La sal y la luz: raíces de un futuro verdadero - San Mateo 5, 13-16 -
Dios es luz: una de las definiciones más bellas de Dios (1 Juan 1,5). Pero el Evangelio de hoy reitera: también vosotros sois luz. Una de las definiciones más bellas del hombre.
Y no dice: debéis ser, esforzaos por llegar a ser, sino
que ya sois luz. La luz no es un deber, sino el fruto natural de quien ha
respirado a Dios.
La Palabra me asegura que, de alguna manera misteriosa
y grande, grande y emocionante, todos nosotros, con Dios en el corazón, somos
luz de la luz, tal y como proclamamos de Jesús en la profesión de fe: Dios de
Dios, luz de la luz.
Yo no soy ni luz ni sal, lo sé bien, por larga
experiencia. Sin embargo, el Evangelio me habla a mí y me dice: No te detengas
en la superficie, en la aspereza de la arcilla, busca en lo profundo, hacia la
celda secreta del corazón; allí, en el centro de ti, encontrarás una lámpara
encendida, un puñado de sal. Por pura gracia. No es un motivo de orgullo, sino
una responsabilidad.
Vosotros sois la luz, no yo ni tú, sino vosotros. Cuando un yo y un tú se encuentran generando un
nosotros, cuando dos personas en la tierra se aman, en el nosotros de la
familia donde nos queremos, en la comunidad acogedora, en el grupo solidario se
conserva el sentido y la sal de la vida.
¿Cómo poner la lámpara en el candelero? Isaías sugiere: Rompe tu pan, introduce al extranjero en tu
casa, viste al desnudo, no apartes los ojos de tu pueblo... Entonces tu luz
surgirá como la aurora (Isaías 58,10).
Todo un torrente de acciones: no te quedes encorvado
sobre tus historias y tus derrotas, sino ocúpate de la ciudad y de tu pueblo,
ilumina a los demás y te iluminarás, cura a los demás y tu vida se curará.
Vosotros sois la sal, que asciende de la masa del mar
respondiendo al luminoso llamamiento del sol. Del mismo modo, el discípulo
asciende, respondiendo a la atracción de la infinita luz divina. Pero luego
desciende a la mesa, porque si permanece encerrado en sí mismo no sirve para
nada: debe disolverse en la comida, debe donarse.
La sal da sabor: No quise saber nada más que Cristo
crucificado (1 Corintios 2, 1-5).
«Saber»
es mucho más que «conocer»: es tener el sabor de Cristo. Y ocurre cuando
Cristo, como la sal, se disuelve dentro de mí; cuando, como el pan, penetra en
todas las fibras de la vida y se convierte en mi palabra, mi gesto, mi corazón.
La sal conserva. Jesús no dice «vosotros sois la miel
del mundo», un buenismo genérico que lo hace todo aceptable, sino la sal, algo
que es una fuerza, un instinto de vida que penetra en las elecciones, se opone
al deterioro de las cosas y relanza lo que merece un futuro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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