad nos llama y querría actuar por nosotros como memoria de nuestro origen cada vez que hablamos.
Pero a menudo nos erigimos en dueños y la usamos, la reducimos a un instrumento y nos colocamos a nosotros mismos en el origen de todo.
Y normalmente la usamos para usar a los demás. El abuso de los demás va siempre acompañado, inevitablemente, ineludiblemente, del abuso de la palabra.
Invisible y sin embargo muy real, presente en nosotros y ante nosotros, extendida entre nosotros y los demás como un puente, en verdad sigue siendo hoy el principio de todo. De toda creación buena y bella, pero también de todo retorno al caos y a las tinieblas.
«La palabra era luz y vida» (cf. Jn 1,4). He aquí la palabra que se hizo visible y que asumió el rostro de Jesús de Nazaret: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12); «Yo soy la vida» (Jn 14,6), dirá Jesús.
La contemplación de la palabra no puede limitarse a afirmar que Jesús es la palabra hecha carne, sino que debe completarse con la escucha de la práctica de la palabra de Jesús de Nazaret. Es decir, debe completarse con la sorprendente observación de los soldados que se negaron a arrestar a Jesús afirmando: «Nunca ha hablado nadie como este hombre» (Jn 7,46).
Seguir a Jesús significa renacer desde lo alto, y quien nace debe aprender a hablar. Porque en la palabra está la posibilidad de dar vida, pero también muerte, de aclarar, pero también de sumir en el caos, en la confusión; en ella está el poder de dar vida creando confianza, pero también de hundir en la desorientación sembrando desconfianza; en ella está el poder de crear comunión y relación o de destruir la comunión y minar la relación.
El autor de la carta de Santiago estaba conmocionado por la constatación del poder maligno de la palabra y de la duplicidad humana: «con la boca bendecimos al Señor y con ella maldecimos a los hombres hechos a semejanza de Dios».
Cristo, que en la encarnación nos enseña a vivir (cf. Tt 2,12), nos enseña también a hablar. O mejor dicho, nos pide la humildad de aprender a hablar. De aprender a decir bien, a hacer de nuestras palabras una fuente de luz y de vida. A hacer de nuestras palabras la fuente del bien del otro, de su bien, no siempre y solo de nuestra gratificación.
Porque decir es siempre también dar y la Escritura nos recuerda que las palabras son gestos, acciones. Lo que significa que cada una de nuestras palabras, para ser un don, para ser luminosa y vital, debe ser también escucha. Y la palabra debe ser escucha en el mismo momento en que se pronuncia. La verdadera palabra escucha hablando y la verdadera escucha habla escuchando.
Es decir, respetando radicalmente al otro al que se habla, la palabra que se pronuncia, a nosotros mismos que la pronunciamos y al Señor que se ha manifestado con la palabra. De lo contrario, se cae en la violencia. Y es violenta toda acción y toda palabra en la que actuamos y hablamos como si fuéramos los únicos que actuamos y hablamos: como si el resto del universo estuviera ahí solo para recibir nuestra acción y nuestra palabra. Es decir, para sufrirla.
Jesús, palabra hecha carne, puso su carne, su vida, al servicio de la palabra, y pagó el precio. Al final de su vida podrá decir: «Yo he hablado al mundo abiertamente, con parresía» (Jn 18,20), pero la audacia de la verdad y el rechazo de la mentira le llevarán a convertirse en mártir de la palabra.
Pero incluso en la cruz, «en su boca no se halló engaño» (1 P 2,22). Frente a quienes matan con palabras, hay quienes mueren por su rigurosa adhesión a la palabra. Pero incluso entonces, al final, la palabra está en el principio, y su luz y su vida se convierten en resurrección.
El Dios bíblico es «el que habla» y, al
hablar, llama al hombre a ser su interlocutor, lo llama a la alianza, a entrar
en relación con él. El Dios que habla instituye al hombre como libertad que
dialoga con él. Ante este Dios, el hombre se sitúa en la postura de «el
que escucha».
El origen de la vida espiritual del cristiano está en este acto básico y siempre renovable que es la escucha de la palabra de Dios, es decir, de su voluntad, de su corazón. Al igual que, al comienzo de la vida humana, la percepción del latido del corazón materno es para el feto el momento conmovedor en el que es arrancado del silencio primordial para ser entregado al silencio alternado con ruidos y sonidos.
«El Verbo se hizo carne... y contemplamos su gloria» (Jn 1,14). La opacidad de la carne es la condición necesaria para «ver la gloria de Dios». O tal vez, la luz de la carne humana —revelada plenamente por Jesús de Nazaret— es la condición para acceder al misterio de Dios.
El mismo Lógos, «palabra», que revela a Dios, no es una palabra monolítica que se impone con su peso aplastante y su autoridad evidente, sino una palabra dialógica que invita y ofrece, que abre un camino, que indica, que señala. Si el Lógos estaba en Dios y con Dios, en unión eterna y vital con Dios, en unidad con él, entonces Dios es dialógico en sí mismo: al revelarse, llama al hombre al diálogo.
Al revelarse como palabra, suscita, en lugar de aniquilar, la palabra del hombre. Dios necesita la palabra humana. El cuerpo y la palabra de Jesús son los lugares privilegiados de la manifestación de Dios. El cuerpo y la palabra humanos son los lugares en los que el hombre responde a la comunicación de Dios.
El Dios que habla es el Dios que interviene en el mundo, que crea no solo el mundo, sino también la historia. La palabra hebrea dabar, «palabra», también indica la historia, los hechos y los acontecimientos que componen la historia. El Dios que habla es el Dios que «habla el Hijo». Y el Hijo, palabra definitiva y sintética del Padre, palabra visible, dice al Padre, conduce a Él, revela a Aquel que nadie ha visto jamás (cf. Jn 1,18) y abre el camino hacia él: «Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,6).
El prólogo de San Juan también pone de manifiesto una paradoja relativa a la palabra. De hecho, afirma que la palabra omnipotente (cf. Sab 18,15), por medio de la cual «todo fue hecho» (Jn 1,3), en realidad no aniquila las tinieblas, no las elimina, sino que desciende a ellas y convive con ellas: no se convierte en luz deslumbrante, sino que corre el riesgo de ser apagada por quienes no la acogen (cf. Jn 1,5.10-11).
Esta palabra caracteriza la acción divina en la creación y en la historia como una acción mansa, como una acción que no elimina lo negativo y el lado oscuro de la existencia y de la historia, sino que acepta habitar en ellos: su fuerza está en no dejarse dominar («las tinieblas no la vencieron»: Jn 1,5), en seguir brillando e indicando el camino incluso en medio de las tinieblas.
La encarnación indica que el camino de Dios es la mansedumbre. Es decir, poner límites a la propia fuerza, a la propia acción y a la propia palabra, para permitir que la alteridad sea y se manifieste en plena libertad.
Si Dios crea mediante la palabra, esto significa que la creación tiene su propia legibilidad e inteligibilidad; y si Dios guía la historia mediante la palabra, esto significa que la historia tiene una dirección, un sentido, un ‘télos’.
Esta inteligibilidad, esta dirección y este sentido se dan en Cristo: «todas las cosas han sido creadas por medio del Hijo y para él» (cf. Col 1,16). Pero se trata de una inteligibilidad, de una dirección y de un sentido que no son baratos ni ingenuamente optimistas, porque incluyen lo negativo del mundo y de la historia que Cristo asume y atraviesa con la pasión y la muerte en la cruz.
El Cristo que es la palabra de Dios es sí poderoso y eficaz, pero es también palabra no comprendida, que habla un lenguaje que muchos no comprenden (cf. Jn 8,43): la eficacia y el poder del Lógos se manifestarán en la cruz, y serán la eficacia y el poder paradójicos del amor.
La palabra ha puesto su morada «entre nosotros» (Jn 1,14). La encarnación tuvo lugar en Israel, pero como la palabra «ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), podemos pensar que este versículo tiene una extensión universal y se refiere a la humanidad en general.
Para iluminar a todo hombre, el Lógos, que es luz verdadera (cf. Jn 1,9), se convierte en chispa de luz en cada hombre, en lo humano que hay en cada hombre. La humanidad creada a imagen de Dios lleva en sí misma esta chispa divina, esta semilla divina (Gaudium et spes 3), memoria del Lógos en el que todos han sido creados y profecía de una fraternidad universal.
Junto a las ‘semina Verbi’, las ‘semillas del Lógos’ difundidas en las culturas y religiones de los hombres (Ad gentes 11), y aún antes y más radicalmente, encontramos las ‘chispas del Lógos’ presentes en cada hombre. Y que coinciden con lo humano presente en el hombre, lo humano que es don de Dios manifestado en plenitud en Cristo, el Hijo unigénito.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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