Contemplación de Jesús luz y sal del mundo - San Mateo 5, 13-16 -
¿Cuáles son las buenas obras que podrían llevar a un no creyente a dar gloria a Dios?
¿La coherencia, la credibilidad, la caridad, la
honestidad, la pobreza evangélica?
Todas estas son cosas buenas, que pueden despertar
admiración, pero también incomodidad y rechazo. Son cosas que me hacen
destacar, pero que no llevan a dar gloria a Dios.
Una persona perfecta me molesta, porque su simple
existencia me hace sentir juzgado y mediocre; por lo tanto, tiendo a evitarla,
aunque la admiro, y me suscita la pregunta: «¿Por
qué Dios me ha creado tan diferente? ¿Dónde está su justicia?».
La sal de la tierra, la luz del mundo es Jesús. Mi
vida será luz y sal si habla de Él, y lo menos posible de mí, que soy a la vez
un intermediario y un obstáculo.
Si creo que las únicas obras que puedo realizar para
que alguien dé gloria a Dios son hablar de Jesús, contando lo que ha hecho y
hace, y rezar, correré el riesgo de que no me escuchen o de que se burlen de
mí, pero no molestaré ni provocaré rechazo. Una persona que está de rodillas rezando
no molesta a nadie, ¡y es un faro!
Si me pongo a mirar un cuadro en un museo, ese cuadro
despertará interés y otros se detendrán a mirarlo. La gente no me mirará a mí,
que estoy mirando el cuadro, pero al verme, querrá mirar el cuadro y, sin
siquiera darse cuenta de que yo existo, ¡glorificará al cuadro!
Si me siento en un restaurante vacío, el restaurante
se llenará.
Quienes me han llevado a mirar a Dios son las personas
que miran a Dios y me hablan de su hijo Jesús; por eso creo que la mayor obra
es contemplar a Dios.
Quien se cree mejor por ser cristiano hiere las
conciencias. Quien se considera afortunado por creer suscita una envidia
saludable.
Señor, concédeme poder ser un reflejo de tu luz y
poder contemplarte cada vez más, impulsado por la contemplación de los hermanos
que me das.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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